Presa de la reina Lycan (Serie Indeseada nº 2) Capítulo Veintiuno
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Capítulo Veintiuno

Las puertas del reino de Regan se abren ante nosotros como las fauces de una bestia mecánica y revelan un paisaje urbano que parece más un decorado de película meticulosamente diseñado que una ciudad real.

Mientras avanzamos, una fortaleza futurista emerge ante nosotros. Los edificios, estructuras angulares y elevadas de acero y cristal, brillan bajo el sol de la tarde; sus austeras siluetas dibujan un telón de fondo sombrío contra el cielo despejado.

No se ve ni un alma en las calles inmaculadas, ni un susurro de vida resuena en el aire mientras atravesamos la primera mitad de la ciudad. Es una quietud inquietante, de esas que te ponen la piel de gallina y te revuelven la mente.

La gente, aparentemente arrancada de sus rutinas mundanas, se apresura a refugiarse en sus hogares y tiendas mientras la limusina se desliza. Sus rostros delatan el miedo, como ciervos deslumbrados por los faros, cada movimiento lento y cauteloso.

Me doy cuenta de que no hay basura, ni grafitis, ni decoración de ningún tipo.

En lugar de mercaderes animados, las calles tienen guardias armados y vigilantes apostados en casi cada esquina, con miradas severas que escrutan la ciudad.

Incluso los niños aquí están callados; la tensión abrumadora de la ciudad se ha tragado sus risas inocentes.

Mientras absorbo el entorno inquietante, un suave zumbido atrae mi atención hacia el cielo.

Drones, una docena de ellos, que zigzaguean en formaciones coordinadas.

Lo primero que me impacta de la ciudad no es el silencio inquietante ni el miedo palpable que se cierne sobre el lugar como una nube de tormenta: son los ojos.

Los ojos atormentados y sin vida de los residentes resultan perturbadores.

—Este lugar… Es una maldita prisión —murmuro mientras recorro con la mirada los rostros temerosos que se asoman desde los edificios modernos.

—Sí, una futurista, además —responde Zeke desde mi lado. Percibo una nota de culpa en su voz.

—¿Por qué tanta seguridad? —pregunto, señalando los drones que se ciernen ominosamente sobre nosotros—.

¿Para qué son esas cosas? —le pregunto a Zeke mientras sigo los drones con la mirada.

Los he visto antes, cuando cazaba con la abuela; recuerdo que ella manipulaba el aire para desviarlos de las cuevas donde vivíamos.

—Cámaras para vigilar la ciudad —dice con voz teñida de inquietud; su vitalidad habitual ha sido reemplazada por una quietud desconcertante mientras observo el reino—. Mantienen la paz —añade Zeke.

—¿Paz? —me burlo con una risa amarga—. Esto no es paz, Zeke, es terror.

Al acercarnos al centro de la ciudad, bajo la ventanilla con la esperanza de que el suave susurro de la brisa o el murmullo distante de la ciudad reemplace el silencio opresivo.

En cambio, la quietud se intensifica, como si la ciudad misma contuviera la respiración.

Es demasiado silencioso, demasiado estéril, demasiado controlado.

A medida que nos adentramos, noto que la gente huye del centro de la ciudad. Zeke se incorpora, y a lo lejos puedo oír gritos, llantos y súplicas. Miro a Zeke, que se acerca más para asomarse por la ventanilla.

Estalla una conmoción repentina que atrae mi atención hacia una mujer asustada que suplica a un vendedor del mercado. Un niño, presumiblemente su hijo, se aferra a su falda con lágrimas corriéndole por el rostro.

El vendedor, un hombre de cara roja y furioso, gesticula salvajemente hacia la mujer y el niño.

La mujer le suplica, pero sus palabras quedan ahogadas por los lamentos aterrorizados de su hijo.

Sus intentos nerviosos de calmar la situación se ven interrumpidos por guardias armados que avanzan hacia ella.

—¡Guardia, se niega a pagar por lo que su hijo rompió! —grita el hombre mientras hace señas a los guardias armados para que avancen. Al ver una maceta rota a sus pies, jadeo. ¿Todo este alboroto por una maceta rota?

Sin decir palabra, Zeke abre la puerta y salta; su aura de autoridad resulta evidente incluso desde esta distancia. Todo el lugar cae en silencio cuando sale del coche. Se endereza el traje antes de inclinarse hacia atrás para coger la cartera del asiento.

—Quédate en el coche —me dice, y cierra la puerta.

Zeke entra en acción: le grita al dueño del puesto y discute con los guardias. Es autoritario, imponente, pero el miedo en el aire me incomoda.

—¡Bastardo egoísta! —le ladra al vendedor y le arroja un fajo de billetes. Los guardias aflojan el agarre sobre la mujer, pero no la sueltan.

Salgo del coche y la mirada de la ciudad se fija en mí.

Los drones se acercan con sus lentes apuntándome, su zumbido se intensifica como un enjambre de abejas enfurecidas.

Esta es una ciudad bajo vigilancia, gente que vive a la sombra del miedo, cada movimiento controlado, cada acción registrada.

No me parece bien. Mi propia magia se enciende en respuesta, un instinto primario de proteger y defender.

Me tiemblan las manos y la piel me hormiguea con la energía almacenada.

—Basta ya —exijo. Todos los ojos se clavan en mí, y el miedo silencioso de la ciudad se convierte en susurros de asombro.

—Zirah, vuelve al coche —protesta Zeke mientras mira nerviosamente hacia el cielo.

Pero ya no me importa lo que otros quieran de mí.

Al acercarme, observo a los guardias: hombres robustos vestidos de negro ominoso, con líneas duras grabadas en el rostro y miradas frías que parecen atravesar el alma.

Discuten con Zeke; uno de ellos saca un teléfono, presumiblemente para consultar con su rey. ¿Por una maceta rota?

Mis instintos se activan al ver a la mujer aferrada a Zeke, suplicándole misericordia. No puedo quedarme aquí viendo cómo se desarrolla esta injusticia. Se me contraen los dedos y la energía mágica dentro de mí se enciende.

—Causo Frango —murmuro entre dientes mientras dirijo mi energía hacia el teléfono del guardia. Sale volando de su mano, golpea el suelo y se derrite en un amasijo fundido. El guardia sisea y se mira la mano mientras los espectadores jadean confundidos.

Los drones se arremolinan a mi alrededor con sus ojos electrónicos parpadeando amenazadoramente.

—¡Zirah, no te muevas, joder! —la voz de Zeke llega a mis oídos justo cuando un cable con púas vuela hacia mí desde un dron.

Una descarga eléctrica me atraviesa y me hace caer de rodillas.

Cada nervio de mi cuerpo grita en protesta.

La sensación de mil agujas clavándose en la piel me domina y me quedo sin aliento.

La corriente eléctrica se apaga mientras los drones continúan rodeándome, pitando y parpadeando a modo de advertencia.

Con un gruñido, me arranco la púa del hombro. La ira reemplaza al dolor y la electricidad crepita entre mis dedos. Clavo la mirada en la máquina que me atacó. Mientras los drones giran para enfocarse en Zeke, canalizo mi ira.

—Zirah, no… —grita Zeke.

La advertencia llega demasiado tarde. Lanzo la mano al aire y envío un pulso de magia al dron más cercano.

Saltan chispas mientras se estrella contra el suelo con humo brotando de sus restos.

Continúo atacando cada dron, uno tras otro, hasta que los siete yacen dañados en el suelo, pero en cuanto derribo esos, otros los reemplazan.

Un gruñido feral me desgarra la garganta y observo, hipnotizada, cómo las luces de advertencia parpadean al unísono.

El primer pitido rompe el hechizo; una sacudida de poder surge desde mi interior y la fuerza se enrolla alrededor de mis dedos como una serpiente eléctrica.

De repente, se lanzan: los cables con púas vuelan rápidamente hacia mí como una bandada de pájaros metálicos.

El rugido furioso que se me escapa se convierte en un gemido bajo cuando Zeke avanza y me estampa contra el cristal de la tienda, aprisionándome entre su cuerpo y el escaparate.

Su olor, enfermizamente dulce por la furia, me inunda las fosas nasales justo antes de que él gima.

Su cuerpo musculoso cobra vida propia mientras una electricidad rugiente lo atraviesa, hinchándole las venas y contorsionándole el rostro de agonía.

No puedo moverme mientras él absorbe cada descarga, convertido en un escudo entre el peligro y yo.

Aprieta los dientes de dolor, e incluso cuando las rodillas le ceden, resiste el embate por mí.

Intento sujetarlo, pero su peso es excesivo para mí, aunque sus ojos buscan los míos.

Su dolor es evidente, pero su ira, palpable.

—Sube al coche —dice con un hilo de voz.

Dirijo la mirada hacia los drones mientras arrancan los cables de la piel de Zeke y los retraen.

Se repliegan hacia sus cuerpos metálicos como tentáculos.

El sudor cubre la frente de Zeke mientras lucha por recuperar el aliento.

Me levanto despacio, pero Zeke me agarra la muñeca—.

Por favor, sube al coche. No quiero que te hagan daño —susurra mientras se incorpora también.

En su traje se ven pequeños orificios de punción, y alrededor de ellos, la sangre fresca empapa la tela formando pequeñas flores rojas.

—Estás sangrando —digo mientras extiendo la mano hacia él.

—Estoy bien. Déjalo —me dice, y aprieto los dientes y asiento. A lo lejos, la mujer grita, y dirijo la mirada hacia los guardias. Su hijo llora a gritos mientras los drones se vuelven hacia ellos y proyectan luces láser verdes sobre la espalda del pequeño. Zeke jadea.

—¡No, esperad! —Zeke extiende las manos, pero los drones apuntan y sus cables salen disparados hacia la mujer y el niño. Se me encoge el corazón al pensar en los voltios recorriendo el diminuto cuerpo de ese niño.

El viento cambia de repente al compás de mi ira creciente y desvía los sensores de los drones de su objetivo. Sus luces parpadean y el zumbido se intensifica mientras luchan contra los vientos de mi destrucción.

—Zirah... vendrán más, para —advierte Zeke, pero me hierve la sangre de que así sea como Regan controla a su gente. Los tentáculos eléctricos se ven obligados a retroceder, pero no se rinden; se giran contra el viento para encararme.

Los sigo mientras luchan contra los vientos que he creado, abarcando con la mirada todos los drones a mi alrededor.

Mire donde mire, veo nuevos ojos fijos en mí.

Es como si intentaran estudiar y aprender de cada uno de mis movimientos, pero esta vez será diferente.

Canalizo una mezcla electrizante de ira y poder; las chispas vuelan en colores vibrantes y hilos de viento danzan entre ellas.

La ira me inunda y de mis dedos brotan chispas que el viento arrastra para derribar a la policía robótica de Regan con una descarga masiva.

Un pulso silencioso de energía se expande hacia el exterior, y pequeñas nubes de humo negro se elevan sobre los drones caídos, que se fríen hasta que finalmente dejan de moverse.

La energía se disipa y contemplo los restos de la fuerza policial robótica de Regan: un amasijo de huesos metálicos, cables y lentes.

Ayudo a Zeke a ponerse de pie mientras oigo a Gnash, Hunter y Shadow gemir en su intento de salir por la ventanilla abierta del coche. Un segundo después, esta explota cuando Gnash se lanza contra ella. Una lluvia de cristales cae sobre el hormigón mientras salta por la ventana y corre hacia mí.

Sin embargo, mi atención está en otra parte.

Ahora les toca a los guardias. Retroceden al instante cuando clavo la mirada en ellos—.

No la tocaréis —les advierto. El vendedor del puesto farfulla, pero un gruñido de Gnash lo hace agacharse tras su puesto—.

¡Ahora, más vale que alguien me diga qué coño está pasando aquí!

—grito con el corazón desbocado por la adrenalina.

Los guardias retroceden con las manos en alto mientras el suelo retumba bajo sus pies. Mi ira bastaría para abrir la tierra de par en par, pero los guardias parecen divididos entre obedecer a su rey de puño de hierro o a la mujer que lo destruirá en cuanto le eche el guante.

—Gracias —dice efusivamente la mujer mientras se acerca a su hijo, lo coge en brazos y sale corriendo. Los guardias intentan cerrar el cerco a su alrededor, prefiriendo arriesgar la vida antes que desobedecer a su rey. Interesante.

Sin embargo, Hunter, Gnash y Shadow frustran sus intentos de perseguirla: se interponen en su camino con gruñidos amenazadores. La multitud jadea y estalla un torrente de susurros.

—Ese es el lobo del rey —murmura alguien.

—¿Por qué lo tiene ella? —interviene otra persona. Sus rostros aterrorizados solo alimentan mi ira. Regan tiene mucho que explicar.

Cuando cae el silencio, recorro con la mirada los rostros conmocionados y aterrorizados que me rodean—.

Mostradme adónde ibais a llevarla —exijo mientras Zeke se acerca por detrás y me pone la mano en la cadera.

Duda e intercambia miradas con los guardias.

Me tienen miedo, pero ahora mismo no me importa.

—Haced lo que dice —les ordena Zeke.

Me llevan a un recinto vallado, impregnado de silencio, Zeke meditabundo, yo hirviendo. Las puertas de hierro se abren con un chirrido inquietantemente fuerte que perfora la quietud. Me quedo paralizada al asimilar lo que hay más allá.

En el recinto hay una multitud de almas, con los rostros vacíos de expresión por el miedo, que nos miran con ojos huecos que reflejan su desesperación. Hombres, mujeres e incluso niños hacinados como ganado, todos encogidos de terror.