Primavera La previa
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La previa

«Cuando era niño, mi barrio era un continente y cada calle era un camino a la aventura».

Crecí en un barrio popular. Mis palabras tienen el tufo de la calle y el aroma a petricor del asfalto cuando llueve.

Mi territorio fue una acera; mi estandarte, la camiseta de un equipo de fútbol.

Mi cuna fue prestada. Mi apellido nunca gobernó, fue gobernado.

Mi herencia no se firmó en notarías; mi legado es la memoria, las historias que me contaron.

Mi linaje viene del sudor de los que nacieron en la mala y vivieron en la buena.

Mis juguetes fueron imaginarios: escondite, chucha cogida, yeimis, arranca yuca, stop, tin tín corre corre y esconde la correa.

Mi banda sonora eran lamentos cantados a ritmo de salsa, vallenato, tango y ranchera.

Mi mundo medía tres cuadras, el chisme se camuflaba detrás de las cortinas, la tienda era el club social, el ágora donde nuestros papás filosofaban, el núcleo de la parranda, el centro de las noticias, el banco de los vecinos, el sostén de las hambres fiadas que se anotaban en un cartón de cigarrillos.

Crecí en un barrio y aprendí que la comida era «lo que haya» y el postre era el miguelucho que se hacía con la leche cortada.

Calmé antojos con bolis, banano congelado, cremas, paletas de queso con bocadillo, de coco o de mango biche; aprendí que no hay placer más genuino que chuparse la bolsita de mango y limón con su agüita salada, que la buena yuca se reconoce metiéndole la uña, y el aguacate, apretándolo con el dedo índice, que los buñuelos se voltean solos, que la empanada es lo que más se vende, que los bananos se dan de ñapa, que todo se cura con vinagre, bicarbonato y limón, que el más jugoso es el limón chiquito; aprendí que el mango y la naranja sirven de pasante para el aguardiente, que el ron abre piernas, que no se sabe qué es peor: si emborrachar una traba o trabar una borrachera, que el caldo calma el guayabo y la cerveza también, pero da paradera al baño, que el sancocho sabe mejor en leña, que la comida no se bota y que si sobra se hace calentao o se deja para el perro y que los pregoneros de las tiendas ambulantes despertaban al mundo ofreciendo con voz de tenor ¡Aguacateee!

¡Mazamorraaaa! ¡Pasteleeees! ¡Heladooos!

O tratamientos psicológicos gritando: Se arregla la de presión.

Crecí en un barrio con padres que filtraban con anís la realidad y madres que inventaban la vida recostadas en los marcos de las puertas mientras se secaba el piso recién trapeado.

No me pisen que acabo de dar la última, gritaban.

A eso de las doce del día comenzaba a sentirse un olor a comida y guisantes que salía de las casas a llamar a los hambrientos, llevado por el viento que bamboleaba la ropa extendida en los balcones, las terrazas y las ventanas enrejadas con hierro, como si tuvieran barrotes carcelarios, y unos vidrios en celosías que servían para ver sin ser visto.

Crecí en un barrio en el que se hacían paseos a la Costa, al mar, organizados por la misma persona que dirigía la natillera, una cooperativa no oficial en la que los socios aportaban una cuota mensual y al final del año recibían el acumulado de sus ahorros con los intereses obtenidos en paseos, bingos y empanadas que bailaban al son de los porros, el vallenato, el merengue, la salsa, la Billo´s Caracas Boys, Los Melódicos y El Combo de las Estrellas, ¡qué nota!

En mi barrio las risas eran una sonora matancera, sin taparse la boca por apariencias o pudores; estridentes, endiabladas, tan desvergonzadas que dejaban ver las calzas negras al fondo de la boca, la encía sangrante y la campanilla vibrando de alegría; se mostraba el diente y se miraba a los ojos; los novicios labios jugaban pico botella y la verdad o se atreve; el sexo era distintivo de hombría, la inocencia se confundía con pendejada y los pies se usaban para bailar, correr detrás de una pelota o escapar de la muerte.

Aprendí que «todo bien», a veces es «todo mal», que los sapos mueren estripados, que el que come callado come dos veces, que al que se maneja bien lo matan de último, que es mejor que digan aquí corrió que aquí cayó, que el que nada debe nada teme, que no se meta en donde no lo han llamado, que el muerto se respeta y al vivo se cuida, que insultar a la mamá de otro era una guerra, y a la propia, una maldición, que la «vaca» era el banco si la plata no alcanzaba al deseo.

Nuestra fortuna era fiada: los muebles eran un poquito nuestros con la cuota que los domingos pasaba un señor a cobrar.

Algunos pagaban, otros se escondían porque guardaban la plata hasta diciembre, la época cuando cerraban la cuadra para propiciar las bacanales de la desmesura en las que llovían cadenetas de colores que bañaban de alegría los pesebres y, al son de las canciones de Doris Salas, los niños se quemaban las pestañas jugando a la candelada del diablo.

Primavera era un potrero en una ladera de Medellín que fueron poblando campesinos en la diáspora de los años cincuenta.

Llegaron liberales huyendo de conservadores y godos perseguidos por manzanillos.

Anclaron sus techos sin orden, pero con curia.

Nacieron casas que compartían muros y resistían temblores, hechas por oficiales empíricos, aquellos que de lunes a viernes construían edificios en los barrios elegantes y los fines de semana pegaban adobes y vaciaban terrazas a ojo, nivel y plomada.

En cada cuarto, una esperanza, ya madura.

.. Casas de tres y cuatro pisos, con apartamentos interiores que formaban laberintos donde los amantes nativos no necesitaban el hilo de Ariadna para salir.

La que sí necesitaba ser dirigida era el agua, que se canalizaba por un entramado de tubos de diferentes tonos de amarillo y naranja que bajaban apretujados por espacios minúsculos buscando una calle, una acera o formando charquitos en escalas de hormigón construidas a cuarenta y cinco grados, ideales para masacrar rodillas y fortalecer glúteos.

Para asombro de los ingenieros estructurales, a la fecha no se ha desplomado ni un apartamento, y si se llegara a caer alguno, ya habría cumplido su ciclo de cuarenta o cincuenta años, lo que justificaba el riesgo y la inversión.

Primavera crecía y lo que no podía el Gobierno lo hacía la gente.

Un cable de energía servía para varios hogares hasta que alguien decidía independizarse, hacía la solicitud a las Empresas Públicas y traían otro cable, que a su vez era usado para nuevas viviendas, hasta que una de ellas se independizaba, y así, siguiendo la corriente, se fue llenando el barrio de postes con cables cruzados en un perfecto caos ordenado que servía para el descanso de los pájaros y como colgadero de tenis desechados.

Primavera tenía una quebrada compuesta de agua, basura y chuchas.

Ratas gigantes con colas largas y gruesas que nosotros ahuyentábamos a pedradas desde lejos porque de cerca ellas nos espantaban a nosotros.

Cuando llovía, Primavera surtía a la quebrada con colchones, hornos, tarros, muebles viejos, escombros y desechos que el carro de la basura no recogía.

Entonces, ella, furiosa, arrasaba con todo para morir frenética y putrefacta en un río llamado Medellín, que quedaba después de la avenida principal, una calle por la que pasaban los buses en bombas de fuego para triunfar en la guerra del centavo, competencia vertiginosa que ganaba el conductor que recogiera más personas durante el trayecto y les hiciera sentir la experiencia mareadora de una montaña rusa sin tener que pagar un costo adicional.

El color del río era café, aunque a veces, como los políticos, cambiaba y era rojo, verde, naranja o azul, dependiendo de los químicos que le echaran las empresas desde arriba.

Le invirtieron millones, pero por sus aguas, que nacían diáfanas en La Clara, Caldas, solo podían navegar la mugre, los gallinazos picoteando muertos y los desechos de una ciudad esperanzada en que las rabias, las vergüenzas y las frustraciones se las llevara la corriente.

Después de una tempestad o en la canícula, el aire se infestaba de olor a mortecina.

Era como el río de Heráclito, no por razones filosóficas, sino porque después de la primera bañada a nadie le quedaban ganas de bañarse dos veces.

El río rezaba el dicho popular: mirame, pero no me toqués.

La única vez que lo hicimos fue tratando de recuperar un balón.

Nos costó ingentes sarpullidos que desaparecieron después de dos semanas y gracias a las cremas de doña Julia, dando paso a las marcas de correa y chancla de nuestros padres, quienes pacientes esperaron para darnos sendas pelas con entonación de sílabas en mayúsculas: LE-DI-JE-QUE-NO-SE-ME-TIE-RA-AL-RÍO-CU-LI-CA-GA-O-DE-SO-BE-DI-EN-TE.

Aun así, amo al río. Me gusta admirar su belleza y resistencia, su cauce es como aquellos seres que, a pesar de la basura, la abulia y la desazón suprema que reciben del mundo, fluyen con la ilusión de un mejor destino aguas abajo.