8
Pero lo que más me puso fue cuando Ramiro empezó a llevarla fuera del edificio.
Una noche de viernes la obligó a bajar al garaje.
Allí, entre los coches, la folló contra el capó de mi propio coche.
Le subió la falda, le escupió en el ano y se la metió entera en el culo de un empujón.
La empotró fuerte, haciendo que sus tetas rebotaran contra el coche.
Cada vez que pasaba un vecino por la calle, Valeria tenía que morderse el brazo para no gemir.
—Aquí te follo yo, donde tu novio aparca todos los días —gruñía Ramiro corriéndole dentro.
Cuando subió a casa tenía las nalgas marcadas de los golpes y semen chorreándole hasta los tobillos.
Dos meses después pasó lo inevitable.
Valeria bajó una tarde y volvió pálida. Se sentó en el sofá y me miró.
—Ramiro me ha dicho que no use más anticonceptivos. Quiere correrse dentro todos los días hasta dejarme preñada.
Me quedé helado… pero con la polla durísima.
Esa noche Ramiro subió al piso por primera vez en semanas. Se sentó en nuestro sofá como si fuera el dueño y le dijo a Valeria delante de mí:
—Quítate la ropa y túmbate en la mesa. Hoy empiezo a preñarte.
Valeria obedeció. Se tumbó abierta de piernas en nuestra mesa del comedor. Ramiro se la folló durante más de cuarenta minutos, primero el coño y luego el culo, corriéndole dentro las dos veces. Antes de irse le puso un tapón anal grande y le dijo:
—Esto se queda puesto 24 horas. Quiero que mi semen se quede bien dentro.
A partir de ese día, Ramiro se obsesionó con preñarla. La follaba todos los días, a veces dos veces, siempre corriéndose profundo. Le hacía pruebas de ovulación y la follaba especialmente fuerte esos días.
Un mes después, Valeria llegó a casa con el test de embarazo en la mano.
Positivo.
Se arrodilló delante de mí, con lágrimas en los ojos pero la voz de puta:
—Es de él, Marcos… estoy embarazada del conserje.
Y luego, con una sonrisa sucia, añadió:
—Ramiro quiere que sigamos follándonos igual… dice que las embarazadas follan mejor.
Los meses siguientes fueron una bajada directa al infierno más delicioso y humillante que podía imaginar.
Valeria empezó a notar los cambios del embarazo muy pronto.
Sus tetas, ya de por sí grandes, se hincharon todavía más, volviéndose pesadas, sensibles y con las venas marcadas.
Los pezones se le oscurecieron y se pusieron permanentemente duros.
Su culo, ese culo que ya era perfecto, se volvió más grande, más redondo y más jugoso.
La barriga comenzó a crecer poco a poco, dándole un aspecto aún más follable.
Ramiro estaba obsesionado. Decía que las embarazadas eran su debilidad y que Valeria, con ese cuerpo de universitaria preñada por un viejo, era lo más cachondo que había visto en su vida.
Cada tarde bajaba al cuartito y la usaba sin piedad. Le gustaba follársela de lado, con una pierna levantada, para poder verle la barriguita creciente mientras le metía la polla gruesa en el coño o en el culo.
—Joder, mira cómo te crece la barriga, puta —gruñía mientras la empotraba—. Llevas a mi hijo dentro y sigues abriendo las piernas como una guarra. Esto es lo que mereces.
Valeria gemía como una loca, acariciándose la barriga mientras se corría:
—Sí… fóllame… soy tu puta embarazada… úsame aunque esté preñada…
Una tarde especialmente fuerte, Ramiro invitó otra vez a Paco y a José Luis. Los tres viejos la tumbaron en el sofá viejo del cuartito. Valeria estaba ya de cuatro meses, con la barriga redonda y las tetas enormes.
Paco le metió la polla en la boca mientras Ramiro la follaba por el coño y José Luis le chupaba los pezones, mordiéndoselos.
—Esta hembra es una puta máquina —decía Paco babeando—. Preñada y sigue pidiendo polla como una perra.
Se corrieron los tres dentro: dos en el coño y uno en la boca. Valeria tragó todo y se quedó tumbada en el sofá, con las piernas abiertas, semen chorreándole del coño y una sonrisa de puta satisfecha.
Cuando subió a casa me besó con sabor a leche de tres viejos y me susurró:
—Cada vez me gusta más.
El morbo nos tenía completamente atrapados.
Ramiro empezó a llevarla a sitios más arriesgados.
Una noche la obligó a ir al garaje del edificio vestida solo con un abrigo largo.
Debajo iba completamente desnuda, con las tetas y la barriga al aire.
La folló contra la pared mientras algún vecino aparcaba el coche a pocos metros.
Valeria tuvo que morderse la mano para no gritar cuando se corrió.
Otra vez, en plena tarde, la hizo bajar al portal y la folló en el ascensor, parándolo entre pisos. La puso de espaldas, le subió el vestido y se la metió en el culo mientras ella veía su barriga reflejada en el espejo.
—Mírate —le decía—. Mírate cómo te follan con la barriga de preñada.
Valeria ya no tenía vergüenza. Empezó a contárselo a alguna amiga de confianza de la universidad. Les decía que estaba embarazada, pero no de su novio. Cuando le preguntaban de quién, ella sonreía y contestaba:
—De un viejo… y me encanta.