Capítulo Veintidós
Se me parte el corazón al contemplar esta escena horrible, y el estómago se me revuelve como si mil dagas me atravesaran. Es casi insoportable, y no logro comprender una realidad tan sombría.
—¿Esto es lo que no quería que viera? —pregunto, girándome hacia Zeke. Aprieta los dientes y asiente una vez—. Ahora —digo con voz gélida— quiero saber por qué esta gente está aquí.
Los guardias intercambian una mirada nerviosa antes de que uno dé un paso adelante, temblando de miedo.
—Señorita, estos son... Son criminales —tartamudea.
—¿Criminales? ¡Tienen niños en jaulas! ¿Qué crímenes cometieron? —pregunto incrédula.
El guardia traga saliva y lanza una mirada a Zeke antes de volver a mirarme.
—Delitos menores, señorita. Robo... vandalismo... incumplimiento de las normas...
Sus palabras resuenan en el silencio escalofriante. ¿Incumplimiento de las normas? Se me escapa un bufido amargo e incrédulo.
—Y tirar basura, señorita —añade otro guardia con voz débil, como si eso lo justificara todo.
—¿Y su castigo?
—Están en el corredor de la muerte, señorita.
Las palabras quedan flotando en el aire, y al principio, lo único que puedo hacer es parpadear, rezando por haber oído mal. Me vuelvo hacia Zeke; que evite mi mirada confirma mi temor.
—Me estás diciendo —escupo mientras cierro los puños— que encierran a esta gente y la condenan a muerte... ¿por tirar basura?
Los guardias se estremecen, pálidos.
—Esa no es nuestra decisión, señorita —responde el primero, con los ojos bajos—. Es la ley. Nosotros solo la hacemos cumplir.
—¡Hay niños ahí dentro!
Mi voz retumba como un trueno, mi ira estalla y resuena a nuestro alrededor mientras mi aura se escapa con tanta fuerza que me sorprende incluso a mí por un segundo, y ambos guardias gimen. La fría ira que llevo dentro hierve y se desborda.
Avanzo hacia la valla con la magia chisporroteando en las yemas de los dedos.
—Pues yo voy a tomar una decisión. Libérenlos. Ahora.
—No podemos, señorita —dice uno de los guardias—. No tenemos las llaves. Todo lo controlan los drones y el rey Regan. Las puertas se abren automáticamente cuando... cuando llega el momento.
Pensar en lo que significa «el momento» para esta gente me revuelve el estómago.
—¿Y qué pasa entonces? —exijo con la mirada clavada en Zeke—. ¿Adónde los llevan?
Los guardias vuelven a mirar a Zeke, visiblemente inquietos. Uno de ellos carraspea.
—A las minas viejas, señorita. Se rumorea que los arrojan por los pozos.
El corazón me late con fuerza. Esta gente, condenada por delitos menores, es llevada como corderos al matadero.
Los guardias siguen describiendo un sistema tan robótico, tan deshumanizante.
Los prisioneros son conducidos una vez al mes a través de la entrada de sentido único, cada puerta controlada por drones, todo automático.
La perspectiva de una revuelta parece inimaginable, un acto de muerte segura.
Cierro los puños, la cabeza dándome vueltas ante la magnitud de la tiranía de Regan.
Con un gruñido, me dirijo hacia la valla, decidida a encontrar la manera de abrirla y liberarlos.
—Si tocas eso, le alertarás de que estás aquí. Suponiendo que alguien no haya llamado ya. Todavía les queda un día o dos antes de que se los lleven —advierte Zeke con los ojos fijos en las vallas repletas de drones.
Sus palabras me golpean como una bofetada. ¿Él sabe de esto y no ha hecho nada?
—¿Y tú permites esto? —gruño, encarándome con Zeke—. Regan será tu hermano, pero eso no significa que tengas que formar parte de esto.
—Este no es mi reino, Zirah —murmura—. Aquí no tengo ningún poder.
—¡No me vengas con eso, Zeke! Tú también eres un rey, pero ahora mismo estás actuando como un cobarde.
Mi brutal acusación lo golpea con tanta fuerza como pretendía. Se le descompone el rostro porque sabe que tengo razón.
—Llévame al castillo —ordeno con la mirada endurecida.
Echo un último vistazo a los prisioneros mientras mi mente bulle con formas de ayudarlos, de derrocar a su rey y a mi compañero.
Después de lo que parece una eternidad, me llevan hacia el castillo de Regan. Su grandeza me deja sin aliento. Sin embargo, lo que capta mi atención es una estructura de hormigón anodina cercana, con dos guardias plantados rígidamente en la entrada.
—¿Qué hay ahí dentro? —pregunto, a pesar del vuelco que me da el estómago.
—Nada que necesites ver —responde Zeke, y lo fulmino con la mirada.
Ordeno al conductor que se detenga, ignorando los intentos de Zeke por disuadirme. La curiosidad es demasiado intensa, y la necesidad de comprender hasta dónde llega la tiranía de Regan es demasiado urgente.
Mientras me acerco, los guardias dan un paso adelante.
—Apártense —ordeno, pero levantan las armas—. He dicho que se aparten —ladro.
—Este es el dominio de Regan —dice un guardia, mirando a Zeke a mi lado—. No hay forma de que pueda entrar sin su orden.
El tono acerado de su voz me recuerda a los guardias de antes. ¿De verdad le temen tanto que ni una sola persona se ha atrevido a oponérsele?
—Se nos ordenó no dejar pasar a nadie —afirma otro con voz firme.
—No me importa. O se apartan o...
Silbo, y Gnash, Hunter y Shadow dan un paso adelante. Un guardia levanta el arma, pero el otro le agarra el cañón.
—Ese es Gnash, el lobo del rey —advierte, y el hombre baja el arma como si supiera que dispararle le costará una muerte lenta y torturada.
Ladea la cabeza.
—No nos deja otra opción. Tengo que llamar al rey. El rey Regan tiene instrucciones específicas. Ni siquiera sus hermanos tienen permitido bajar ahí.
—Llamen a su rey. Yo también me encargaré de él —afirmo con firmeza, pasando junto a los guardias, demasiado sorprendidos para resistirse.
En cuanto la puerta se abre, me golpea un hedor tan nauseabundo que es como recibir un puñetazo.
El olor a carne podrida y desesperación me llena las fosas nasales y me provoca arcadas.
Bajo los escalones; el aire es denso y viciado.
Cuando llego al fondo, me detengo al oír gemidos y cadenas traqueteando en la oscuridad.