Capítulo 22 #2
Zane le apretó la mano, con una ternura que decía más que cualquier palabra, y Bex se quedó un momento más en silencio, dejando que la gratitud se asentara plenamente en su pecho.
—Me alegro muchísimo de no tener que averiguar cómo habría sido esa versión de mi vida —añadió, finalmente—. Prefiero mil veces la versión en la que estás tú.
—Yo también prefiero esta versión, para que conste.
• • •
De vuelta en Austin, la rutina normal del instituto retomó su ritmo habitual con rapidez, aunque Bex se descubrió llamando a sus padres con más frecuencia de la habitual durante las semanas siguientes, necesitada de la confirmación constante de que todo seguía bien.
Georgia, que se había enterado del susto por un mensaje breve que Bex le había enviado desde el hospital, la recibió en el almacén con un abrazo fuerte en cuanto la vio entrar.
—¿Cómo está tu padre?
—Bien. Ya está de vuelta en pie, quejándose de que le hemos prohibido usar la manguera sin supervisión.
—Eso suena exactamente a algo que él diría.
—Es exactamente lo que dijo, palabra por palabra.
Georgia la abrazó de nuevo, esta vez con más fuerza, y se quedó un momento sujetándola por los hombros, mirándola con una seriedad poco habitual.
—Me alegro de que estés bien, Bex. Sé que decir eso no cambia nada de lo que pasó, pero necesitaba decírtelo de todas formas.
—Lo sé. Gracias, Georgia.
La vida siguió su curso durante las semanas siguientes, con la preparación de la temporada invernal ocupando la mayor parte del tiempo del equipo, pero Bex notó, en pequeños detalles cotidianos, cómo aquel susto había dejado una huella sutil pero permanente: llamaba a sus padres los domingos sin falta, apreciaba con más consciencia cada momento tranquilo compartido con Zane, y encontraba, en la fragilidad recién descubierta de las personas que más quería, una razón adicional para no dar nunca por sentado nada de lo que había construido a lo largo de aquel año extraordinario.
• • •
Dutch, que se había enterado del susto a través de Georgia, abordó a Bex una tarde en el almacén con una torpeza inusual en él, claramente incómodo con la idea de expresar preocupación personal en lugar de observaciones técnicas.
—Me alegro de que tu padre esté bien —dijo, sin mucho preámbulo, mientras revisaba el equipo de la Unidad Dos.
—Gracias, Dutch. Significa mucho que lo menciones.
—Mi propio padre tuvo un infarto hace unos años. Nada tan leve como una caída con una manguera, pero entiendo esa sensación de que el suelo se mueve bajo tus pies cuando alguien que creías indestructible de repente no lo es tanto.
Bex se quedó sorprendida por la revelación personal, poco habitual en alguien tan reservado como Dutch, y sintió una conexión inesperada con él, distinta a la que compartían normalmente en el terreno puramente profesional.
—¿Cómo está tu padre ahora?
—Bien, gracias a Dios. Cambió su dieta, empezó a hacer ejercicio, se convirtió en una versión mucho más saludable de sí mismo, aunque más insoportable también, si te soy sincero, porque ahora quiere que todos sigamos sus nuevas rutinas de vida saludable en cada reunión familiar.
Bex se rió, agradecida por el humor con el que Dutch había decidido cerrar una conversación que había empezado con tanta vulnerabilidad, y sintió que aquel breve intercambio, tan poco habitual entre los dos, había añadido una capa más de solidez a la relación de equipo que habían construido a lo largo de los años.
—Si necesitas algo, Bex, para lo que sea, ya sabes dónde encontrarme.
—Lo sé, Dutch. Gracias.
Esa misma tarde, Marguerite también se acercó a preguntar por Arthur, con una preocupación genuina que sorprendió a Bex, considerando lo poco que su directora solía involucrarse en asuntos personales del equipo.
—Espero que su padre se recupere pronto por completo, Bexley. Y quiero que sepa que, si en algún momento necesita tomarse tiempo libre para atender asuntos familiares, este instituto va a apoyarla sin ninguna pregunta.
—Gracias, Marguerite. Por suerte, no ha sido necesario, pero aprecio muchísimo que lo ofrezca.
—La familia siempre viene primero, Bexley. Incluso para alguien tan dedicado al trabajo como usted, o quizás precisamente por eso.
• • •
Diciembre trajo consigo la Navidad, y Bex y Zane decidieron pasar las fiestas en Houston, con los padres de Bex, en un gesto que Diane recibió con una alegría que no intentó disimular en ninguna de sus llamadas de las semanas previas.
—Vais a dormir en el cuarto de invitados, por supuesto —había aclarado Diane, con una formalidad que hizo reír a Bex—, aunque a estas alturas de vuestra relación, la distinción entre habitaciones me parece casi decorativa.
—Mamá.
—Solo digo lo obvio, cariño. No hace falta que finjamos delante de mí.
La casa de sus padres, decorada con las mismas luces navideñas que Bex recordaba de toda su infancia, tenía un aire festivo que contrastaba con la tensión reciente del susto de la caída, y Arthur, completamente recuperado salvo por una prohibición estricta de acercarse a la manguera sin supervisión, recibió a Zane con un abrazo que sorprendió a todos, incluido el propio Arthur.
—Me alegro de tenerte aquí, hijo. En Acción de Gracias no tuve oportunidad de agradecerte como es debido que vinieras corriendo al hospital.
—No hacía falta ninguna oportunidad especial, Arthur. Habría venido de todas formas.
—Lo sé. Por eso te lo agradezco.
La cena de Nochebuena transcurrió con la misma calidez que había caracterizado el Día de Acción de Gracias, con Walt uniéndose también a la celebración por invitación expresa de Diane, que había insistido en que "una familia extendida merece celebrarse en conjunto, no en fragmentos separados".
Los tres padres —Diane, Arthur y Walt— pasaron buena parte de la noche intercambiando anécdotas sobre la infancia de sus respectivos hijos, comparando notas sobre travesuras y logros con el mismo entusiasmo compartido que había definido su relación desde el primer encuentro en Acción de Gracias.
—Zane se rompió un brazo intentando construir una veleta a los nueve años —contó Walt, en algún momento de la noche, con una sonrisa nostálgica—. ¿Y Bexley? ¿Alguna travesura memorable de infancia?
—Se cayó de un árbol intentando fotografiar una tormenta a los doce años —respondió Arthur, con un orgullo evidente a pesar de la anécdota—. Se rompió la muñeca, pero insistió en que valió la pena por las fotos que consiguió.
—Esa muñeca todavía me molesta cuando va a llover —bromeó Bex, mostrando una cicatriz apenas visible en el brazo.
—Definitivamente sois el uno para el otro —concluyó Walt, levantando su copa hacia los dos jóvenes—. Ambos dispuestos a romperse un hueso por perseguir el cielo.
La mesa se rió, brindando por aquella observación tan acertada, y Bex sintió, rodeada de sus dos familias fusionadas en una sola celebración, una plenitud que llevaba meses construyéndose sin que ella terminara de nombrarla del todo hasta ese preciso momento.
• • •
Después de la cena, mientras los tres padres continuaban su conversación en el salón con una copa de vino cada uno, Bex y Zane salieron al jardín trasero, envueltos en abrigos gruesos contra el frío inusual de aquella noche de diciembre en Houston, buscando un momento de calma lejos del bullicio festivo.
—¿Puedes creer que llevamos casi dos años juntos? —preguntó Bex, mirando hacia el cielo despejado, salpicado de estrellas que se veían con más claridad de la habitual gracias al frío seco de la noche.
—Casi dos años desde que Marguerite nos anunció que íbamos a ser codirectores, sí. Aunque si contamos desde Norman, son ocho años enteros de historia compartida, aunque interrumpida por un intermedio bastante largo.
—Un intermedio del que ya no me arrepiento, extrañamente. Me pregunto a veces si habríamos llegado a este mismo punto, a esta misma solidez, si nos hubiéramos quedado juntos desde el principio.
—Es imposible saberlo con certeza. Pero me gusta pensar que sí, de una manera u otra, porque lo que tenemos ahora se siente demasiado correcto como para ser mera casualidad.
Bex se acurrucó contra él, buscando calor tanto físico como emocional, y se quedaron así un rato, contemplando el cielo estrellado de Houston, tan distinto al cielo cargado de tormentas que solían compartir durante la temporada de campo, pero igual de significativo a su manera.
—Feliz Navidad, Zane.
—Feliz Navidad, Bex. Gracias por dejarme formar parte de esta familia, aunque sea a través de tomates compartidos y anécdotas vergonzosas de infancia.
—Siempre, Kestrel. Para eso están las familias que se eligen a sí mismas, además de las que nacen por accidente genético.
Volvieron adentro poco después, encontrando a Diane, Arthur y Walt todavía enfrascados en su conversación, ahora sobre las mejores variedades de tomate para el clima húmedo de Houston frente al clima más seco de San Antonio, un debate que prometía extenderse durante buena parte de la noche, y Bex sintió, observando la escena desde la puerta de la cocina, que aquella Navidad, con toda su calidez compartida, representaba exactamente el tipo de vida que siempre había esperado construir, sin saber del todo, hasta entonces, la forma exacta que terminaría tomando.
• • •
Volvieron a Austin el día después de Año Nuevo, con las maletas cargadas de regalos y tarros de conservas caseras que Diane había insistido en enviarles, suficientes, según sus propias palabras, "para sobrevivir todo el invierno sin tener que cocinar ni una sola vez".
El apartamento los recibió con el silencio característico de quien ha estado vacío durante casi dos semanas, y Bex se sintió, mientras deshacía las maletas, extrañamente agradecida de tener un hogar propio al que regresar después de tanto tiempo rodeada de familia.
—¿Cansada? —preguntó Zane, encontrándola sentada en el borde de la cama, contemplando el montón de ropa todavía por guardar.
—Feliz cansada. Ha sido un fin de año precioso, aunque agotador de una manera muy buena.