Preñada por el conserje 9
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Ramiro, cada vez más dominante, decidió marcar territorio de forma definitiva.

Una noche subió al piso con una cadena fina de plata y un colgante que ponía “Propiedad de Ramiro”. Se lo puso a Valeria en el cuello y le dijo delante de mí:

—A partir de ahora lo llevarás siempre. Incluso a clase. Quiero que todos sepan que eres mía.

Valeria se arrodilló, le bajó los pantalones y se la chupó con devoción mientras yo miraba.

—Gracias, don Ramiro… —gemía entre mamada y mamada—. Gracias por preñarme… gracias por convertirme en tu puta.

Cuando se corrió en su boca, Valeria tragó todo, me miró y me dijo con la voz dulce pero sucia:

—Quiero que nos casemos, Marcos… pero quiero que Ramiro esté en la boda. Y quiero que me folle en la habitación del hotel la noche de bodas.

Yo, completamente roto y excitado, solo pude asentir.

La degradación era total.

Valeria ya no era mi novia. Era la puta embarazada del conserje viejo… y a los dos nos encantaba.

La boda se celebró tres meses después, cuando Valeria ya estaba de siete meses y su barriga era grande, redonda y muy visible.

Fue una ceremonia sencilla, casi familiar.

Solo algunos amigos y familiares. Valeria estaba espectacularmente guapa y zorra al mismo tiempo: un vestido blanco ajustado que le marcaba la enorme barriga de embarazada, las tetas hinchadas a punto de reventar la tela y el culo más grande y redondo que nunca.

Llevaba el colgante de “Propiedad de Ramiro” bien visible sobre el escote.

Ramiro asistió vestido con su mejor traje barato.

Se sentó en primera fila y no dejó de mirar a Valeria con esa sonrisa asquerosa durante toda la ceremonia.

Cuando el juez preguntó si aceptaba a Marcos como marido, Valeria sonrió, me miró y dijo “sí”…

pero luego giró la cabeza y miró directamente a Ramiro con ojos de puta.

La noche de bodas fue el verdadero espectáculo.

Ramiro había reservado la suite del hotel. Nada más llegar, cerró la puerta y le ordenó a Valeria que se quitara el vestido de novia. Ella obedeció sin rechistar. Se quedó completamente desnuda, solo con los tacones blancos, el colgante y su enorme barriga de siete meses.

—Ven aquí, mi puta —le dijo Ramiro sentándose en el sillón.

Valeria se arrodilló entre sus piernas y le sacó la polla gruesa y venosa. Me miró un segundo antes de metérsela entera en la boca.

—Esta es mi noche de bodas, cariño —me dijo con la polla en la boca—. Pero la polla que me va a follar es la de él.

Ramiro la dejó chupársela durante casi veinte minutos, babeando, ahogándose, con las tetas enormes balanceándose. Luego la levantó, la puso a cuatro patas sobre la cama matrimonial y le escupió en el ano.

—Hoy te voy a follar el culo delante de tu marido recién casado —gruñó.

Le metió la polla entera de un empujón. Valeria soltó un gemido largo y profundo. Su barriga colgaba y se balanceaba con cada embestida. Ramiro la agarraba fuerte de las caderas y la empotraba sin piedad.

—Esto es lo que mereces, zorra —decía mientras le daba azotes en el culo—. Casarte con un cornudo mientras yo te preño y te rompo el culo.

Valeria gritaba de placer:

—¡Sí! ¡Fóllame el culo el día de mi boda! ¡Soy tu puta aunque esté casada! ¡Más fuerte, don Ramiro!

Yo estaba sentado en una silla a un metro de la cama, pajeándome como un desesperado mientras veía cómo el viejo follaba salvajemente a mi mujer embarazada.

Ramiro se corrió dentro de su culo con un rugido animal. Cuando sacó la polla, el ano de Valeria quedó abierto, rojo y chorreando semen. Luego la puso de lado y le folló el coño durante otra media hora, acariciándole la barriga.

Se corrió dentro de su coño por segunda vez esa noche. Valeria se quedó tumbada en la cama nupcial, con las piernas abiertas, semen saliendo de ambos agujeros y la barriga brillando de sudor.

Me miró con ojos vidriosos y me dijo:

—Ven, cariño… limpia a tu mujer.

Me arrodillé y le comí el coño y el culo llenos de leche de Ramiro mientras ella gemía suavemente, acariciándose la barriga.

A los dos meses y medio nació el niño. Ramiro estuvo en el hospital. Cuando el médico preguntó por el padre, Valeria señaló al viejo y dijo sin vergüenza:

—Es él.

Dos semanas después del parto, Ramiro ya estaba follándosela otra vez. Primero suave, porque todavía estaba recuperándose, pero en menos de un mes ya la tenía otra vez a cuatro patas en el cuartito, con las tetas llenas de leche chorreando mientras la empotraba.

—Ahora estás aún más buena —le decía—. Tetas llenas de leche y coño de mamá joven.

Empezó a sacarle leche delante de mí y a beberla mientras se la follaba. Valeria se había convertido en una puta maternal total: tetas enormes, culo más grande, y siempre dispuesta a abrirse de piernas para el viejo.

Ramiro ya la compartía abiertamente con más gente. A veces bajaban al garaje y la follaban cuatro o cinco viejos del edificio. Valeria terminaba cubierta de semen, con la leche de sus tetas mezclada con corrida, y subía a casa sonriendo como una zorra feliz.

Una noche, mientras la follaban entre Ramiro y Paco, ella me miró y me dijo:

—Gracias por casarte conmigo, Marcos… pero los dos sabemos que pertenezco a Ramiro.

Y yo, completamente destruido y adicto, solo pude correrme en mi mano mientras veía cómo mi mujer, madre de un hijo de otro, gemía pidiendo más polla vieja.