Capítulo Cuarenta y Tres
La risa brutal del Rey Slavic retumba de forma siniestra mientras los guardias arrastran a Zeke hasta la habitación. Su cuerpo cuelga inerte, una marioneta humana para el sádico disfrute de Slavic.
—No te ayudaré. No después de que hayas drogado a mis compañeros, ¡monstruo!
—le escupo, y mis palabras avivan las brasas de su ira.
La bota de Slavic impacta contra mi costado y el dolor se propaga por todo mi cuerpo.
Pero el daño físico palidece en comparación con el rugiente infierno de determinación que arde en mi interior.
Elias me arrastra hasta el centro de la habitación agarrándome del pelo. Me revuelvo entre sus manos mientras el aquelarre forcejea con los guardias. Malachi grita cuando me arrojan al suelo. De pronto, me levantan de un tirón del cabello.
De pie en el centro de la vasta y ominosa habitación, siento un escalofrío helado que me recorre la columna.
Es un espacio cavernoso, apenas iluminado por un resplandor inquietante que se refleja en las frías paredes de piedra.
Parece una cripta, un lugar apropiado para que el vil Rey Slavic exija lo imposible: devolver la vida a lo que ya no la tiene.
El corazón se me oprime con una mezcla ardiente de pavor y rabia.
Una mirada cáustica me recorre; su fuente no es otra que el rey mismo. Sus ojos son de un rojo espeluznante, y brillan con una crueldad fría y calculadora que refleja su naturaleza inhumana. Un tirano, un torturador, un asesino. Su mera visión aviva las llamas del odio en mi interior.
Un guardia arranca a Kelly de mi lado sin pensarlo dos veces, y cuando Malachi intenta liberarse de sus cadenas, otro guardia lo golpea cruelmente con una barra por atreverse a resistir. Aprieto los labios en una línea tensa de desafío mientras levanto la barbilla.
—Eres bastante insolente, bruja —escupe Slavic. Sus palabras quedan suspendidas en el aire, cargadas de una amenaza implícita—. Resucitarás a mi hijo o todos y cada uno de vosotros pagaréis con vuestras vidas.
Una oleada de ira me atraviesa y me empuja al borde de la represalia. Los dedos se me contraen, anhelando tejer un maleficio, una maldición para hacerlo sufrir. Pero la dura realidad de mi magia debilitada me frena.
—Las reglas de la magia no son tan maleables —respondo, esforzándome por mantener la voz firme e impregnarla de todo el acero que puedo reunir—. La muerte es un límite que ni siquiera las brujas más poderosas pueden traspasar.
Su rostro se contorsiona en una mueca feroz de ira.
—Mis amenazas no son vanas, bruja —gruñe con voz amenazante—. Por cada miembro de vuestro aquelarre que me desafíe, su sangre manchará mis manos. Desafíame y empezaré por Kelly.
Sus palabras me golpean como un puñetazo y la sangre huye de mi rostro. Recorro con la mirada a los miembros de mi aquelarre: sus rostros reflejan el terror, sus ojos suplican un alivio que no podemos permitirnos. No estamos en condiciones de contraatacar.
Los tentáculos de la desesperación se ciñen con más fuerza a mi alrededor y me obligan a contemplar lo impensable.
Un hechizo de sangre. Es un juego peligroso, algo que nunca debe tomarse a la ligera, pero acorralados como estamos, es nuestra única oportunidad de supervivencia hasta que Regan venga a por nosotros. Si viene a por nosotros.
Los ojos fríos y muertos de Slavic se clavan en mí mientras unas manos fuertes me agarran la barbilla y me echan la cabeza hacia atrás.
—¿Debería empezar ya? —pregunta, y lo fulmino con la mirada.
Como no digo nada, mira por encima del hombro.
—Lo haré —respondo con voz acerada y definitiva—. Puedo intentar el hechizo de sangre. Pero cuidado con las repercusiones si falla.
Una sonrisa horrible se dibuja en los labios de Slavic mientras sus ojos brillan con cruel anticipación.
—Harás lo que se te ordene —declara con voz cargada de amenaza—. Si fallas, Kelly pagará con su vida.
Se me forma un nudo en el estómago, un cóctel amargo de miedo y desesperación que se arremolina en mi interior.
Pero sé que esta es mi única esperanza de salvar a Kelly, a mi aquelarre, a Malachi y a mis compañeros.
El coste de un hechizo de sangre es alto, pero el precio del fracaso lo es mucho más.
Slavic me empuja hacia el cuerpo de su hijo y me dan arcadas al verlo.
Respiro hondo y busco en lo más profundo de mi ser, reuniendo hasta la última gota de fuerza que me queda.
Presiono las palmas sobre el frío suelo de piedra y mi sangre se mezcla con los rastros residuales de mi aquelarre.
El aire se espesa mientras murmuro palabras antiguas, una invocación más antigua que el tiempo. Una súplica desesperada al universo.
—Por la sangre estamos unidos, por la sangre ordenamos. Vida por vida, sella el vínculo que yo reclamo. Une al hijo con su padre, ata sus destinos en esta hora aciaga.
Cada palabra teje un tapiz invisible de poder en el aire frío y húmedo. El mundo a mi alrededor vibra con la fuerza cruda del hechizo, un peso opresivo que me aplasta.
De repente, la calma espeluznante se hace añicos con un grito desgarrador.
Izan a Zeke aún más alto; su cuerpo es una marioneta perturbadora en el espectáculo grotesco de Slavic.
El látigo chasquea contra su espalda y cada latigazo salpica el aire con gotas carmesí.
Cada grito es una sinfonía escalofriante de dolor, el telón de fondo horroroso de la risa monstruosa de Slavic.
—Resucita a mi hijo o sufrirá aún más —dice Slavic con desprecio, regodeándose en el espectáculo macabro que ha orquestado.