16. Valle De Khod
DIECISÉIS
Valle De Khod
Ice y Mirza habían apretado el paso para alcanzar la cima de la cresta en menos de dos horas. Desde su posición en el espolón montañoso, ahora dominaban el valle y podían ver la patrulla estadounidense que se acercaba.
—Un blanco aislado avanzando por la línea de la cresta —sonó la voz de Mirza por la radio—. Estaban tumbados a unos cincuenta metros uno de otro, peinando metódicamente el terreno al otro lado del valle a través de sus potentes visores.
—¿Dónde?
—Justo enfrente, por debajo de la cresta más marcada, moviéndose hacia el norte.
Ice se arrastró hacia delante y examinó el terreno de la ladera opuesta por el visor de su fusil de asalto.
El punto estaba a casi seiscientos metros y cubierto de rocas; por poco se le escapó el blanco.
No cabía duda de que la figura solitaria era uno de los hombres que buscaban.
Llevaba un chaleco portaequipo y un fusil de francotirador.
—Lo tengo —susurró Ice.
—¿Quieres abatirlo?
—Negativo. Limitémonos a observar a dónde se dirige.
No tuvieron que esperar mucho. El objetivo avanzó hasta lo que parecía un farallón rocoso, alzó un borde de la red de camuflaje y desapareció de la vista.
—¡Maldición! Eso no lo habríamos visto nunca —transmitió Ice.
Ahora que sabía qué buscar, Ice barrió con la vista la zona de alrededor. Contó cinco salientes similares que podían ser posiciones de combate bien camufladas.
—Cuento cinco —susurró Mirza por la radio.
—Igual. Más que suficiente para darles bien duro a nuestros amigos de fuerzas especiales.
—Ice, Texas 1-3 se ha puesto en marcha. En nada van a estar dentro de la zona de fuego de los talibanes.
Abrió un canal con el Tren del Dolor.
—Tren del Dolor, aquí Ice. Necesito un tiempo estimado de llegada.
—Estamos a treinta minutos, viejo, entrando tan rápido como podemos —respondió Mitch con su acento cortante.
—Recibido, envío objetivos ahora.
Bajó la vista a la pantalla del antebrazo, donde veía la imagen retransmitida por el Sentinel UAV.
Con el dedo, amplió para hacerse una idea clara de la distancia entre su posición, Texas 1-3 y los talibanes.
Luego volvió a acercar la imagen sobre las posiciones ocultas y marcó cinco puntos sobre ellas.
Satisfecho con la localización de sus blancos, envió los datos al Tren del Dolor.
Según sus cálculos, Texas 1-3 llegaría a la zona de combate en unos diez minutos, pero, como había dicho Mitch, el Tren del Dolor no estaría en estación hasta dentro de treinta.
La emboscada inminente podía servir de cobertura para que Ice y Mirza se infiltraran más allá de las líneas talibanes y avanzaran valle arriba.
O, si Ice avisaba a los estadounidenses, quizá estos se limitaran a retroceder, dejándolo a él y al Tren del Dolor para que se encargaran de los talibanes.
Miró el reloj; literalmente tenía segundos para decidir.
Seleccionó el menú de comunicaciones y se puso en contacto con la central de PRIMAL.
—Bunker, ¿me oyes?
—Alto y claro —respondió Chua.
—¿Puedes pasarme con Texas 1-3?
—Dame dos minutos.
Observó a través de la mira el convoy de fuerzas especiales mientras este dejaba el fondo del valle y empezaba a remontar el paso de montaña.
El capitán Kevin Daley, comandante de Texas 1-3, miraba con ansiedad desde su Humvee mientras el vehículo avanzaba con cautela por la estrecha pista que serpenteaba hacia lo alto del paso.
Le habían quitado las puertas al camión, lo que le permitía ir sentado de lado, con el arma cubriendo los acantilados del flanco derecho.
Delante del vehículo, dos pelotones de afganos patrullaban a pie.
Los cincuenta soldados se desplegaban a ambos lados de la pista, rastreando las alturas en busca de posibles emboscadas y revisando el camino en busca de artefactos explosivos improvisados.
Llevaban más de seis meses trabajando con el destacamento de operaciones especiales de doce hombres y todos eran veteranos de combate.
—Agua, Jimmy —dijo Kev, alargando la mano por encima del hombro para que su sargento de transmisiones le pasara una botella.
Jimmy escupió el tabaco de mascar fuera del Humvee y volvió a mirar las paredes del valle que se alzaban sobre ellos.
—¿Crees que los cabrones que se cargaron a los chicos del Stryker siguen rondando por aquí? —farfulló con su acento perezoso.
—No lo sé, colega. Pero vamos a estar bien.
—Suenas a que estás asustado, jefe.
El sargento conocía lo bastante al capitán como para permitirse una broma.
—¡No, carajo! Solo digo que un poco de apoyo aéreo no nos vendría nada mal.
A Kev no le hacía ninguna gracia que todos los aviones estuvieran metidos en los combates del sur.
—No me entusiasma tener que lanzar al kandak por delante así, pero es la única forma de evitar que estos hijos de puta nos agarren desprevenidos.
«Kandak» era el término local para una compañía de soldados del Ejército afgano.
—Maldición, mejor ellos que nosotros —dijo Jimmy.
El capitán miró por encima del hombro y lo fulminó con la mirada.
—Maldición, jefe, estaba bromeando, pero ¿viste esos vehículos Stryker? Esos tipos murieron de muy mala manera.
Jimmy se acomodó con los dedos enguantados una nueva bola de tabaco bajo el labio.
—Necesitamos unos malditos Warthog ahí arriba. Esos cabrones les vuelan los sesos a los toallitas.
El A-10 Warthog era el favorito de todos; la potencia devastadora de su cañón Gatling de 30 mm podía cambiar el curso de una batalla en cuestión de segundos.
—Pues no los tenemos, colega, así que vamos a…
Kev se quedó a medias al oír una voz desconocida que irrumpía por el altavoz de la radio.
—Texas 1-3, aquí Nemesis 4, cambio —transmitió la voz por la frecuencia militar encriptada.
Hasta donde sabía Kev, no había más fuerzas amigas en la zona.
—Jimmy, ¿quién demonios es Nemesis? —preguntó mientras agarraba el micro de la radio y se lo llevaba a la oreja.
—Ni idea, jefe.
Kev transmitió:
—Nemesis 4, aquí Texas 1-3. ¿Quiénes son?
—Texas 1-3, somos un indicativo aliado. Se acercan a una emboscada en la cresta este. Tienen que detenerse de inmediato, cambio.
—Nemesis 4, aquí Texas 1-3, ¿qué…?
Una explosión enorme sacudió el Humvee. El conductor pisó el freno y se clavaron en seco, estampando el casco del capitán contra el tablero.
A través del parabrisas agrietado, Kev vio a la infantería afgana lanzarse a cubierto mientras la cresta oriental se encendía en una andanada de fogonazos.
Nubes de polvo y humo envolvieron a sus hombres mientras buscaban refugio del castigo.
Kev evaluó la situación a toda velocidad. Los fogonazos de los disparos surgían de lo que parecía una formación defensiva de manual y supo al instante que habían caído en una emboscada perfectamente preparada, con armas pesadas emplazadas para causar el máximo daño.
La ametralladora pesada del calibre .50 montada en la torreta del Humvee empezó a rugir con un golpeteo constante, rociando proyectiles contra las paredes del valle. El artillero gritó mientras disparaba:
—¡NOS CAEN ENCIMA! ¡FUERA YA, MALDICIÓN!
—¡VAMOS, VAMOS, VAMOS! —berreó Jimmy mientras se lanzaba de cabeza fuera de la cabina, con el conductor pisándole los talones.
Kev saltó de su asiento y cayó al suelo rodando.
Un misil impactó en el Humvee averiado y detonó.
Una oleada de calor lo envolvió y el tiempo pareció ralentizarse mientras el vehículo explotaba, lanzando metralla, equipo en llamas y los restos del artillero de calibre .
50 por toda la pista. La onda expansiva le hizo chasquear la cabeza hacia delante, estampó la visera del casco contra una roca y lo dejó inconsciente.
Ice estaba tumbado boca abajo, observando a Texas 1-3 por la mira de su fusil cuando el primer misil salió disparado y se estrelló contra el capó del Humvee.
Casi al instante, las cinco posiciones enemigas de la cresta opuesta estallaron con un rugido de fuego de ametralladora, granadas, morteros y cohetes.
Los soldados afganos se tiraron al suelo mientras la formación era azotada por un torbellino de metralla y plomo.
Ice ajustó la mira del fusil y barrió la posición enemiga en busca de un blanco.
—Autorizados a abrir fuego —dijo por la radio.
Alineó la cruceta con el fogonazo más cercano y disparó cinco tiros rápidos; los proyectiles levantaron polvo alrededor de la posición fortificada.
—Jefe, están demasiado atrincherados. No tengo un tiro limpio —transmitió Mirza.
—Espera una oportunidad. Intenta mantenerlos agachados hasta que el Tren del Dolor esté en posición —respondió Ice—. Tren del Dolor, ¿cuál es tu hora estimada de llegada?
Mitch entró por la radio:
—A ocho minutos, colegas, objetivos cargados, rampa abajo. Listos para soltar.
Ice comprobó por segunda vez las coordenadas del objetivo en su iPRIMAL.
—Recibido. Objetivos listos para recibir. Trae el Dolor —dijo Ice.
Nada más decirlo, un misil salió disparado desde una posición que no habían detectado; el fogonazo de la descarga trasera levantó la red de camuflaje que cubría el emplazamiento.
El misil cruzó el valle a toda velocidad y se estampó contra uno de los Humvees.
Ice encaró la nueva posición con su fusil.
Alcanzó a ver el tubo lanzamisiles, pero estaba fuera del alcance de su fusil de asalto.
—¡MIRZA!
—Voy.
Ice vio un fogonazo y el lanzamisiles desapareció de su campo de visión cuando el disparo de Mirza dio en el blanco.
—¡Impacto directo! —dijo. Aparte de ese tiro, Ice sabía que no estaban logrando suprimir de forma efectiva todas las armas pesadas de los talibanes.
El resto de las posiciones de la emboscada seguían vomitando fuego sobre Texas 1-3, y si el Tren del Dolor no llegaba pronto, los soldados afganos y los SF mentors serían aniquilados.
Al Humvee que le quedaba operativo a Texas 1-3 lo habían colocado en una pequeña depresión.
El lanzagranadas MK19 de la torreta disparaba a toda velocidad mientras el operador lanzaba andanada tras andanada de granadas contra la línea de la cresta.
El arma estaba tirando al alcance máximo, bombeando granadas hacia la zona general de la emboscada, pero no estaba lo bastante cerca para resultar efectiva contra las posiciones fortificadas.
Kev alcanzó a distinguir vagamente el sonido inconfundible de las rondas de 40 mm cuando volvió en sí. Los ojos se le entreabrieron lo justo para ver a Jimmy agachado sobre él, echándole agua en la cara con una botella.
—¿Qué demonios está pasando, Jimmy? —gruñó Kev mientras recuperaba el sentido y se recolocaba el casco. El pum de las granadas se mezclaba con explosiones, disparos de fusil y rebotes de proyectiles, creando una cacofonía ensordecedora.
—Algún cabrón nos ha volado con un misil —gritó Jimmy. Llevaba la radio a la espalda y el segundo al mando de Kev estaba a su lado, pegado al Humvee, con el auricular apretado contra la cabeza.
Kev se impulsó hasta quedar de rodillas y se deslizó para colocarse junto a ellos.
—Mierda, Kev, pensé que te habíamos perdido —le gritó el suboficial al oído por encima del estruendo del combate.
—¿Cuál es la situación?
—Las secciones Alfa y Bravo están bajo un fuego intenso.
Tenemos un montón de bajas, y el comandante del kandak está intentando replegar a sus hombres.
Su operador de radio ha muerto, así que estoy hablando directo.
—El suboficial le devolvió el auricular a Jimmy—.
No consigo contactar con el puesto de mando y, desde luego, ni con el jodido apoyo aéreo.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Kev.
—Estoy intentando usar al resto del equipo para dar fuego de supresión y conseguir que los afganos se retiren.
El problema es que las putas posiciones enemigas están fortificadas.
Están usando armas de gran calibre y nos superan en alcance.
—El veterano operador negó con la cabeza—.
Jefe, estos no son talibanes normales. Nunca había visto nada igual.
Kev sabía que tenían que encontrar una solución o toda su infantería afgana sería aniquilada.
El plan obvio sería flanquear al enemigo subiendo por la cresta, pero eso podía llevar horas.
Para entonces, las dos secciones del kandak estarían fuera de combate.
La expresión cansada en el rostro del sargento primero lo decía todo. La situación era desesperada.
—¡Eh, jefe! —gritó Jimmy, alargando el auricular de la radio—. Es otra vez el cabrón de Nemesis.
Kev le arrancó el auricular a Jimmy y se lo llevó a la oreja.
Una voz helada sonó en el auricular.
—Texas 1-3, aquí Nemesis 4. ¿Me reciben? Cambio.
Kev respondió de inmediato:
—Aquí Texas 1-3. No tengo ni puta idea de quién eres, pero necesitamos ayuda ya mismo.
—Texas 1-3, diles a tus tropas avanzadas que mantengan la cabeza agachada. Tendrán apoyo aéreo cercano en la zona en cinco minutos. Aguanten, el Tren del Dolor va en camino. Nemesis 4, corto.
—¿Qué demonios…? —gritó Kev—. ¿Quién es ese maldito Nemesis, Jimmy? ¿Y qué demonios es el Tren del Dolor?