2. Campamento De Refugiados De Kilimi
DOS
Campamento De Refugiados De Kilimi
Bishop examinó el fusil mientras hablaba:
—Sabe lo que tengo que hacer.
—Sí, señor —murmuró Mirza, lanzando una mirada al coronel y volviendo luego a Bishop.
—No puedo pedirles que vengan conmigo.
—Tres de nosotros iremos con usted. Los demás se quedarán aquí y cuidarán del coronel y del conductor.
—Estén listos para moverse en dos minutos.
Bishop volvió a montar el fusil, convencido de que funcionaría con fiabilidad.
Encajó un cargador de un golpe seco y amartilló el arma.
Guardó los otros cuatro cargadores en los bolsillos de la camisa y del pantalón.
Esta es la primera y última vez que salgo fuera del perímetro sin chaleco antibalas y sin fusil , se dijo.
Con movimientos apresurados ató un trozo corto de cordón alrededor de la culata para poder colgárselo del hombro.
Por último, cambió el cargador de la pistola y la enfundó de nuevo.
Listo para la acción, miró al coronel y le lanzó el grueso fajo de dinero del soborno.
—Quédese aquí, señor. Si no volvemos en una hora, váyase a Freetown.
Kapur asintió, horrorizado por la calma del joven que acababa de abatir a dos adolescentes armados. Estaba claro lo que Aden iba a hacer a continuación.
Bishop reunió a Mirza y a los otros dos soldados frente al camión Bedford.
—Muy bien, hombres, no tenemos mucho tiempo. Vamos al campamento y haremos lo que sea necesario para proteger a los refugiados. ¿Entendido?
Los disparos seguían resonando de vez en cuando desde la dirección del campamento y, de forma inquietante, los gritos se habían apagado.
—Sí, señor —respondieron al unísono.
Bishop recorrió al grupo con la mirada y siguió hablando.
—Les agradezco que me respalden.
Cuando todo aquello terminara, Bishop sabía que el coronel Kapur probablemente los castigaría.
—Señor, no íbamos a dejar que se fuera solo.
Bishop le dedicó un leve gesto de cabeza a Mirza y sacó el mapa.
—Bien, vamos a seguir este sendero a través de la selva, evitando la carretera principal. Manténganse conmigo, yo iré delante. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Muy bien, manos a la obra, en marcha.
Bishop, con el arma lista, avanzó con rapidez por el sendero escarpado, resbalando sobre la tierra oscura y la hojarasca en descomposición. Los otros tres hombres mantuvieron el ritmo, avanzando en silencio tras él.
Al pie de la pendiente chapotearon en un arroyo poco profundo antes de llegar al borde de la selva.
Cuando alcanzaron la franja de matorrales espesos que delimitaba el campamento, se agacharon, atentos a cualquier movimiento.
Las primeras chozas de madera desvencijadas y las tiendas triangulares blancas del ACNUR parecían desiertas.
Detrás de ellas, hilera tras hilera de refugios igual de ruinosos se extendían a lo largo de más de quinientos metros, limitados por un lado por la selva y por el otro por un canal de agua sucia y marrón, atestado de basura y bidones de plástico.
A lo lejos, Bishop distinguió las montañas verdosas y difuminadas de Guinea, refugio seguro de las milicias antigubernamentales.
Los gritos volvieron a resonar por el campamento vacío. Bishop hizo señas a los hombres para que avanzaran.
—Escuchen. Yo voy en cabeza; ustedes cubren los flancos y la retaguardia.
—Dibujó sus posiciones en la tierra con el dedo.
En formación de diamante podrían responder a una amenaza desde cualquier dirección—.
Quiero a esos cabrones muertos: nada de prisioneros, nada de heridos...
muertos —susurró Bishop, con una furia afilada en la voz, y los soldados indios asintieron, nerviosos—. Muy bien, hombres, vamos.
El pequeño grupo salió de entre la maleza y avanzó con cautela por el claro de tierra hacia el campamento.
El hedor fétido de excrementos humanos y basura en descomposición les golpeó cuando alcanzaron la primera línea de tiendas remendadas.
Esquivando con cuidado los montones de desperdicios, llevaban los fusiles listos, la mirada en constante barrido.
A medida que se internaban en el campamento, las condiciones empeoraban.
Bishop se fijó en los agujeros de bala de una plancha de chapa ondulada que servía para remendar una choza; la sangre salpicada sobre el metal parecía reciente.
Los gritos y alaridos lejanos se hicieron más fuertes conforme avanzaban.
Los chillidos aterrados de una mujer se entrecortaban con disparos.
Bishop ordenó alto con una señal. Avanzó a rastras, buscando un punto desde el que pudiera observar el centro del campamento.
Al cruzar un angosto canal de desagüe, la tierra blanda cedió y su bota fue a hundirse en aguas negras que le salpicaron la pierna.
Soltó una maldición mientras salía del lodazal y se metía en una choza abandonada.
En cuclillas, miró por el resquicio entre dos planchas de hierro oxidado.
A no más de treinta metros de él, diez combatientes del RUF habían acorralado a casi un centenar de refugiados en un claro.
Amontonados de rodillas en el barro, los hombres, mujeres y niños parecían animales aterrados a la espera del degüello.
Algunos lloraban en silencio. Otros se aferraban unos a otros con brazos huesudos, los ojos desorbitados de miedo.
Diseminados alrededor del grupo yacían cuerpos mutilados. Empapados en sangre y sin extremidades, los cadáveres eran una advertencia brutal contra cualquier intento de resistencia. A un lado se alzaba un montón ensangrentado de brazos y piernas amputados.
Ajenos a la muerte de sus centinelas, la partida de hombres armados aullaba con una ferocidad que les vaciaba los pulmones, disparaba al aire y arremetía contra los prisioneros.
Bishop vio cómo dos jóvenes pandilleros arrastraban a una mujer que no dejaba de gritar hacia una tienda azul de ayuda médica de la ONU.
—Bastardos —murmuró entre dientes apretados.
Otros dos miembros del RUF apuntaban sus armas a los refugiados de ojos desorbitados, mientras el resto se agrupaba en torno a un hombre enorme que blandía un machete.
Dios mío , pensó Bishop. Es un maldito gigante.
El comandante del RUF se movía como un depredador.
Las cicatrices lo marcaban como un asesino veterano; viejas heridas de bala deformaban su torso desnudo y musculoso, y una cicatriz cruel se enroscaba alrededor de su garganta.
Su ropa reflejaba su rango, lo más parecido a un uniforme militar que llevaba aquella banda: unos pantalones de camuflaje metidos dentro de unas relucientes botas negras de jungla y un revoltijo de talismanes colgando del cuello.
Remataba el conjunto una boina azul de la ONU, sucia.
Los combatientes del RUF se agruparon en torno a su líder y estallaron en vítores mientras este alzaba por encima de la cabeza el machete manchado de sangre. Agarró a un niño y lo inmovilizó boca abajo en el barro. Le clavó la bota en la espalda para que los brazos se le abrieran a ambos lados.
Bishop no podía apartar la vista de aquella escena espantosa. Sabía exactamente lo que estaba a punto de suceder, pero era incapaz de moverse. El miedo lo paralizaba.
Los bíceps del comandante se marcaron cuando blandió la hoja como una espada pesada. El machete se hundió en el brazo huesudo con un crujido nauseabundo de hueso y fue a clavarse en el barro rojo y espeso. El alarido desgarrador del niño se cortó en seco cuando se desmayó.
Recogió el brazo cercenado y el gigantón lo alzó bien alto para que los refugiados aterrados lo vieran. Escupitajos salían disparados de su boca mientras bramaba:
—¡Malditos cobardes, peleamos por su libertad y nos obligan a hacer esto!
Arrojó el brazo al montón creciente de extremidades. Al caer con un chasquido húmedo, una densa nube de moscas se alzó de la carne coagulada y ensangrentada.
Bishop se desplomó de rodillas. Un vómito le estalló en la boca, el cuerpo sacudido por arcadas secas y los ojos anegados en lágrimas. No advirtió la entrada de Mirza en la choza; hizo falta un apretón firme en el brazo para arrancarlo del estupor.
—Señor, señor, ¿está bien? —susurró Mirza.
La vergüenza dio paso a la furia mientras se limpiaba la boca.
—Estoy bien —dijo Bishop, mientras se enjugaba las lágrimas y alzaba la mirada. Apretó los dientes—. ¿Están listos los hombres?
Mirza asintió con seguridad y lo condujo fuera de la choza en ruinas, donde los hombres aguardaban.
Bishop soltó el aire.
—Vamos.
Avanzaron hacia el claro con Bishop a la cabeza.
Su fusil tronó con fiereza mientras concentraba el fuego sobre el grupo de combatientes del RUF, pillados por sorpresa.
Las balas de alta velocidad se incrustaron en los cuerpos de los hombres armados, desgarrando carne y pulverizando huesos.
Los tres AK-47 indios rugieron, descargando fuego automático para apoyar los disparos sueltos de Bishop.
El líder se lanzó al suelo en cuanto vio a las tropas, esquivando la lluvia mortal de balas que destrozó a sus seguidores. Desesperado, reptó hasta ponerse a cubierto tras la hilera más cercana de chozas.
Al ver de reojo al cabecilla en fuga, Bishop se lanzó hacia delante, su arma escupió fuego hasta que la recámara quedó abierta con el cargador vacío.
Soltó el fusil humeante, que quedó colgando del correaje sobre su hombro.
Desenvainó la pistola y abatió a otro hombre armado con una andanada de balas.
El combatiente del RUF se desplomó de espaldas cuando Bishop vació todo el cargador en su pecho.
Los rasgos toscos del moribundo se contrajeron de dolor. Una mezcla espumosa de sangre y mucosidad le resbaló por los labios.
Bishop encajó un cargador nuevo en su Browning y, con un golpe seco, soltó la corredera, montando una bala en la recámara. Alzó la pistola con calma y le disparó de lleno en la frente.