Presión atmosférica Capítulo 35
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Capítulo 35

La noche anterior a la boda, todo el grupo cercano se reunió para una cena informal en el patio trasero de la casa de Walt, una tradición que Diane había insistido en organizar "como es debido", a pesar de las protestas iniciales de Bex de que no hacía falta tanta ceremonia para una cena de ensayo.

Walt había preparado una barbacoa completa, con las mismas recetas familiares que había compartido en su primera visita a Austin, y el ambiente se llenó pronto de risas, brindis improvisados y anécdotas que cada miembro del equipo insistía en contar, compitiendo por ver quién conseguía avergonzar más a los novios antes de la boda oficial.

—Tengo que contar esto —anunció Dutch, levantando su vaso con una solemnidad poco habitual en él—.

La primera vez que vi a estos dos discutir sobre una ruta de despliegue, en la primera semana de trabajo juntos, aposté conmigo mismo que no íbamos a durar ni un mes sin que uno de los dos pidiera el traslado.

Me alegro muchísimo de haber estado tan equivocado.

—Todos apostamos por algo distinto ese primer mes —añadió Georgia, sin poder resistirse—. Yo aposté que durarían, pero que tardarían al menos un año en admitirlo en voz alta. Gané esa apuesta, para que conste, y todavía estoy esperando que Dutch me pague los cuarenta dólares.

—Te los pagué hace dos años, Georgia.

—Con intereses no, así que sigo esperando.

Marguerite, sentada en un extremo de la mesa con una copa de vino que apenas había tocado, levantó la voz por encima de las risas con la autoridad tranquila que la caracterizaba.

—Quiero decir algo, si me lo permitís. Cuando puse los nombres de Bexley y Zane en la misma casilla de esa subvención, hace casi tres años, lo hice pensando únicamente en la financiación del instituto, en la necesidad práctica de combinar dos perfiles complementarios.

Nunca imaginé que estaría, tres años después, brindando por su boda.

Ha sido un privilegio verlo todo desde primera fila.

Incluso Ashworth, que había llegado esa tarde desde Washington y se había mostrado inicialmente reservado entre tanta familiaridad ajena, terminó relajándose lo suficiente como para compartir una anécdota sobre la propia Bex durante sus años de doctorado, una historia que ella no recordaba con el mismo cariño con el que él la contaba, pero que aceptó con una sonrisa, agradecida de que aquel capítulo doloroso de su historia hubiera terminado transformándose en algo tan distinto.

—Doctora Hargrove era, sin lugar a dudas, la estudiante más rigurosa que he dirigido en toda mi carrera —dijo Ashworth, levantando su propia copa hacia ella—.

Me alegra enormemente haber tenido la oportunidad de corregir, aunque fuera tarde, el error que cometí con ella hace tantos años.

Zane, cuida bien de ella. No creo que encuentres a nadie más capaz en todo este campo.

—Lo sé, doctor Ashworth. Lo sé perfectamente.

La noche se prolongó entre más brindis, más risas, y una tranquilidad compartida que Bex atesoró especialmente, consciente de que aquel grupo de personas, reunido alrededor de una mesa en el jardín de Walt, representaba mucho más que un simple círculo de invitados: era la familia que había construido, pieza a pieza, a lo largo de los últimos tres años, tan importante como la familia con la que había nacido.

•  •  •

La boda se celebró un sábado de abril, casi un año exacto después de la propuesta en Puerto Rico, en el jardín trasero de la casa de Walt en San Antonio, un espacio que su padre había pasado meses transformando específicamente para la ocasión, cultivando una variedad especial de flores silvestres texanas que, según insistió con orgullo durante toda la planificación, "iban a florecer exactamente a tiempo si el clima cooperaba, y si no cooperaba, ya tenía un plan B con invernadero incluido".

La mañana de la boda, Bex se despertó en la habitación de invitados de la casa de Walt, con Georgia ya instalada a los pies de la cama con dos tazas de café y una expresión que oscilaba entre la emoción contenida y el pánico organizativo de última hora.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Georgia, tendiéndole una de las tazas.

—Extrañamente tranquila. Pensé que estaría más nerviosa.

—Eso es porque llevas un año entero preparándote para esto, aunque no lo supieras del todo. Desde aquella reunión en la sala de conferencias, en realidad.

Bex se rió, sentándose en la cama con la taza entre las manos, dejando que el aroma del café la despertara del todo mientras fuera, en el jardín, se escuchaban ya los primeros preparativos: el sonido de sillas siendo colocadas, la voz de Walt dando instrucciones sobre dónde exactamente debían ir las mesas para aprovechar mejor la sombra de los robles centenarios que dominaban el terreno.

—¿Está todo listo? —preguntó Bex, asomándose a la ventana para ver el jardín transformado, con hileras de flores silvestres en plena floración, guirnaldas de luces todavía apagadas colgando entre los árboles, y un arco improvisado con madera reciclada que Zane y Dutch habían construido juntos las últimas semanas, con más entusiasmo que habilidad de carpintería, según las bromas constantes de Georgia durante todo el proceso.

—Todo listo. Tu madre lleva desde las seis de la mañana supervisando el catering, tu padre ya se ha probado el traje tres veces distintas, y Marguerite ha llegado hace media hora con una expresión tan solemne que por un momento pensé que venía a anunciar el cierre del instituto en lugar de a una boda.

—Así es Marguerite en cualquier ocasión importante.

Diane entró poco después, con el vestido de novia cuidadosamente protegido en una funda de tela, y una expresión que mezclaba la eficiencia práctica con una emoción que se le escapaba en los ojos brillantes cada vez que miraba a su hija.

—Bexley, vamos a tener que darnos prisa si queremos que el peinado esté listo antes del mediodía. La peluquera llega en veinte minutos, y ya sabes lo particular que es con los horarios.

—Mamá, todavía quedan cinco horas para la ceremonia.

—Cinco horas que van a pasar más rápido de lo que crees, cariño. Créeme, lo sé por experiencia.

El resto de la mañana transcurrió en una nube de preparativos, con Diane supervisando cada detalle del vestido de Bex —sencillo, sin excesivo adorno, con un corte que Bex había elegido precisamente porque le permitía moverse con libertad, una broma privada entre ella y Zane sobre no querer tropezar con la falda si algún invitado insistía en mostrarle el último modelo de radar portátil durante la ceremonia— y Georgia encargándose de que el ramo, compuesto enteramente de las flores del jardín de Walt, llegara a tiempo desde la nevera donde lo habían guardado la noche anterior.

A media mañana, mientras la peluquera terminaba de fijar el último mechón, Diane se sentó junto a Bex frente al espejo, observando el reflejo de su hija con una expresión pensativa.

—¿Puedo decirte una cosa, antes de que empiece todo el ajetreo de verdad?

—Claro, mamá.

—Estoy orgullosa de ti. No solo por la boda, aunque también por eso.

Estoy orgullosa de la mujer que has llegado a ser, de la carrera que has construido, de cómo has aprendido a pedir lo que necesitas sin disculparte por ello.

Y estoy especialmente orgullosa de que hayas encontrado a alguien que ve exactamente eso en ti, y que no ha intentado nunca convertirte en otra cosa.

Bex sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, peligrosamente cerca de arruinar el maquillaje que la peluquera acababa de terminar.

—Mamá, vas a hacer que llore antes de tiempo.

—Es mi trabajo como madre, hacerte llorar en los momentos más inconvenientes. Ahora, sécate esas lágrimas, que todavía nos queda una boda entera por delante.

•  •  •

La ceremonia comenzó a las cinco de la tarde, con la luz dorada del atardecer texano filtrándose entre las ramas de los robles y proyectando sombras cálidas sobre las sillas dispuestas en semicírculo frente al arco de madera.

Bex caminó del brazo de su padre, que había insistido en llevar el mismo traje que había usado en su propia boda cuarenta años atrás, ajustado especialmente para la ocasión, y sintió que el corazón se le aceleraba de una manera completamente distinta a cualquier tornado que hubiera perseguido nunca, un tipo de vértigo feliz que no tenía nada que ver con el miedo.

Zane la esperaba bajo el arco, vestido con un traje sencillo que Walt había insistido en pagar como regalo, con una expresión que mezclaba la felicidad más pura que Bex le había visto nunca y unos ojos ya brillantes de lágrimas contenidas.

A su lado, Dutch hacía de padrino con una seriedad conmovedora, y del otro lado, Georgia esperaba como dama de honor con un ramo idéntico al de Bex, sonriendo tanto que a Bex le sorprendió que pudiera mantener la compostura durante toda la ceremonia.

El oficiante, un amigo de la familia de Walt que había aceptado encargarse de la ceremonia con un entusiasmo genuino, los guio a través de los votos tradicionales antes de ceder el turno a los votos personales que ambos habían escrito por separado, sin mostrárselos el uno al otro hasta ese mismo momento.