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El viernes por la tarde fue el momento en que todo empezó a acelerarse. Yo tenía una entrega de un trabajo y me quedé en la biblioteca hasta tarde. Valeria me escribió a las siete:
“Ramiro está otra vez aquí. Dice que viene a revisar si hay goteras en el techo del baño porque ha llovido.”
Cuando llegué a casa pasadas las diez de la noche, Valeria estaba en la ducha. Salí al salón y vi que había dos tazas de café en la mesa. Le pregunté qué tal había ido.
—Estuvo casi dos horas —me dijo ella saliendo del baño con solo una toalla enrollada en el cuerpo—.
Al principio revisó el techo… pero luego se sentó en el sofá y empezó a hablar.
Me preguntó si yo era celosa, si tú me follabas bien, si me gustaban los hombres mayores…
Fue muy incómodo, pero no sabía cómo echarlo.
La toalla apenas le tapaba las tetas y cuando se movía se le veía la parte inferior del culo. Me puse duro al instante. La tiré en la cama y le quité la toalla. Mientras la follaba le pedí que me repitiera todo lo que Ramiro le había dicho.
—Me dijo que una chica como yo, con ese cuerpo, necesitaba que la follaran de verdad… que los chicos de mi edad no saben cómo tratar a una hembra con tetas y culo como los míos. Que si alguna vez necesitaba “una mano de hombre experimentado” que lo llamara.
Me corrí con fuerza solo imaginando la escena.
El sábado por la mañana Ramiro subió de nuevo, esta vez con la excusa de traer unas llaves de repuesto del portal.
Valeria estaba en casa sola otra vez porque yo había bajado a comprar desayuno.
Cuando volví, los encontré sentados en el sofá.
Valeria llevaba una camiseta larga que le tapaba justo el culo y unas bragas blancas.
Ramiro tenía la vista clavada en sus piernas cruzadas.
—Vaya, chaval, has vuelto rápido —dijo él sonriendo—. Estaba charlando un rato con tu novia. Es muy agradable.
Se quedó media hora más. Antes de irse, miró a Valeria de arriba abajo y le soltó:
—Niña, si algún día te apetece bajar a la portería a tomar un café conmigo, estaré encantado. A un viejo como yo le viene bien la compañía de una mujer tan guapa y tan bien hecha.
Cuando cerró la puerta, Valeria me miró con una mezcla de vergüenza y algo más.
—Esto ya está pasando de castaño oscuro, Marcos.
Pero no parecía enfadada del todo. Y yo… yo no podía dejar de pensar en todo aquello. Cada noche follábamos pensando en Ramiro. Le pedía detalles, le pedía que me describiera cómo la miraba, cómo se colocaba detrás de ella. Y cuanto más me contaba, más cachondo me ponía.
La segunda semana ya era evidente que Ramiro había fijado a Valeria como su objetivo principal.
Subía incluso cuando yo estaba en casa, pero prefería claramente cuando ella estaba sola.
Empezó a traerle pequeños regalos: unas galletas, una planta, un cargador de móvil “que le sobraba”.
Siempre con la misma excusa: “para que te sientas como en casa”.
Valeria empezó a vestirse un poco más provocativa en casa. No sé si lo hacía conscientemente o no, pero cada vez que Ramiro subía, ella llevaba tops más ajustados o shorts más cortos. Y el viejo cada vez era más descarado.
Un miércoles por la tarde llegué y los encontré en el balcón. Valeria estaba regando las plantas con una camiseta de tirantes y un tanga negro. Ramiro estaba apoyado en la barandilla, mirándola sin disimulo.
—Qué buena vista tengo desde aquí —dijo el viejo riendo—. Desde este balcón se ve todo el edificio… pero lo mejor es lo que tengo delante.
Valeria se rio nerviosa y entró en casa. Esa noche me confesó que, cuando yo no estaba, Ramiro le había puesto la mano en la cintura “para ayudarla” y que sus dedos habían bajado un poco hacia su culo.
Poco a poco, día tras día, la presencia de Ramiro se fue haciendo más grande en nuestras vidas. Y lo más peligroso era que, en lugar de molestarme, todo aquello empezaba a excitarme de una forma que nunca había sentido antes.
La tercera semana en el nuevo piso marcó un punto de no retorno.
Ramiro ya no se molestaba en buscar excusas creíbles.
Subía casi todas las tardes, a veces incluso dos veces al día, y sus visitas se alargaban cada vez más.
Valeria y yo habíamos entrado en una rutina extraña: yo fingía normalidad, ella me contaba todo por las noches con detalle y luego follábamos como locos imaginando la situación.
Un lunes por la tarde llegué a casa y me encontré a Ramiro sentado en nuestro sofá nuevo, con una cerveza que Valeria le había ofrecido.
Ella estaba en la cocina preparando la cena con una camiseta oversize que le llegaba justo por debajo del culo y unas bragas de encaje negro visibles cada vez que se movía.
Ramiro tenía la vista clavada en sus piernas.
—Hola chaval —me saludó con esa sonrisa asquerosa que ya empezaba a resultarme familiar—. Tu novia es un sol. Me ha invitado a una cervecita mientras esperaba a que llegaras. Estaba contándole lo duro que es ser conserje en un edificio tan viejo.
Valeria se sonrojó cuando me vio. Se acercó a darme un beso y pude oler el perfume barato del viejo en su ropa. Esa noche, después de que Ramiro se fuera, la tiré en la cama y le pedí que me contara exactamente qué había pasado antes de que yo llegara.
—Estuvo aquí casi dos horas —susurró mientras me la chupaba lentamente—.
Al principio hablaba de tonterías del edificio…
pero luego empezó a preguntarme cosas personales.
Que si follábamos mucho, que si te gustaba que se vistiera provocativa, que si alguna vez había estado con un hombre mayor…
Me puse muy nerviosa, pero no sabía cómo cortarle.
Mientras me montaba, Valeria siguió hablando:
—También me dijo que tenía las tetas más bonitas que había visto en los últimos treinta años y que mi culo parecía hecho para que un hombre lo agarrara fuerte. Me miró directamente las tetas todo el rato, Marcos. Se le notaba la erección debajo del pantalón.
Me corrí dentro de ella con fuerza solo de imaginar la escena.
El martes Valeria tenía clases hasta tarde.
Cuando llegué a casa a las siete y media, Ramiro estaba “arreglando” el enchufe del salón.
Valeria llevaba puestos unos leggings grises muy ajustados y un top deportivo que le marcaba las tetas de forma brutal.
El viejo estaba agachado, pero su mirada estaba clavada en el culo de mi novia.
—Otra vez por aquí, don Ramiro —dije intentando sonar normal.
—Siempre que haga falta, chaval. Tu novia me llamó porque decía que saltaba la luz. Pero ya lo he arreglado.
Se quedó media hora más. Antes de irse, le dijo a Valeria delante de mí:
—Niña, si algún día te aburres o necesitas… compañía de un hombre que sabe lo que hace, ya sabes dónde estoy. En la portería siempre hay un café caliente para ti.
El miércoles fue el día en que las cosas subieron de tono de forma clara. Yo tenía examen por la mañana y no volvía hasta las cinco. Cuando llegué, Valeria estaba en la ducha. En la mesa del salón había dos tazas de café y un plato con galletas. Le pregunté qué había pasado.
—Vino a traer el correo —dijo ella saliendo del baño solo con una toalla—.
Se quedó hablando un buen rato. Me preguntó si me gustaba vivir aquí, si estaba cómoda…
y de repente me soltó que una chica como yo, con ese cuerpo, debía de volver locos a todos los chicos de la universidad.
Luego me miró las tetas y me dijo que se notaba que no llevaba sujetador.
La toalla se le cayó “accidentalmente” mientras hablaba. Me puse duro al instante. La follé contra la pared del pasillo mientras ella seguía contándome:
—También me puso la mano en la cintura cuando me acerqué a coger una galleta. Sus dedos bajaron un poco y me rozó la nalga. Me dijo bajito que tenía un culo que merecía que lo tocaran todos los días.
El jueves por la tarde llegué antes de lo previsto y los pillé en una situación comprometida.
Valeria estaba de puntillas colocando unos libros en la estantería alta.
Llevaba una camiseta corta que se le había subido, dejando todo el culo al aire (solo con un tanga).
Ramiro estaba justo detrás, “sujetando” la escalera, con la cara a menos de veinte centímetros de sus nalgas.
—Así, preciosa… un poco más a la derecha —decía el viejo con voz ronca.
Cuando me vieron, Valeria se bajó rápidamente y Ramiro sonrió sin vergüenza.
—Estaba ayudándola, chaval. Estas estanterías son muy altas para una chica tan bajita.
Se fue poco después, pero antes le guiñó un ojo a Valeria.
Esa noche la conversación fue más intensa. Valeria me confesó que cada vez que se quedaba sola con él se ponía nerviosa, pero también cachonda.
—No sé qué me pasa, Marcos… me da vergüenza admitirlo, pero cuando me mira así… me mojo. Es un viejo asqueroso, pero tiene una forma de mirarme que me pone mala.
El viernes fue el punto álgido de esta primera etapa. Yo tenía que quedarme en la universidad hasta las diez de la noche por un trabajo en grupo. A las seis y media Valeria me escribió:
“Ramiro está aquí otra vez. Dice que viene a mirar una mancha de humedad en el techo del dormitorio.”
Cuando llegué a casa pasadas las once, Valeria estaba en la cama viendo una serie. Tenía el pelo revuelto y olía ligeramente a tabaco. Le pregunté directamente.
—Estuvo casi tres horas —confesó bajito—.
Al principio miró la mancha… pero luego se sentó en la cama y empezó a hablar.
Me preguntó si alguna vez había probado una polla de hombre mayor.
Me dijo que los jóvenes como tú no saben follar de verdad, que no saben cómo tratar a una mujer con tetas y culo como los míos.
Me puso la mano en el muslo y me dijo que si alguna vez quería probar… él estaría encantado de enseñarme.