Presa de la reina Lycan (Serie Indeseada nº 2) Capítulo Cuarenta y Uno
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Capítulo Cuarenta y Uno

Un viento feroz aúlla a nuestro alrededor, azotando la camioneta robada con fragmentos de lluvia helada mientras avanzamos a toda velocidad por la carretera desolada hacia Bloodtaric.

El amargor metálico en mi lengua es el único recordatorio que necesito de que se me acaba el tiempo.

Estoy perdiendo el control. Leila y mi padre van acurrucados en el asiento trasero.

Mi padre ya no alucina, pero sigue inconsciente.

James permanece en silencio a mi lado, una figura sombría engullida por la oscuridad del exterior.

Los lobos, con su pelaje blanco amenazador ahora teñido de rojo sangre, se amontonan retorcidos en la caja de la camioneta.

Parecen gárgolas ensangrentadas encaramadas en lo alto de una catedral gótica.

El silencio es ensordecedor, interrumpido solo por el vaivén rítmico de los limpiaparabrisas en su lucha contra el aguacero implacable.

Es casi mediodía y el tiempo se agota. Cuando salga la luna llena mañana, será solo cuestión de tiempo antes de que caiga muerto.

Todos lo sabemos. Mi deterioro es cada vez más evidente.

Mis músculos se tensan cuando mi visión se distorsiona de forma dramática.

Conozco bien la oscuridad que me invade, pero las alucinaciones son nuevas.

El rostro de James se transforma de repente en un monstruo grotesco, y me veo luchando contra él, arañándolo y gruñendo.

Parpadeo, y es Leila, su rostro convertido en una máscara retorcida de miedo.

Pero cada vez, la realidad vuelve de golpe, dejándome desorientado y lleno de culpa.

Me duelen los dedos de apretar el volante con tanta fuerza. Leila mira nerviosa a su alrededor, con los ojos desorbitados por el pánico. Mi padre sigue sin reaccionar; su pecho sube y baja acompasadamente mientras duerme.

La voz de James suena baja y amenazante.

—No falta mucho. El Reino…

Su voz se apaga y lo miro.

—¿Regan? —pregunta con cautela, pero ¿por qué suena tan burlón?

De repente siento que floto fuera de mi cuerpo, y la realidad se distorsiona a mi alrededor de forma extraña.

Todo parece desencajado, surrealista. El rostro de James vuelve a transformarse, pasando de su forma normal a una monstruosa.

Sus ojos adquieren un rojo profundo que me llena de terror.

Me aparto de él asustado antes de contenerme.

Solo era una ilusión causada por mi estado de deterioro, nada más que un producto de mi imaginación… ¿verdad?

—¡Regan! —grita James. Lo miro—. ¿Qué? —espeto, preguntándome por qué grita. Gruñe, agarra el volante y da un volantazo para devolvernos a la carretera. Me había desviado hacia el carril contrario—. Se acabó, para antes de que nos mates —gruñe.

El coche se desvía peligrosamente mientras lucho por recuperar el control.

El pelaje me crece por los brazos, y aunque mi mente consciente sabe que es mi tío, el instinto me dice que es uno de ellos.

Una sanguijuela. Un vampiro que hay que eliminar.

Mis instintos más básicos toman el mando mientras intento recuperar la cordura.

El olor amenazante del miedo llena el aire.

El grito agudo de Leila resuena a mi alrededor, y el gruñido furioso de mi tío se une a la sinfonía caótica.

Me estoy perdiendo. No distingo si es de día o de noche.

¿Estoy rodeado de amigos o de enemigos? El tictac en mi cabeza se vuelve más fuerte con cada segundo que pasa.

Soy una bomba a punto de detonar y acabar con todos nosotros.

—Estoy bien —miento entre dientes. La mirada escéptica de James, iluminada por el destello ocasional de un relámpago, me hace sentir como si estuviera bajo un microscopio. Pero no puedo mostrar más debilidad. No ahora. No cuando estamos tan cerca de nuestro destino.

El sabor metálico de la sangre me llena la boca, el corazón me late con violencia y un dolor palpitante me martillea el cráneo mientras la bestia dentro de mí lucha por tomar el control. Cada alucinación, cada pérdida de control, me acerca más al abismo.

El peso de nuestra misión se suma a la montaña creciente de responsabilidad.

Tenemos que llegar a Bloodtaric. Tenemos que salvar a los nuestros.

Miro a Leila y a mi padre por el espejo retrovisor.

Leila me devuelve la mirada con los ojos muy abiertos, y veo cómo se aferra a la manija de la puerta con los nudillos blancos.

Los lobos en la caja de la camioneta aúllan al unísono, pero el viento rugiente se traga sus voces. Yergo los hombros y me obligo a concentrarme en la carretera cuando siento una mano en el hombro. Alzo la vista y me encuentro con los ojos de Leila.

—Por favor, Regan, para. No puedo salvar a mi aquelarre si estoy muerta, y tú no puedes salvar a Zirah si lo estás. Para y deja que conduzca James —dice con suavidad.

—Solo un poco más —murmuro, más para mí que para nadie.

—Regan, por favor, tu manera de conducir me está asustando —insiste Leila. Pero cuanto más me hablan, más creo que intentan engañarme. No sé si estoy oyendo cosas o si de verdad me están hablando.

Puedo lograrlo. No solo eso, sino que tengo que hacerlo. El destino de mi especie depende de ello. Mis hermanos y mi compañera dependen de ello. Me armo de valor y vuelvo la mirada a la traicionera carretera.

—Por favor, Regan, escúchala —insiste James.

Miro por el espejo y veo a Gnash observándome; sus ojos reflejan demasiada sabiduría para un lobo. Luego miro a mi padre, después a Leila, que sigue pareciendo petrificada. A regañadientes, detengo la camioneta, y James suspira con fuerza.

—Gracias —dice, y salta de la camioneta antes de que pueda cambiar de opinión. Me deslizo por el asiento.

—Los encontraremos, Regan —murmura Leila, y asiento, pero los latidos acelerados de su corazón y la cautela de James me ponen más nervioso. No debería estar cerca de ellos. Abro la puerta—. ¿Regan? ¿Qué haces?

No me molesto en responder. En cambio, salto a la caja de la camioneta con Gnash. De inmediato, los lobos se acercan más, y exhalo, dejando que me protejan del viento y la lluvia con sus cuerpos. Golpeo el techo de la cabina con el puño.

—Vamos, estás perdiendo el tiempo —le digo a James. Arranca y apoyo la cabeza en la ventana.