Primavera La previa #2
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La previa #2

Primavera creció en desorden y descuadró la planeación de la ciudad que iba simétrica con calles en líneas rectas.

Desde el otro lado del valle se puede ver la transición entre la rectitud del asfalto y un amasijo de casas y calles curvas, transversales, atravesadas, recovecudas que fueron el dolor de cabeza de los trabajadores de Planeación y Catastro que no sabían cómo poner las nomenclaturas.

Por birlibirloque, entre una calle y otra brotaban dos calles más; entonces, además de los números, había que apoyarse en las letras, y así nacieron las calles 98A y 98B.

Tiempo después la calle 98A tendría una hija, la 98AA, y así en seguidilla de alfabeto.

Fue entonces cuando los nativos de Primavera, en busca de la simpleza, decidieron crear sus propios nombres de referencia: «Por don tranquilo», «Por el batallón», «Por la iglesia de Palos Verdes», «Por la cancha», «Por La Maracaná», «Por el Puente del Mico», «Por La Minorista», «Por La Mayorista», «Por La Asomadera», «Por la Placita de Flórez», «Por el rompoy de don Quijote», «Por La Alpujarra», «Por La Bayadera», «Por el estadio», «Por la estatua de René», «Por los sanducheros», «Por el redondel», «Por el Nacional», «Por la ranchera», «Por la terminal», «Por La Toma», «Por Los Pomos», «Por La Palomera», «Por Las Mellizas», «Por el plan», «Por la unidad intermedia», «Por El Ventiadero», «Por el carro muerto», «Por El Hueco», «Por el santos», «Por la tienda de Andrés», «Y por mi casa» a donde llegué cuando tenía ocho años y encontré dos muertos en la sala y a otros niños Como yo, como nosotros.

«Yo tengo dieciséis y de la vida no me quejo, hay mucho que aprender y ya yo sé más o menos. Yo tengo un poquito de sabiduría y más todavía voy aprendiendo de la vida».

En el principio era el verbo, el verbo jugar.

En China fue cuero relleno de pluma. Fue piedra, fue caucho, hilos enrollados y vejigas de cerdo rellenas de crines de caballos; fue novedad cuando Goodyear descubrió la vulcanización del caucho; fue entretenimiento de los caballeros en las tierras de Albión y es escape emocional de obreros.

Fue negro, vinotinto y marrón; ahora es blanco, amarillo, rojo, con rombos, estrellas y pecas negras.

En momentos no oficiales fue plástico, cuero, carey y goma.

Con los años fue bautizada como Tango, Azteca, Brazuca y Jabulani; también fue Crack, Mikasa y Golty.

Por eso, así como a la salsa de tomate la llamábamos Fruco, a la crema dental, Kolino, a la goma de mascar, Chicles, a los pañuelos desechables, Kleenex, y al poliestireno expandido, Icopor, cuando yo tenía cinco años y aprendí a juntar las primeras letras pensaba que tenía por nombre Golty.

Fue ella: pelota, bola, bocha, número cinco, pecosa, caprichosa, sagrada y redonda.

También fue él: balón, útil, cuero y esférico.

Viajó al occidente en barco, llegó a Río de Janeiro y se instaló en las favelas que no eran favelas todavía; arribó al Río de la Plata a bailar tango con los porteños; encalló en Colombia en el puerto de Barranquilla metida en la maleta de los ingleses trabajadores de la United Fruit Company que llegaron a llevarse el banano, y en Primavera apareció cuando solo existía el verbo, por eso el día que llegamos al barrio ella estaba esperando por nosotros para que un niño le dijera a otro: ¿Jugamos?

«Sobre las tumbas hay gente que se ama; humildemente una flor de llanto quiero dejar».

Había una vez un velorio en la sala de mi casa.

Dos cofres grandes de color café alumbrados por ocho velones; corrillos de gente, murmullos que entraban y salían de la casa, caras de circunstancia, hombres hablando en voz baja y moviendo las manos como en un encuentro de sordos; las señoras sentadas con camándula en mano: Dale, Señor, el descanso eterno y brille para él la luz perpetua; tinto, aromática, aguardiente, lágrimas, lamentos, mocos, pañuelos, pelos despeinados; ramos de flores en las esquinas, debajo de los ataúdes, en la cabecera de los difuntos, y otros que iban llegando los ponían en la puerta al lado de los dos carteles con los nombres de los finados.

Dos mujeres lloraban intercambiando de muerto cada tanto.

Una de ellas volteó y nos miramos de frente.

A pesar de lo que hacen el trasnocho, las lágrimas y el maquillaje corrido, era bella.

Su nombre era Ana. Al verme, siguió en su pena y yo seguí confundido buscando a mi mamá entre faldas oscuras y camisas que olían a sudor, a baba, a flores, a ese tufo amargo que se siente en el aire cuando hay una velación, el buqué del formol.

El muerto no era mi papá; se escuchaba su viva voz desde la tienda de Andrés, retumbaba por encima de la música: Cuando al panteón ya me lleven, no quiero llanto de nadie, solo que me estén cantando la canción que más me agrade .

Supe que no era mi mamá. Ella apareció con un charol ofreciendo tinto en un velorio que le tocó aceptar.

Los vecinos le dijeron: Ayúdenos, vea que la casa de nosotros es muy pequeña y no tenemos plata para pagar una sala en el centro.

Mi papá, hombre generoso con lo ajeno, le propuso: Mija, hagámosles el favor, mire la tragedia que tuvieron, nada nos cuesta, vea que ni muebles tenemos, entonces no hay que abrir campo.

Pero me va a tocar atender a todo el mundo y yo de dónde y yo con qué tiempo, le vaticinó mamá.

Mijaaaa, insistió papá, sirve hasta de negocio: con la cantidad de muertos que tiene este barrio, tener una sala de velación es un machete.

El chiste no le hizo gracia. Yo le ayudo, afirmó mi papá para convencerla.

Ella aceptó y la ayuda se fue a beber a la tienda con los otros borrachos melancólicos y la dejó a ella de mesera y anfitriona de dos muertos ajenos.

Por eso estaba con los ojos envueltos en desespero.

Aun así, se olvidó de sus frustraciones matrimoniales, los tintos, las aromáticas, los muertos prestados y le sonrió a su hijo de ocho años quitándole el susto y el desubique que tenía por volver a su casa y encontrarse la velación de Nicolás y Aníbal.

Dos hermanas perdieron a sus esposos. Se habían ido a vivir con ellos el mismo año y los perdieron el mismo día.

Aníbal era el marido de Ana. Ligia era la mujer de Nicolás.

Le decían Colas porque el hermanito cuando era bebé no podía pronunciar su nombre correctamente, entonces en lugar de decirle Nicolás, le salía Colás, y así se quedó, pero con otro acento.

A Colas lo habían matado hacía dos días en la tienda de Andrés.

Estaba con los papás hablando de fútbol: Es que el equipazo que tiene Nacional no lo tiene nadie.

Que deje y verá que pierde el clásico con el Medellín.

Que eso se sabe porque Pablo Escobar es hincha del rojo.

Que dejá de hablar caspa, que Pablo le compró la Copa Libertadores a Nacional amenazando a los árbitros.

Que claro, por eso fue que cancelaron el torneo.

Que sí. Que no. Que oigan a este... En esas estaba el difunto Nicolás cuando escuchó el ruido gangoso de una moto, de la que se bajó un tipo con un treinta y ocho y corrió hacia la tienda.

Nicolás al verlo saltó por encima de la reja con la agilidad que da el miedo, cayó a la calle y salió disparado rumbo a la avenida, pero la muerte había hecho el día anterior una visita técnica al lugar de los hechos; tan planeadora, tan profesional, tan puntual, regó un aceite de carro en la calle, justo por donde iba a pasar Nicolás con sus zapatillas de bailarín, y el perseguido resbaló, perdió la ventaja que había logrado al saltar la reja, el asesino le apuntó desde la tienda y acertó el primer tiro en la espalda.

Nicolás trató de levantarse del charco de aceite y ahí le pegaron el otro disparo en el cuello que lo mandó para el más allá.

No eran necesarios el resto de tiros que le pegaron en el suelo para asegurar el trabajo.

El sicario se montó de parrillero y salieron como alma que lleva la Suzuki 115 en dirección a la avenida dejando al hombre que estaba metido en la sala de mi casa con las manos en el pecho, tirado en un charco de sangre y aceite, rodeado del barrio Primavera, que salió a lamentarse, a tratar de montarlo a un taxi para ver si podían salvarlo, pero qué va, la muerte ya estaba en otra cuadra, ella hace sus trabajos y no se queda supervisando, se va para seguir con sus labores porque bien comprometida sí es, digan lo que digan de ella: que mala gente, que la mueca, que la pelona, que no tiene corazón, pero mala trabajadora jamás.

Se fue y dejó la zozobra en los vivos con el coro: ¡Mataron a Nicolás!

¡Mataron a Nicolás! Su esposa, Ligia, llegó corriendo y paró en seco.

El sufrimiento la arrodilló al lado de su hombre: No, no, no, Nicolás, mi amor, no, Nicolás, no.

Lo llamaba como si estuviera dormido; lo sacudía para que despertara de su sueño yerto, con la impotencia y el abandono del que se queda en el lado de la vida: Nicolás, mi amor, despertate, le imploraba con la voz cortada, Nicolás, no me vas a dejar sola pues, ¡despertá, Nicolás, papi!

, ¡despertá pues! Pero nada, Nicolás ya no estaba ahí.

Le tocó suavecito la cabeza, como si lo peinara.

La realidad de una época se le mezcló en las manos en forma de sangre viscosa, coágulos calientes de su amor del Chocó que la había enamorado tocando la trompeta en las noches y capturando ladrones en el día.