Primavera La previa #3
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La previa #3

Al menos quinientos policías murieron en esos años a causa del Plan Pistola de Pablo Escobar, en el que el patrón del mal pagaba un millón de pesos por policía muerto; quinientas familias quedaron sin padres, sin hermanos, sin tíos, o como Ligia, sin marido, por culpa del asesino más reconocido que ha tenido estas tierras.

Promotor de una parca que con su insaciable gula en los años ochenta y noventa devoró la ciudad, se la tragó sin masticar, como un Pantagruel moderno, y uno de esos banquetes fue Nicolás.

Estuvo Ligia en su momento aciago llorando a su marido mientras alrededor las mujeres gritaban escandalizadas, se tapaban la boca y se echaban la bendición.

Los hombres olvidaron el fútbol. Los más envalentonados juraron venganza: Hay que perseguir a esos pirobos.

Esos hijueputas ya dónde irán. Busquemos un carro para llevarlo al hospital.

Rápido, échemelo al hombro, yo lo llevo.

¡Ya está muerto; mejor déjenlo ahí hasta que venga la policía!

¡Jueputa, mataron a Nicolás! Los niños miraban un cuerpo inerte con huecos en la cabeza del que brotaba un líquido rojinegro que se fue deslizando por el borde de la calle hasta evaporarse, dejando la mancha seca que me mostraría Willy, mi primer amigo en Primavera.

No bien puse mis cosas en la cama, mamá preguntó cómo había estado el viaje y si mis abuelos le habían mandado alguna razón.

Tómese esta aguapanela. Cuando ya iba a contarle mis historias en la casa de Papito en Ituango y la falta que me hizo, ella se fue a atender a la gente, dejándome una caricia en el pelo en señal de «Ya estás aquí, hijo mío, te quiero mucho, te voy a cuidar, pero ahorita hablamos, que estoy muy ocupada atendiendo un velorio de unos muertos ajenos».

Después de la aguapanela salí y encontré de nuevo a ese gentío desconocido.

Una señora regañó a un niño que trataba de levantar uno de los ramos.

En la puerta le pregunté qué iba a hacer con las flores y él me explicó que lo habían mandado por unos ramos porque en la casa de Las Abuelas, donde había otro velorio, no tenían casi, que de allá lo habían mandado para acá.

¿Y es que quién más se murió, pues?, pregunté.

No se murió, Frankie se mató, me respondió.

Es lo mismo, repliqué levantando los hombros.

No, no es lo mismo: cuando uno se muere de enfermo pues se muere, y cuando a uno lo mata otro pues lo matan, y cuando uno tiene un accidente es que se mató.

La primera conversación que tuve con Willy fue a los ocho años sobre las diferentes formas de morir.

Frankie iba en la moto con Aníbal. La mamá les echó la bendición, salieron a pescar y no se supo de ellos hasta que la policía llamó a decir que una tractomula se los había chupado y los estripó con las llantas de atrás y que por favor vinieran a identificar los cuerpos, aunque no había mucho que reconocer, pues la muerte a veces se las da de artista y pinta unos cuadros que hasta el más impresionista queda impresionado: sangre, piel y tripas regadas en el pavimento, la cabeza de Frankie descuartizada y Aníbal sin un ojo.

No somos lindos por dentro, por eso las cajas de Frankie y Aníbal estaban tapadas para que nadie viera el despojo en que se habían convertido a pesar de los esfuerzos del tanatopractor por acomodar las partes.

Las caras quedaron descuadradas, igual que las vidas de los dolientes que se repartían en las dos casas: la nuestra y la de Las Abuelas.

Aníbal, el tercer finado, el que iba manejando la moto, era el padre de Rubén.

La esposa no quería dejarlo ir a pescar: Una como mujer tiene un sexto sentido, yo ese día sentía como una cosa toda maluca, no sabía qué era, como un vacío, y les decía que no se fueran por allá, pero no me hicieron caso y vea, me dejaron sola con mi niño.

Esa misma mujer salió de mi casa después de llorar al hermano para la otra velación a llorar a su esposo.

Las hermanas viudas turnaban las lágrimas, lloraban un rato en nuestra sala, después sollozaban en la de ellas con el mismo pañuelo, el mismo corazón, el mismo lamento de amor perdido, de abandono, de soledad y la aflicción que nunca desaparecería de sus ojos.

Años después me contaría Ana lo difícil que fue para ella quedarse sin piso, en el aire, sin la vida que había planeado con Aníbal; no era mucho, pero eran sus planes.

Se sentía extraña por no tener a quién culpar, necesitaba descargar en alguien o en algo la furia de su duelo, pero a su esposo no lo habían matado como a Nicolás, había tenido un accidente, se lo había llevado Dios, que no pensó en ella ni en su hermana.

Entonces, como no tenía contra quién o contra qué descargar la cólera, dejó de ir a misa: Me volví atea, papi, me decía entre risas y se echaba la bendición.

Todavía no entiendo por qué mi Diosito fue tan inhumano para hacer que perdiéramos a tres personas de tacada, y para acabar de ajustar los mejores, Dios se lleva a la gente buena, papi, ellos no se metían en vueltas ni en calenturas, mi Aníbal trabajaba juicioso, y el marido de Ligia tocaba su trompeta en un bar de la 70, quería dizque grabar un disco el pobre, sí, claro, era policía, pero de los buenos, y mi hermanito, ay, tan bello que era, no peleaba con nadie, se pasaba de bobo, y Dios nos viene a quitar a los tres, ah, papi, ¿no le parece muy cruel eso?

El joven que era en ese entonces y el adulto que soy ahora seguimos sin saber qué responder.

Ana hizo las paces con Dios luego y trasladó su odio hacia los conductores de tractomulas.

Cuando trabajaba en restaurantes le escupía la comida al que tuviera cara de mulero, solo por sospecha; el que fuera barrigón recibía el aliño de su baba.

Después enfocó su rencor en las motos, no podía verlas, no dejaba que ninguna se parqueara al frente de su casa, peleaba con sus hermanas por eso, llegó a rayar muchos tanques y farolas con las llaves, veía con satisfacción al pobre dueño de la moto renegar y echar madrazos culpando a los niños.

Llegó a tenerles tanta tirria que escucharlas le martillaba la cabeza: Imagínese, papi, cómo vivía mi cabeza en este barrio lleno de motos.

Desarrolló una migraña que se le curó con el tiempo a punta de, según ella, agua de zanahoria y vinagre.

Se volvió gruñona. Sus hermanas le advirtieron que a una mujer triste no la quiere nadie.

Entonces que no me quiera ningún malparido, les contestaba seca.

Las lunas y los soles hicieron lo suyo y camuflaron sus rabias con bebida, baile y fiesta.

Se transformó en una viuda alegre y le quedó gustando.

Mucho baile y trago, pero con los hombres de lejitos.

Ese fue su último foco de duelo: nosotros, los hombres; el que le duró más, de ese nunca pudo curarse: Los hombres solo sirven para sacarles plata, el único que valía la pena ya no existe, sentenciaba.

Esos ojos siguieron llorando por dentro.

La muerte la blindó para el amor, y yo me choqué con esa coraza.

El afecto que le quedaba lo destinó a su hijo, Rubén, mi amigo, que el día del velorio estaba sentado en una silla al lado del cofre con el traje de moda: camisa blanca y pantalón negro.

Todos pasaban y le tocaban la cabeza en ritual de consolación.

Willy le preguntó: ¿Jugamos?, y le ofreció del Chococono que nos había comprado fiado mi papá, pues el alcohol lo volvía millonario.

Nos pusimos a chutar el balón con los otros niños contra un muro de ladrillo que hacía las veces de arco de fútbol.

En dos casas lloraban tres muertos, nosotros gritábamos gol y los papás aullaban rancheras, compartían sus babas de copa a copa lamentando haber perdido a Nicolás, a Frankie y a Aníbal.

Una tragedia que, en un día, a dos esposas se les llevó el amor, el hermano y el cuñado; en un mismo día Rubén perdió a su padre y al tío; en un mismo día la cuadra perdió a tres vecinos y amigos; en un mismo día mi mamá sirvió café y aromáticas para muertos extraños.

No volvió a prestar la casa, corrió a solicitar un crédito, compró un sofá y un comedor para que nadie nunca más volviera a pedirle un favor semejante; y en un mismo día, ese día, nació el nombre del equipo de fútbol más famoso de Primavera: La Fania. Frankie – Nicolás – Aníbal.

«Se tiñó la fiesta de rojo, se tiñó de rojo».