Preñada por el conserje 4
44%

4

Mientras me lo contaba, Valeria estaba empapada. La follé salvajemente y se corrió dos veces solo recordando las palabras del viejo.

El sábado por la mañana Ramiro subió temprano.

Esta vez trajo churros y chocolate. Nos invitó a desayunar en su portería.

Valeria dudó, pero yo acepté. Bajamos los tres.

En el cuartito oscuro, Ramiro no paraba de mirar a Valeria, que llevaba un vestido veraniego corto y escotado.

Cada vez que se agachaba a coger algo, el viejo disfrutaba de las vistas.

—Qué suerte tienes, chaval —repitió una vez más—. Esta hembra es de las que aparecen una vez cada veinte años. Con esas tetas y ese culo… joder, yo me pasaría el día follándola.

Valeria se rio nerviosa. Yo me quedé callado, con la polla dura debajo de la mesa.

Esa misma tarde, cuando subimos, Valeria me miró y me dijo:

—Esto se está yendo de las manos, Marcos… pero… no sé si quiero que pare.

Y yo, en lugar de enfadarme, la besé con fuerza y le dije que ya veríamos qué pasaba.

Las semanas siguientes fueron un descenso lento pero constante hacia algo que ninguno de los dos podía (ni quería) detener. Ramiro ya no fingía que sus visitas tenían que ver con arreglos del piso. Subía porque quería, porque podía, y porque sabía que Valeria no lo rechazaba del todo.

Un lunes por la tarde, Valeria llegó de la universidad nerviosa. Yo estaba terminando un trabajo en el ordenador cuando entró al salón y se sentó a mi lado.

—Hoy ha pasado algo más fuerte —dijo bajito, mordiéndose el labio.

Me contó que Ramiro la había estado esperando en el portal cuando volvió de clase. Llevaba una falda vaquera corta y una blusa ajustada. El viejo la había llamado al cuartito de la portería con la excusa de firmar un papel del alquiler.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave.

—Niña, llevo semanas pensando en ti —le dijo sin rodeos—. Ese cuerpo que tienes no es normal. Esas tetas grandes, ese culo que parece que pide que lo follen… Me tienes loco.

Valeria intentó salir, pero él le enseñó el móvil. Tenía fotos y un vídeo de ella en la azotea fumando porros con sus amigas dos semanas atrás.

—Si no quieres que esto llegue a la universidad y a tu novio de forma… desagradable, vas a portarte un poquito bien conmigo.

Valeria se quedó paralizada. Ramiro se sentó en el sofá viejo y se bajó la cremallera del pantalón. Sacó su polla: gruesa, venosa, con el glande morado y un olor fuerte a viejo sin lavar.

—Arrodíllate, preciosa. Solo una mamadita para empezar.

Ella dudó mucho. Temblaba. Pero el miedo a que todo se fuera a la mierda pudo más. Se arrodilló en el suelo sucio del cuartito y abrió la boca.

Ramiro le cogió el pelo con una mano y le metió la polla hasta el fondo.

La folló en la boca durante más de veinte minutos, despacio pero con fuerza, llamándola de todo: putita universitaria, zorra con culo de infarto, niña buena que en realidad es una guarra.

Se corrió en su garganta abundante, espeso y amargo.

La obligó a tragárselo todo y luego a limpiarle la polla con la lengua.

Cuando Valeria llegó a casa estaba temblando. Me lo contó todo llorando, pero con las bragas empapadas. Esa noche follamos como animales. Ella se corrió tres veces solo recordando la humillación y el sabor de la leche del viejo.

A partir de ese día, todo cambió de velocidad.

Ramiro empezó a exigirle que bajara al cuartito casi todos los días.

Al principio eran mamadas rápidas: Valeria arrodillada entre sus piernas, chupando esa polla gruesa mientras él le apretaba las tetas y le insultaba bajito.

Luego empezaron a ser más largas. La desnudaba, le comía el coño con su boca vieja y babosa, y la obligaba a cabalgarlo en el sofá sucio.

Valeria me lo contaba todo con detalle cada noche. Cómo olía, cómo gruñía, cómo le decía que su coño joven era mucho mejor que el de su difunta mujer. Cómo le dejaba marcas de dedos en las nalgas.

Una tarde, dos semanas después del primer chantaje, llegué antes de lo previsto y los pillé.

La puerta del cuartito de conserjería estaba entreabierta.

Valeria estaba completamente desnuda, a cuatro patas sobre una manta vieja en el suelo.

Ramiro, detrás de ella, con los pantalones bajados, la estaba follando con fuerza.

Su barriga enorme chocaba contra el culo perfecto de mi novia con cada embestida.

—Joder, qué coño más apretado y jugoso tienes —gruñía el viejo—. Tu novio debe tenerla enana para que te corras así conmigo, puta.

Valeria gemía sin control, empujando hacia atrás:

—Sí… más fuerte… es más gruesa… me llena mucho más…

Ramiro le daba cachetadas fuertes en las nalgas, dejándole marcas rojas.

Le tiraba del pelo y le metía un dedo grueso en el culo mientras la empotraba salvajemente.

Cuando se corrió, rugió como un animal y le soltó toda su leche dentro, sin condón.

Al sacarla, un río espeso de semen blanco le chorreaba por los muslos y caía al suelo.

Yo me quedé escondido en el pasillo, pajeándome en silencio hasta correrme en la mano.

Esa noche Valeria llegó a casa destrozada pero excitada. Me lo contó todo otra vez mientras me montaba, repitiendo las palabras del viejo. Me confesó que se había corrido dos veces solo con la polla de Ramiro.

A partir de entonces, la rutina se volvió diaria y más intensa.