La previa #5
Varias veces lo vi aguar el ojo en el estadio cantando.
Mi padre quería contagiar a todos de esa enfermedad.
Nuestra casa era el lugar de reuniones para hablar de fútbol y ver los partidos.
Me veo en Primavera con los de la cuadra: mirábamos jugar a Colombia contra Alemania en el Mundial de Italia 90.
El país entero concentrado en un televisor, viendo a once futbolistas al otro lado del mundo luchar contra los teutones.
En el barrio hacíamos fuerza como si hubiéramos enviado a los jóvenes a la guerra.
Al fondo se escuchaba la narración hilarante de Múnera Eastman y los comentarios de la voz gangosa de Wbeimar Muñoz.
Con la ansiedad sentada en sillas, taburetes, adobes, cajas de gaseosas o en el piso, recostados en un muro, en donde fuera, lo importante era ver a la selección.
Colombia jugaba bien. El Bendito Fajardo se comió un bendito gol frente al arco.
Hubo lamentos, insultos y aplausos. Los alemanes parecían confundidos.
Nosotros desde un barrio al norte de Medellín gritábamos la arenga de los derrotados: ¡Sí se puede, sí se puede!
Convencidos de que la onda, llevada por el viento, cruzaría el país, atravesaría el océano Atlántico, llegaría nítida hasta Italia a clavarse en los corazones de los jugadores colombianos y darles el coraje y la astucia precisa para ganar el partido.
El viento se desvió y Alemania anotó el primer gol.
Las caras de derrota llegaron. Los más débiles salieron de la casa, otros, acostumbrados a lo imposible, seguían creyendo, los niños continuamos gritando, aunque con menos entusiasmo, ¡Sí se puede!
Comenzaron las burlas, los insultos a los jugadores, la desesperanza.
Entonces gritó mi papá: El que venga a echar malas energías se va, acá no vengan a güevoniar, aquí estamos los que apoyamos a Colombia hasta el final.
Lo vi tomarse un aguardiente, apretar las manos y mirar la pantalla del televisor con furia.
El viento que transportaba la energía que había enviado el país retomó el rumbo.
Un narrador literario escribió que lo ocurrido no había sido un gol, sino un poema: El Pibe Valderrama le tiró un verso perfecto, largo, alejandrino, a Fredy Rincón, que entendió la rima y, con la maestría de a quien el destino le otorgó la gloria, terminó la poesía con un remate lírico por entre las piernas del portero alemán que retumbó en el mundo entero con rima asonante, y nos puso a celebrar tanto que hoy, más de treinta años después, casi que los colombianos recordarmos dónde estabamos en el momento de ese gol.
El triunfo futbolero más emocionante del país fue un empate en la primera ronda de un mundial.
Somos una tierra nutrida por las derrotas, forjada con paliativos emocionales de las gestas épicas de los deportistas.
Un país de enfermos incurables que de vez en cuando recibe una pastillita de alegría para calmar sus frustraciones individuales y colectivas.
Por eso, cuando la boca de la nación explotó con el sonido del gol y brotó la alegría, volaron cervezas, aguardientes, sillas, mesas, se rasgaron camisetas y los vecinos se abrazaron, mi papá me agarró la cabeza, con el pelo revuelto y los ojos desorbitados pegó nuestras frentes buscando transmitirme esa emoción por telepatía.
Mi cuerpo se contagó de desmesura. Me puse a brincar y a gritar: ¡Colombia!
¡Colombia! ¡Colombia! Los demás, hilarantes, aplaudían, le pegaban a lo que se encontraran en frente: una puerta, una mesa, una pared; tocando trompetas, pitos, campanas, ollas, lo que produjera ruido, escándalo, porque el corazón quería gritar con alegría una histeria colosal que resonara en el mundo, el sonido desmesurado de la felicidad.
Vi a mi papá besar a mi mamá, ella incómoda, e inmune a los síntomas, le decía que sí, que ya, que cálmese pues.
No pude ver más porque arrancamos con las banderas de Colombia, del Nacional, del Medellín, de lo que fuera, a volearlas a la avenida para que los carros pitaran, porque el claxon sirve para que los transeúntes se hagan a un lado, para que los otros carros aceleren el paso y para celebrar el triunfo de un equipo.
Andrés les fio a todos. La pachanga duró hasta el partido siguiente cuando Camerún eliminó a Colombia.
Pero ese recuerdo alegre ya se había incubado en nuestra memoria para siempre a causa de una enfermedad compartida llamada fútbol.
«Te conozco, bacalao, aunque vengas disfrazao».
En mi época era muy importante tener apodo, remoquete, alias, chapa, seudónimo, mote, sobrenombre o apelativo.
Muchos nombres de pila carecían de importancia, solo servían para los documentos legales y las calificaciones del colegio.
Tener apodo era como estar bautizado, un ritual implícito de pertenencia, reconocimiento y aceptación.
Tal cual le pasó a Jhonny. A pesar de que a los de su familia les decíamos Los Gordos, él fue reconocido por otro mote gracias a un comercial de televisión.
Por aquellos días, la marca de detergente tenía una campaña llamada «La chiva de Ariel».
Iban por los barrios y las personas que cantaran el jingle del jabón se hacían acreedoras a productos de la multinacional.
Llegó al barrio una chiva decorada con la imagen del jabón, haciendo resonar con su bocina el escándalo mercantil y llamando a las madres para que salieran a recibirla con sus bolsas de Ariel.
Los niños rodeamos a aquel señor que, disfrazado de detergente, con un megáfono en la mano convocaba al barrio a participar: Llegó la chiva de Ariel, el mejor jabón para su ropa.
¡La chivaaaaa de Arieeeeeel! Vengan. Primavera eufórica respondió el grito del animador.
Señoras y señores, explicó el hombre detergente, la persona que cante completa la canción de la chiva de Ariel se llevará un premio.
Una a una fueron pasando las señoras a cantar; traicionadas por los nervios y una memoria débil, fallaron.
El animador decepcionado se iba a retirar para otra cuadra donde tuviera mejor suerte y fue ahí cuando Jhonny dio un paso al frente.
Yo la canto, anunció con seguridad. El hombre detergente no le prestó mucha atención hasta que las señoras aplaudieron la osadía del niño nuevo, a ver si salvaba el honor del barrio.
Entonces Jhonny, como si fuera un cantante experimentado, recibió el micrófono y cantó el comercial completo:
Hoy vuelve Ariel con su chiva,
y vuelve mucho mejor,
con más y mejores premios,
con risas y diversión.
Alístame la bolsa de Ariel,
enséñame la bolsa de Ariel,
gánate un premio de Ariel,
si siempre usas Ariel.
Retumbaron los aplausos, los vítores, los bravos, el señor detergente casi se sale de la bolsa de la emoción. Primavera había salvado su honor y Jhonny se ganó un champú, una bolsa de jabón y el apodo por el que sería reconocido en el barrio: La Chiva.
Otro apodo de origen comercial fue el de Óscar.
A los nueve años, en un acto cívico del colegio, participó representando una fonomímica de la canción «Pedro Navajas» en la que interpretó al personaje principal.
Se puso lentes oscuros pa’ que no sepan qué está mirando y cuando la compañera, vestida de la mujer que va recorriendo la acera por quinta vez, le metió el tiro de mentiras, Óscar Navajas se tiró al suelo, pero cayó en la cuenta de que había olvidado la sangre para darle el efecto de realismo a la escena, entonces se paró y con la mano en el estómago en señal de dolor comenzó a llamar a sus compañeros de tras escena diciendo en sottovoce : Fruco, Fruco, y como no lo escuchaban tuvo que gritar: ¡Pasame la botella, Fruco!
Las carcajadas llegaron hasta los colegios de otros barrios, e incluso los profesores más amargados mostraron por fin los dientes al ver a Óscar gritar: ¡La Fruco, pasame la Fruco!
, y echarse encima, delante de todos, la salsa de tomate en la supuesta herida que le habían hecho, y volver a caer al piso desmayado, para dar final a su acto y el inicio a un atronador aplauso del colegio entero que desde ese día lo llamó Fruco.
A pesar del éxito de la representación, Fruco nunca más volvió a participar en obra de teatro alguna.
Tuvo un debut y una despedida soñados, pues se retiró de las tablas por la puerta grande.
No todos los alias tienen historia larga, pero sí creatividad.
A un profesor que nadie le ganaba la materia le decíamos Atila, porque era el rey de los unos.
La mayoría de los apodos se designaban por un rasgo físico: don Roberto, el papá de Beni, en una ocasión tuvo un problema en el cuello y le tocó andar con la cabeza recostada en el hombro, por eso lo bautizaron el Violinista; Willy era rubio, de ojos claros, como el libidinoso comediante inglés, entonces le pusimos de chapa Benny Hill, para luego llamarlo Beni.
A mi papá le decían Porkis porque se parecía a un señor gordo de una película llamada Porky’s .
Entonces, yo fui nombrado Porkicito, en diminutivo, y después Porkis en propiedad.
A Jose se lo conocía como Payaso por los cachetes colorados; a Salomé, La Ñata, por tener la nariz tirada para adentro, cuando querían ofenderla le decían Pullman o Buseta; a Catalina, por tener un leve estrabismo le decían Celeste, porque tenía un ojo en el sur y el otro en el este; a Rubén le decían Guri Guri por una telenovela en la que salía un muñeco peludo y como él tenía las cejas tan tupidas le pusieron el remoquete.
Al principio se indignó, pero al ver que hasta su mamá lo llamaba por el apodo, y que entre más brava la víctima más disfrutan los victimarios, se resignó a ser llamado Guri Guri.