Primavera La previa #6
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La previa #6

En el barrio no era aconsejable discutir los apodos; si se resistía le iba peor y podía pasarle como al primo de Beni que pasaba las vacaciones en Primavera.

Un día se peinó partido a la mitad y repartió los cabellos a lado y lado como si fuera un libro abierto; entonces La Chiva lo bautizó Biblia.

Indignado, furioso, se fue contra Jhonny, le pegó un puño tan fuerte que le reventó la nariz y corrió para la casa a raparse la cabeza.

Jhonny no tuvo que esperar mucho para vengarse.

Al otro día, Biblia apareció sin pelos en la cabeza y La Chiva lo rebautizó diciendo: Ahí viene Nuevo Testamento.

Al nuevo calvo eso le dolió más que el puño que había recibido mi amigo, nunca volvió al barrio a pasar vacaciones.

Aprendimos que la lengua es más peligrosa que la espada.

«Qué mala suerte, no tiene comparación.

Voy a contarle lo que a mí me pasó.

Oigan, señores, presten mucha atención.

Esto sí es algo serio, esto es algo supermalo,

pero está camarón, lo que me sucedió».

En aquella época, la tienda de Andrés era la referencia geográfica de Primavera: de la tienda de Andrés para arriba, de la tienda de Andrés para abajo, por la tienda de Andrés, al frente de la tienda de Andrés...

Era el lugar de encuentro y noticias. Reunía en igualdad discursiva a nuestros papás para que jugaran a componer el país, hicieran de técnicos de fútbol, de jueces, de filósofos; socráticos, presocráticos, aristotélicos, postaristotélicos, sofistas, nihilistas positivistas, creyentes, ateos, anarquistas, liberales, conservadores, demócratas, dictadores, fachos, mamertos; aunque, según nuestras madres, se la pasaban en la tienda era hablando bobadas y tomando trago, perdiendo el tiempo en unos alegatos eternos en los que podía participar el que fuera llegando.

Don Andrés era un tendero prudente con la boca y agudo con el oído.

Recibía a los que aparecían en chanclas a comprar y contar sus vidas.

En la tienda de don Andrés pedía fiado el barrio entero: Don Andrés, que mi mamá le manda a decir que si me vende un pliego de cartulina y que se la anote; Don Andrés, que si me puede vender cien de salchichón, un cuarto de quesito, una pasta de chocolate y dos arepas, que mi papá se las paga en la quincena…

Y así él iba alimentando al barrio y anotando deudas en un cuaderno.

Cada cliente tenía como límite una hoja: ponía los números hacia abajo en dos columnas y cuando no había más espacio cerraba el crédito y les advertía: Ya se le acabó la hoja, hasta que no pague lo de esta hoja no le puedo fiar más.

Tenía un cuaderno para las mujeres y otro para los hombres o, mejor dicho, uno para los borrachos y otro para el resto.

Mi papá le hacía rellenar la hoja en espacios impensados que solo entendían ellos: Hombre, Andrés, vea, anóteme esta botella en este rinconcito, es que usted hace esos números muy grandes, hágalos chiquitos y verá que cabe esta botella y la otra que vamos a comprar ahorita.

Era un hombre viudo con dos hijos, Óscar y Catalina.

Óscar, Fruco, el arquero de nosotros, era terrenal; Catalina, inmaculada.

Él, taciturno; ella, habladora. Mientras él le ayudaba al papá, la infanta conversaba con sus amigas y estudiaba para irse algún día de Primavera.

Nunca atendía a nadie. Si llegaba un cliente, en lugar de decir a la orden, gritaba para adentro de la casa ¡Paaa!

, ¡Óscaaaar!, ¡la tiendaaa! Y seguía en lo suyo.

Los hacía salir de donde estuvieran, según ella porque no sabía los precios.

Sentía vergüenza de tener que atender a alguien.

Hay gente que nace con la idea fija de que debe ser atendida, que el mundo le debe algo, se escuda en una tragedia para cobrarles a todos una deuda inventada por su mediocre imaginario: que me den, que me hagan, que me traigan, que me lleven; van por la vida cobrando sin haber prestado, y si en algún momento un incauto les reclama, se indignan.

Reniegan de haber nacido en el lugar donde nacieron, en un supuesto mundo que les ha impedido desarrollarse, cumplir sus sueños, y les echan las culpas a la mamá, al papá, al hermano, al jefe, al Gobierno, al imperialismo yanqui, a Dios, a cualquiera.

Su frustración y mezquindad afectiva son culpa de otros y no de ellos mismos.

Y ese gruñido lo repiten siempre para evitar que se les imponga una responsabilidad.

En el caso de Catalina, la tragedia que hizo germinar su victimización fue la muerte de su mamá, que, según se dice, era una señora elegante y refinada.

Primavera no entendía cómo se había enamorado de un tendero en lugar de un empresario de alto turmequé.

Catalina utilizó el duelo del fallecimiento de su madre como excusa para manipular a don Andrés y convertir a Fruco en su esclavo: Mi vida no ha sido fácil desde que murió mi mamá.

Me quiero ir de acá. Este barrio no me merece, exclamaba la princesa.

Salía para el colegio con medias blanquitas, zapatos relucientes y unas trenzas elaboradas con maestría de maquillador de reinado, esquivando la basura de la calle, como si tuviera asco de pisar el asfalto.

Don Andrés la despedía metido en su ventana, mimetizado con los productos que colgaban en un caos ordenado.

La tienda tenía una acera grande encerrada por una reja negra, las mujeres recostaban las nalgas y se les salían las carnes por partes como a esos juguetes de goma que al apretarlos se les brota un ojo, y nosotros felices viendo desde la calle.

Cuando se regaba una gaseosa, el dulce impregnado en el piso hacía que los zapatos quedaran pegachentos varios días.

Como era en granito se estancaba la sangre de los muertos y Fruco tenía que restregar jabón en tres jornadas seguidas para que salieran las pintas rojas que quedaban marcadas entre las piedritas.

Se veía escurrir la espuma rojiblanca buscando la calle por entre los hierros de la reja.

Contrario a su hermana, a Óscar la muerte de doña María Luisa le estimuló la necesidad de ayudar a su papá y de proteger a Catalina.

Trabajaba en la tienda en la mañana y salía a la carrera para el colegio con la camisa arrugada y peinándose con la mano.

Aquello sacaba de quicio a la hermana. Lo miraba con desprecio y le decía que se fuera adelante o atrás, que juntos no.

Él prefería irse atrás de ella para cuidarla de algún peligro, como si fuera su ángel despelucado y con las alas arrugadas.

Nosotros le decíamos que dejara de ser bobo, que no se la dejara montar, que él era el mayor.

Ella veía a Fruco en el arco jugando un partido con nosotros y lo llamaba: ¡Óscaaaar!

, lo necesita mi papá. Entonces nuestro sumiso portero decía: Ya vengo, muchachos, y salía corriendo para la tienda con la esperanza de regresar.

Dos minutos más tarde asomaba la cabeza por la ventana apenado y decía con impotencia: No puedo, pongan a otro.

La princesa esbozaba una sonrisita y seguía haciendo nada sentada en la acera; Fruco organizando cajas y nosotros sin arquero.