Primavera La previa #4
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La previa #4

El Narrador se pone una camiseta del Medellín.

Una persona de producción le acomoda el micrófono.

Inicia la entrevista, hablan del último partido que perdió el equipo, pierde mucho, gana poco, casi nunca.

Suena al fondo la canción No necesito que estés arriba para quererte, glorioso DIM …

El Narrador sonríe, se regocija en las derrotas, ese es el Medellín, piensa, la representación de Colombia, un país que vive en la desmesura, que cuando gana es el mejor y cuando pierde tira todo cual niño chiquito berrinchoso que hace pataleta y daña los juguetes, un país que vive de los segundos lugares, en la Copa América, en el automovilismo, en Miss Universo, una tierra que no sabe ganar y celebra pequeños triunfos, efímeros encuentros con la esperanza de un cielo, eso es ser hincha del DIM, eso es ser colombiano, eso es ser pueblo.

En la entrevista hablan de las cábalas, esas creencias traídas de Argentina que tipifican el uso de una prenda de vestir, un amuleto o una acción determinada, repetidos partido a partido para que el equipo gane: si el día que tenía camisa azul ganó el equipo, esa camisa no se lava, ni se toca, se guarda hasta el próximo partido.

Tal juego de superstición termina cuando llega la derrota, como si a la camiseta se le acabara el conjuro mágico, por lo tanto, se renueva el tótem.

Por eso el narrador dice que el Medellín le ha gastado todas las camisetas de las cábalas y ya casi le agota también los calzoncillos.

El presentador sonríe y le pregunta desde cuándo es hincha.

El Narrador piensa un poco y responde: Hincha no, yo soy un enfermo.

Con esa frase termina el video que suben a YouTube.

«Señores, salió el doctor, viene un poco sudoroso. Su hijo nació varón, señor, es grandote y muy hermoso».

Esta enfermedad la heredé de mi padre. A los cinco años me llevó a comprar un balón.

Había rojos y verdes. Elegí el rojo. Lo único verde que tengo es un tapete para pisarlo, decía mi papá.

Casi que todo en la casa era rojo. Papá dice que no, que el primer momento, el instante fecundo de esta enfermedad ocurrió cuando yo tenía dos años: en sus brazos y con camisetica roja canté un gol del Medellín en una cabina radial del estadio.

Aquella tarde el Poderoso perdió el partido, pero ganó un hincha.

Mi voz aflautada, que apenas estaba aprendiendo a pronunciar las palabras, gritó: ¡Gooool e me llín!

, y despertó tanta ternura que la reprodujeron en la emisora varias veces y a mi papá le regalaron un LP de los Catorce Cañonazos.

El locutor, con entusiasmo, aseguró que ese infante tenía madera para los micrófonos, el fútbol y el sufrimiento.

Pero ese es un recuerdo de mi padre. El mío es de cuando tenía cinco años.

Un veinticuatro de diciembre destapé el regalo del Niño Dios para encontrarme de frente con el balón que esa tarde me había comprado mi papá.

Muchas veces íbamos caminando tomados de la mano y él se quedaba parado en una calle viendo a unos obreros jugar un partido a la hora del almuerzo; con tono de profesor señalaba los errores o los aciertos de esos jugadores callejeros.

En la casa tiraba un balón y me indicaba con mímica que se lo devolviera con el pie.

Yo lo agarraba con las manos y lo llevaba sumiso y obediente.

Con las manos no, se devuelve con el pie, decía.

En cambio, cuando mi mamá pedía que le llevara alguna cosa, yo la chutaba.

Crecí viendo a papá recortar del periódico la tabla de clasificación de los equipos.

Anotaba las estadísticas, los campeones, los equipos, los jugadores extranjeros, los goleadores.

Agarraba un lapicero, se sentaba en la mesa y murmuraba los posibles resultados: Si el Medellín gana cinco cero y empata Millonarios y pierde el Nacional y el papa da la misa empelota, clasificamos al octogonal.

El niño que yo era lo miraba como el alumno observa al artesano moldear una vasija especial.

Me explicaba con paciencia y pasión. El tono de voz y los ademanes eran como los de quien da instrucciones para algo de vida o muerte.

Para mi padre era más importante que entendiera por qué el Medellín tenía que ganar el domingo a que supiera las tablas de multiplicar.

Sonreía orgulloso cuando su hijo repetía de memoria los años de los mundiales de fútbol, los campeones, los países anfitriones, los goleadores y hasta las mascotas.

Si le fallaba en algún dato delante de sus amigos me daba un golpecito de apoyo en la espalda y sonreía; esa era una señal de que se avecinaba un nuevo juego con datos e historias de fútbol en privado.

Para él, los verdaderos hinchas debían saber, mínimo, la alineación del equipo; comparaba las hinchadas y aseguraba que los que se decían fanáticos del Nacional lo hacían por moda, pero no sabían ni siquiera quién era el arquero.

Cuando alguien le decía que era hincha del verde, lo increpaba con la pregunta de los jugadores y dejaba a su interlocutor en silencio mientras sonreía victorioso: ¿Vio?

Usted es hincha de moda, no de fútbol. Ese niño que fui aprendió que el fútbol no era moda, sino un estilo de vida, que el paso del tiempo se medía en cuatrienios según los mundiales, que uno podía cambiar de lo que sea menos de equipo y al que lo hacía se le llamaba voltiarepas, que el equipo del pueblo era el Medellín y que el equipo de los ricos o de los que se creían ricos era el Nacional.

Mi papá me enseñó a encontrar la hermosura en una gambeta, en un tiro libre o en la voladora de un arquero.

Me inculcó que no había nada más lindo que un jugador cuando canta un gol con ganas, voleando el pelo, con los ojos pletóricos de júbilo y los brazos abiertos, como si Dios se le estuviera saliendo por el cuerpo, y se fundía con sus compañeros en un abrazo gigante para formar una bola humana de felicidad; aprendí que el partido se disfrutaba desde los himnos, así lo estuviéramos escuchando por la radio.

A mi padre el himno antioqueño le hacía erizar la piel, se llevaba la mano al pecho y cantaba concentrado: Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra, deja que aspiren mis hijos tus olorosas esencias .