Capítulo 26 #3
El resto del equipo se acercó poco a poco, atraído por el atardecer espectacular, y pronto todos estaban sentados juntos alrededor de las camionetas, compartiendo el último café de la jornada mientras el cielo pasaba del dorado al rosa y finalmente al púrpura profundo que anunciaba la llegada de la noche.
—Esto es lo que hace que valga la pena todo lo demás —comentó el nuevo investigador, todavía maravillado por la belleza del paisaje después de semanas de adaptación al ritmo de la expedición—. El miedo, el cansancio, las duchas frías. Todo merece la pena por momentos como este.
—Bienvenido oficialmente al club de los adictos a las tormentas —bromeó Dutch, levantando su taza de café hacia el nuevo miembro del equipo—. Una vez que el cielo te atrapa así, ya no hay vuelta atrás.
El grupo se rió, compartiendo aquel momento de conexión genuina bajo un cielo que cambiaba de color ante sus ojos, y Bex sintió, rodeada de las personas que se habían convertido en su segunda familia a lo largo de aquella expedición intensa, que fuera lo que fuera lo que las próximas semanas les tuvieran preparado, tenían exactamente el tipo de equipo capaz de enfrentarlo con la misma fortaleza colectiva que habían demostrado hasta entonces.
Cuando la última luz del atardecer desapareció por completo del horizonte, dejando paso a un cielo estrellado que se extendía sin interrupción alguna gracias a la ausencia total de contaminación lumínica en aquella zona remota de Nebraska, el equipo se retiró poco a poco a sus respectivas tiendas, dejando a Bex y Zane los últimos en quedarse fuera, disfrutando de unos minutos más de aquella calma compartida antes de que el cansancio del día finalmente los venciera también a ellos.
—Buenas noches, Kestrel —dijo Bex, finalmente, levantándose para dirigirse hacia su propia tienda.
—Buenas noches, Hargrove. Que descanses, y gracias por otro día más de aprender juntos cómo hacer este trabajo un poco menos aterrador y un poco más sabio.
—Siempre, Zane. Para eso estamos.
Se metieron en la tienda juntos, cerrando la lona contra el frescor de la noche que empezaba a instalarse sobre la pradera de Nebraska, y Bex se acurrucó contra Zane con la misma comodidad que había ido construyendo, noche tras noche, a lo largo de aquellas semanas de campamento compartido, sintiendo que aquel espacio pequeño e improvisado, tan distinto de cualquier hogar convencional, se había convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, en un refugio tan seguro y reconfortante como cualquier casa permanente que hubieran podido construir en Austin.
Antes de quedarse dormida del todo, Bex pensó en todo lo que llevaban recorrido desde que salieron de Austin: los datos excelentes de Kansas, el susto real de Nebraska, el algoritmo nuevo que Dutch había desarrollado a partir de esa misma experiencia aterradora, y la solidez del equipo que se había forjado a través de cada desafío compartido.
Pensó también en las semanas que todavía les quedaban por delante, con Oklahoma esperando su regreso y toda la incertidumbre que cualquier expedición tan larga conllevaba, pero se durmió esa noche con una certeza tranquila que llevaba acumulándose desde el principio de aquella aventura: que fuera lo que fuera lo que encontraran en el camino, tenían exactamente la preparación, el equipo, y el amor mutuo necesarios para enfrentarlo con la misma fortaleza que habían demostrado hasta entonces.
A la mañana siguiente, con el sol apenas asomando sobre el horizonte plano de Nebraska, Bex se despertó antes que el resto del campamento, aprovechando el silencio poco habitual para salir de la tienda y contemplar el amanecer con una taza de café instantáneo entre las manos.
El cielo se teñía de tonos rosados y dorados, sin ni rastro de las nubes amenazantes que habían dominado el paisaje días atrás, y sintió una gratitud simple por aquel momento de belleza tranquila, un contraste bienvenido con la intensidad que había caracterizado buena parte de la semana anterior.
Zane salió poco después, todavía adormilado, y se sentó a su lado en el escalón de la camioneta sin decir nada al principio, simplemente compartiendo el silencio contemplativo de la mañana.
—¿Todo bien? —preguntó, finalmente, notando la expresión pensativa de Bex.
—Todo bien. Solo estaba pensando en lo afortunados que somos, en cierto modo, de tener trabajos que nos permiten presenciar amaneceres como este, en mitad de la nada, sin ninguna distracción urbana que nos lo impida.
—Es uno de los mejores beneficios laborales que existen, sin lugar a dudas. Aunque las duchas frías compensan un poco el encanto.
Bex se rió, apoyando la cabeza contra su hombro mientras el resto del campamento empezaba a despertar poco a poco, con Dutch ya revisando el equipo para el despliegue del día y los investigadores preparando el desayuno colectivo, y sintió, en aquel momento simple de conexión compartida con la naturaleza y con las personas que más quería, que la expedición, con todos sus riesgos y desafíos, estaba resultando ser exactamente la experiencia transformadora que había esperado, aunque no de la manera exacta que había imaginado al principio.