Capítulo 27
El susto de Nebraska dejó una huella que Bex no consiguió sacudirse del todo en los días siguientes, algo que se manifestaba en pequeños detalles que ella misma apenas notaba: revisar dos veces cada ruta de escape antes de que Dutch terminara de proponerla, un nudo persistente en el estómago cada vez que una célula empezaba a organizarse con demasiada rapidez, una vigilancia constante hacia la posición de la Unidad Dos que no había tenido antes.
Zane también mostraba signos sutiles de la misma tensión residual, aunque los manifestaba de una manera distinta: revisando el equipo con una meticulosidad todavía mayor que la habitual, insistiendo en dobles confirmaciones de cada ruta de escape antes de cualquier despliegue, incluso en días con riesgo moderado que anteriormente no habrían justificado tanta cautela.
—¿Te has fijado en que Zane comprueba las radios tres veces antes de cada salida? —comentó Dutch, una tarde, mientras ayudaba a Bex a calibrar un sensor—. Antes solo las comprobaba una vez.
—Me he fijado. Creo que a los dos nos ha afectado más de lo que admitimos en voz alta.
—Es comprensible. Yo mismo he estado revisando mi propio equipo con más atención de la habitual.
—¿Crees que se nos pasará, con el tiempo?
—Creo que aprenderemos a llevarlo de una manera más manejable, sin que desaparezca del todo. El miedo residual después de un susto real rara vez desaparece por completo. Solo se transforma en algo más silencioso.
Bex asintió, agradecida por la perspectiva pragmática de Dutch, que rara vez se dejaba llevar por el dramatismo pero que tampoco minimizaba la realidad emocional de lo que habían vivido.
Llamó a Georgia una noche, aprovechando la cobertura irregular de un pueblo de Kansas donde habían parado a repostar, con una necesidad de hablar con alguien fuera del círculo inmediato de la expedición que llevaba días acumulándose.
—¿Cómo va todo por allí? —preguntó Georgia, con el ruido de fondo familiar de la sala de control del instituto.
—Intenso. Productivo. Aterrador, en ciertos momentos.
—¿Quieres hablar de ello?
Bex se sentó en el escalón de la camioneta, mirando hacia el cielo despejado de esa noche, sin ni rastro de la amenaza que había dominado la tarde anterior.
—Georgia, ¿alguna vez has pensado en lo que significa este trabajo a largo plazo? Quiero decir, más allá de esta temporada, más allá de la siguiente. ¿Podrías imaginarte haciendo esto durante veinte años más?
—No lo sé, la verdad. Nunca me lo he planteado tan a largo plazo. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque después de lo de Nebraska, no dejo de pensar en... no sé, en el futuro. En si algún día quiero tener hijos, y si los tengo, cómo se supone que voy a seguir haciendo esto, saliendo al campo cada primavera, sabiendo lo que sé ahora sobre lo rápido que puede torcerse todo.
Georgia se quedó en silencio un momento, con la clase de pausa que indicaba que estaba tomándose la pregunta en serio.
—¿Se lo has dicho a Zane?
—No del todo. Lo he mencionado de pasada un par de veces, y él siempre lo desvía hacia "ya lo pensaremos cuando llegue el momento", que entiendo, pero que también me hace sentir que estoy sola pensando en esto.
—Bex, creo que necesitas decírselo directamente, no de pasada. Esta clase de conversación no funciona bien en fragmentos.
Bex sabía que Georgia tenía razón, pero encontrar el momento adecuado en mitad de una expedición de ocho semanas, con la atención de ambos consumida por la logística diaria y la vigilancia constante del cielo, resultó más difícil de lo que había anticipado, y la conversación siguió postergándose, día tras día, mientras el nudo en su pecho crecía despacio, alimentado por cada nueva célula que perseguían.
Finalmente, la sacó a relucir una noche tranquila, sin tormentas en el horizonte, mientras cenaban junto a la hoguera con el resto del equipo ya retirado a sus tiendas.
—Zane, necesito hablar contigo de algo en serio, no de pasada como las otras veces.
Él dejó el plato a un lado, prestándole toda su atención con una seriedad que reconocía el peso de la introducción.
—Te escucho.
—Después de Nebraska, no dejo de pensar en el futuro.
En si algún día queremos tener una familia, y si la tenemos, cómo encaja esto —hizo un gesto amplio hacia el campamento, hacia el cielo, hacia todo lo que representaba su trabajo— en esa vida.
No espero que tengas una respuesta perfecta esta noche.
Pero necesito que dejemos de aplazar la conversación cada vez que la menciono.
Zane se quedó callado un momento, con la mirada perdida en las brasas de la hoguera, antes de responder con una honestidad que Bex agradeció incluso antes de escuchar el contenido completo.
—Tienes razón, la he estado aplazando. Y creo que la aplazaba porque no tengo una respuesta clara, y me daba miedo admitir eso en voz alta.
Quiero una familia contigo, algún día. Pero también quiero que ese "algún día" no signifique que dejemos de ser quienes somos, y no sé todavía cómo se resuelve esa ecuación.
—Yo tampoco lo sé. Por eso necesito que la resolvamos juntos, no que yo sola cargue con la pregunta cada vez que un tornado nos recuerda lo frágil que es todo.
—Vamos a resolverla. Te lo prometo. Pero dame tiempo para pensarlo con la misma seriedad que tú, no una respuesta improvisada junto a una hoguera.
Bex aceptó la promesa, aunque el nudo en su pecho no se disolvió del todo esa noche, ni tampoco en los días siguientes, quedando ahí, latente, esperando el momento en que la vida —o el propio Zane— decidiera ponerla verdaderamente a prueba.
Llamó a Georgia unos días después, durante otra parada de reabastecimiento, necesitada de procesar en voz alta la conversación que había tenido con Zane sobre el futuro.
—¿Cómo reaccionó, al final? —preguntó Georgia, con genuina curiosidad.
—Mejor de lo que esperaba, en realidad. Admitió que había estado evitando el tema por miedo, no por desinterés. Prometió que íbamos a resolverlo juntos.
—Eso suena prometedor.
—Lo es. Aunque todavía siento ese nudo en el estómago, ese miedo de que hablar de ello no sea suficiente, de que necesitemos algo más concreto que promesas para sentirme realmente tranquila.
—Bex, dale tiempo. Las mejores conversaciones importantes rara vez se resuelven en una sola noche junto a una hoguera. Necesitáis procesarlo cada uno a vuestra manera antes de llegar a algo más definitivo.
—Supongo que tienes razón. Es solo que después de Nebraska, siento que el tiempo se ha vuelto un recurso más precioso de lo que solía parecer.
—Eso es exactamente lo que un buen susto te enseña, la fragilidad de las cosas que das por sentadas. Pero no dejes que ese miedo te empuje a exigir respuestas antes de que estén listas para dárselas con honestidad.
Bex se quedó pensando en las palabras de Georgia durante el resto del trayecto hacia el siguiente punto de despliegue, reconociendo la sabiduría práctica de su amiga incluso a través de la distancia que las separaba durante aquella expedición.