PRIMAL Desatado Capítulo Uno
Un Land Rover blanco de la ONU y un maltrecho camión Bedford avanzaban con lentitud por un estrecho camino de tierra en las montañas del oeste de Sierra Leona.
Los vehículos se abrían paso entre bejucos y retoños desbocados.
Era el intento de la selva africana por recuperar la senda.
El aire estaba cargado con el olor terroso de las hojas en descomposición, y los árboles desparramados cerraban el paso a la luz del sol, alimentando colonias de musgo y hongos.
Un oficial australiano, el teniente Aden Bishop, viajaba en el asiento delantero del Land Rover, junto al conductor, un joven soldado sierraleonés.
Detrás de él, el coronel Kapur iba recostado en el asiento trasero.
Aunque el oficial indio de la ONU tenía, en teoría, el mando, se conformaba con dejar que Bishop llevase las riendas.
Su misión era inspeccionar el campo de refugiados de Kilimi, una tarea rutinaria en la que el coronel no solía participar.
Solo se había ofrecido para aquella orden de última hora con la intención de impresionar al comandante militar de la ONU.
Por lo general prefería quedarse en la capital, Freetown, descansando bajo el aire acondicionado de la sede de Naciones Unidas.
Detrás del todoterreno, el camión Bedford transportaba a diez soldados indios de la ONU encaramados en sus duras bancadas de madera.
Bien armados y entusiastas, los cascos azules tenían una disciplina excelente que compensaba su escasa instrucción.
Envueltos en sus pesados uniformes caqui y sus boinas azul claro, soportaban en silencio el calor asfixiante del camión con lona, mientras la suspensión anticuada multiplicaba cada bache.
Los motores diésel del pequeño convoy bramaban mientras los conductores los exprimían al máximo, trepando por la pista resbaladiza rumbo a Kilimi.
Las aves autóctonas alzaban el vuelo sobresaltadas desde los árboles y los animales de mayor tamaño irrumpían a través de la maleza densa para huir de los ruidosos intrusos.
Cada ciertas millas, los dos vehículos dejaban atrás pequeñas aldeas que no figuraban en el mapa.
Bishop entornó los ojos cuando el sol de la mañana se filtró por las rendijas del espeso dosel de la selva, haciendo que la humedad alcanzara niveles opresivos.
Se quitó la boina de la ONU para secarse la frente y consultó el mapa.
Al joven oficial australiano le costaba orientarse en la jungla densa.
Los enormes árboles que se alzaban desde el sotobosque en penumbra llenaban el cielo con un muro de verdor, tapando el horizonte e impidiéndole identificar puntos de referencia útiles.
Al pasar junto a otra aldea aislada, el conductor de Bishop señaló un grupo de chozas desvencijadas.
—Señor, mi abuelo nació allí.
Unas gallinas escarbaban en el barro junto a una de las paredes de chapa ondulada oxidada. El conductor miró al teniente y sonrió.
—Conozco bien esta zona, señor. No nos perderemos.
—Eso no me preocupa, Erasto —dijo Bishop, levantando la vista del mapa—. Me preocupa más a qué distancia están las milicias del campo.
Frunció el ceño al recordar otro campo de refugiados, en Songo.
Una milicia díscola del RUF lo había atacado apenas dos semanas antes y una patrulla de la ONU había observado impotente cómo descuartizaban a los refugiados.
Las órdenes de los cascos azules les prohibían abrir fuego salvo en defensa propia.
Después de aquel incidente, enviaron a Bishop a Songo para que redactara un informe detallado. Más de cien refugiados habían sido mutilados o masacrados; el olor de los cadáveres en descomposición seguía muy presente en su memoria.
El joven conductor prosiguió:
—Bueno, normalmente hay muchos del RUF en esta zona, pero ahora la mayoría se ha ido.
—¿La mayoría?
—Sí, señor. Algunos siguen aquí, pero no muchos. La mayoría ha vuelto a sus aldeas. Solo quedan unos pocos criminales, pero ellos tendrán miedo de nosotros.
Bishop se mostró escéptico. Sabía que aquellas milicias envalentonadas por las drogas no se dejaban intimidar con facilidad. Para colmo, el equipo estaba haciendo de niñera de un alto oficial de la ONU, un blanco muy tentador para un secuestro.
El coronel Kapur se inclinó hacia delante y dio unas palmadas en el hombro de Bishop.
—Puede decirle al joven soldado raso que no se preocupe; una sección de infantería india es más que suficiente para encargarse de un puñado de criminales.
Bishop apretó la mandíbula y mantuvo la vista fija en la pista.
La desfachatez del coronel le producía repulsión; el hombre se negaba a dirigirse directamente al soldado raso que era su conductor a tiempo completo.
Hablar con un soldado de tropa estaba por debajo de su categoría, y más aún tratándose de un nativo.
Kapur continuó:
—Esta es su primera misión de verdad, ¿no es así, teniente?
—Sí, señor, es correcto —respondió Bishop con sequedad.
—Bueno, he servido con la ONU en varias ocasiones. También he dirigido misiones contra los rebeldes en Cachemira. Teniendo en cuenta su falta de experiencia, tiene suerte de que haya decidido acompañar esta misión.
—Muchísima suerte, señor.
El coronel lo tomó como un cumplido, se recostó en el asiento y empezó a estudiar su propio mapa.
Qué imbécil , pensó Bishop. Este hombre tenía claramente más experiencia tomando café que mandando soldados.
Aquel coronel obeso incluso tenía el descaro de llevar el uniforme de gala en plena misión.
Los botones de la camisa, manchada de sudor, se tensaban sobre la barriga prominente.
Con tantas medallas y cordones parecía más el director de una banda de música que un soldado.
A pesar de la presencia del pomposo coronel, Bishop estaba disfrutando de su primer despliegue. Valoraba el carácter multinacional de trabajar con la ONU y, como oficial subalterno, estaba adquiriendo una valiosa experiencia en un entorno de alto riesgo.
Los peligros que acechaban en los alrededores no eran evidentes mientras el convoy avanzaba entre la espesa vegetación verde del Parque Nacional de Kilimi.
Al pasar por las aldeas, muchachos y muchachas salían en tropel de sus chozas y saludaban alegremente a los soldados que iban pasando.
Solo sus brazos sin manos y sus cuerpos llenos de cicatrices insinuaban los crímenes inhumanos que se habían cometido allí y la amenaza que aún representaban las milicias errantes.
La ONU ha fallado a esta gente , pensó Bishop.
Un niño le sonrió, agitando el brazo con entusiasmo mientras el Land Rover avanzaba a paso de tortuga.
Apoyado en una muleta tosca, al chico le faltaba la pierna derecha desde la rodilla.
El soldado que había en Bishop quería salir a cazar y arrancarles la garganta a los animales que habían perpetrado aquello, pero las reglas de enfrentamiento de la ONU se lo prohibían.
En el fondo de su mente dudaba de su capacidad para obedecer esa directriz.
¿Qué clase de hombre podía quedarse de brazos cruzados mientras esos cabrones del RUF les cercenaban las extremidades a los niños? , se decía.
Bishop volvió a consultar el mapa. Estaban a punto de llegar al campo de refugiados y no habían encontrado ningún indicio de actividad reciente de las milicias.
¿Era posible que los combatientes del RUF estuvieran cumpliendo de verdad las directrices fijadas en el alto el fuego?
Bishop seguía en guardia. Muchos de los del RUF no eran más que criminales, y un campo de refugiados era un objetivo fácil para unos matones fuertemente armados.
El camino se estrechó aún más. Avanzaron a paso de hormiga por un sencillo puente de troncos y siguieron subiendo hacia las tierras altas.
Una espesa arcilla roja se pegaba a los neumáticos y los conductores se esforzaban por evitar que los vehículos se deslizaran fuera de la senda rudimentaria y cayeran por el talud escarpado hacia el abismo verde que se abría abajo.
Bishop alzó la vista cuando el Land Rover redujo la marcha.
Al ver algo más adelante, el conductor bajó una marcha.
A lo lejos, dos hombres armados estaban de pie delante de una destartalada camioneta blanca estacionada atravesada en la pista.
Un tercero manejaba una ametralladora pesada montada en la parte trasera del vehículo.
—Parece que hay problemas, señor —dijo el joven conductor, con un deje de preocupación en la voz.
—Tranquilo, Erasto. Probablemente sean solo milicianos locales —lo tranquilizó Bishop—. Oríllese y veremos de qué se trata.
El oficial de la ONU apenas era unos años mayor que su conductor, pero la seguridad en sí mismo y la formación le daban una autoridad que desmentía su edad.
Frenaron hasta detenerse. Bishop abrió la maltrecha puerta del Land Rover y bajó.
Las botas se le hundieron en el barro. Una nube de mosquitos se levantó de los charcos sépticos.
Se los espantó con desgana; el lodo y los insectos apenas le importaban.
Su mente estaba concentrada en la posible amenaza que representaban aquellos hombres armados.
El chapoteo de unas botas a su espalda llamó su atención y se volvió para encarar al jefe de sección indio.
—No pinta bien, señor —dijo el cabo Mirza Mansoor.
—Lo sé, Mirza —respondió Bishop en voz baja, mientras la mano se le iba instintivamente a la funda que llevaba en la cadera.
—Es una posición muy peligrosa, señor —añadió Mirza con naturalidad. Los rasgos duros y asiáticos del indio no dejaban traslucir emoción alguna.
—Sí, estamos bien encajonados. Como se calienten con esa ametralladora, estamos fritos —murmuró Bishop. Gotas de sudor le corrían por la cara.
—¿Cree que son del RUF?
—Puede que sí, puede que no. Podrían ser gente de por aquí.
—Pues, señor, sean quienes sean, no parecen muy amistosos.
—Desde luego no han venido a darnos la bienvenida, eso seguro —convino Bishop.
—¿Qué quiere que hagamos?