3. Club Kyiv, Kiev, Ucrania, 2004 #2
Cuando por fin se acordó de consultar el mapa, llevaba caminando casi treinta minutos.
Miró alrededor para orientarse. Las calles eran viejas y estrechas, encajonadas entre muros de arenisca.
Por pura suerte, parecía que había dado con el Barri Gòtic .
Comprobó las placas de latón que anunciaban los nombres de las calles, buscando su destino.
¡Bingo! Carrer de Cervantes, la calle que estaba buscando.
El viejo callejón se iba estrechando, los edificios antiguos se cerraban a ambos lados.
Las piedras bajo sus pies estaban pulidas por el tiempo y casi podía oír los gritos de los mercaderes medievales pregonando su mercancía.
Se detuvo ante una pequeña puerta abierta en un muro de arenisca.
Un letrero vetusto, colgado de unas cadenas oxidadas, proclamaba: « LIbrERÍA DE VIEJO» .
Una campanilla de bronce tintineó cuando empujó la sólida puerta. Aspiró el olor almizclado de los libros que envejecían con calma. Un hombre curtido por los años, sentado tras una antigua registradora, le hizo señas para que pasara, sonriendo.
Bishop repasó al anciano de arriba abajo y luego barrió con la mirada el resto de la tienda, en busca de cualquier posible amenaza.
El angosto local estaba abarrotado, del suelo al techo, de libros encuadernados en cuero y manuscritos.
Varios pergaminos enrollados acumulaban polvo en los estantes más altos, prueba de que aquel establecimiento formaba parte de Barcelona desde hacía ya bastantes décadas.
—Dijo que vendría.
La voz sobresaltó a Bishop y este se volvió hacia el hombre.
—¿Perdón?
—Su amigo dijo que usted vendría.
El anciano se había levantado del taburete y avanzaba renqueando hacia Bishop, con un libro apretado bajo el brazo.
—Lo siento. ¿Qué quiere decir?
El librero soltó una risita.
—Dijo que vendría un soldado perdido. Usted tiene porte de soldado, pero deambula como un hombre sin rumbo.
—Antes fui soldado, pero esa es otra historia. Hábleme de ese hombre. ¿Cómo era?
—Como usted. Soldado una vez, soldado para siempre.
Los ojos de Bishop se entrecerraron y le tendió la tarjeta del cibercafé.
—¿Ha visto esto antes?
El anciano se acomodó las gafas y examinó la tarjeta con atención.
—Este texto está en latín. —Pasó un dedo por la filigrana que coronaba el escudo grabado en la tarjeta—. Justicia ex umbra. Significa «Justicia desde las sombras» —el librero le devolvió la tarjeta—. Nunca había visto una tarjeta como esta, pero esas palabras, esas sí las he visto antes.
— Justicia ex umbra —repitió Bishop—. ¿Dónde?
El anciano le alargó a Bishop el libro que llevaba.
—En el libro que su amigo le mandó buscar.
Bishop tomó el volumen ajado y examinó la cubierta. Una sola palabra aparecía grabada en el cuero arrugado: «Susurro» .
—Su amigo es sabio. Los libros tienen la costumbre de encontrar a quienes más pueden ayudar. Este está traducido al inglés, quizá pueda servirle. El librero se dio la vuelta y cojeó de regreso a su taburete.
Bishop se acercó al mostrador.
—A veces las respuestas que buscamos no se encuentran en un libro.
El anciano frunció el ceño al sentarse, y sus facciones se desdibujaron en un paisaje de hendiduras. Habló en voz baja:
—Siempre hay alguien que ha recorrido el camino antes que usted, amigo mío. En los libros dejan sus lecciones para quienes son lo bastante sabios como para encontrarlas.
Bishop sopesó el comentario. El viejo cabrón tenía razón , pensó mientras abría las páginas amarillentas del libro y ojeaba una hoja. ¿Cuántos soldados habrían dudado de su causa a lo largo de los años? ¿Cuántos se habrían encontrado en una encrucijada? Cerró el libro y lo dejó sobre el mostrador.
—¿Está seguro de que no sabe nada más sobre ese supuesto amigo mío? ¿O sobre esta tarjeta?
El anciano lo miró con expresión ausente y negó con la cabeza.
—Pero puede quedarse el libro; ya está pagado.
—Gracias. Con un suspiro, Bishop lo guardó en la bandolera y empujó la puerta para regresar a las calles empedradas de la antigua Barcelona.
Tumbado en la cama aquella noche, con la idea de leer un par de capítulos antes de salir a los bares, acabó tan absorto que, cuando por fin dejó el libro a un lado, desde la ventana de su hotel ya se adivinaba el tenue resplandor del amanecer.
El libro era la historia de una sociedad secreta conocida como El Susurro: el murmullo. Existía al margen de la ley, un ejército privado que recurría a métodos clandestinos para proteger a la gente de Barcelona de los horrores de la Inquisición española. Impartía justicia desde las sombras.
La idea caló hondo en Bishop. Ahora sí que es una causa que vale la pena , pensó. ¡Luchar por los débiles! ¡Arrancar aunque fuera una brizna de justicia para este mundo!
Durante los días siguientes, Bishop siguió explorando Barcelona.
No lograba apartar de la mente el libro ni la forma en que había irrumpido en su vida.
A pesar de su entrenamiento, no detectó ninguna sombra tras sus pasos ni tuvo la sensación de que lo vigilaran.
Poco a poco, la sospecha empezó a desvanecerse.
Una semana después, el libro no era más que un recuerdo lejano mientras Bishop viajaba en tren de alta velocidad para reunirse con sus padres en Requena.
El tren surcaba velozmente el campo español y él se abandonaba a la contemplación, mirando por la ventanilla del vagón.
Los recelos y la inquietud se disipaban ante los recuerdos de las vacaciones de la infancia y de los viejos amigos de la familia.
Por fin había dejado atrás las preocupaciones del mundo y se limitaba a disfrutar de sus días de descanso.