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Yo lo vi. Valeria también lo notó. Pero ninguno de los tres dijo nada en ese momento.
Durante las siguientes semanas, Ramiro se convirtió en una presencia constante.
Subía casi todos los días con alguna excusa tonta: revisar el termo, mirar si había humedades en el techo, cambiar una bombilla que no estaba fundida, explicar cómo funcionaba el portal automático…
Siempre cuando yo estaba en clase o en prácticas.
Valeria empezó a contarme por las noches pequeños detalles de lo que pasaba con él. Que el viejo la miraba mucho, que a veces se ponía demasiado cerca, que le hacía comentarios cada vez más atrevidos sobre su ropa o su cuerpo.
—Hoy me dijo que con esa falda corta se me marcaban muy bien las tetas y que seguro que volvía locos a todos los profesores de la facultad —me confesó una noche mientras me la chupaba lentamente.
Cada vez que Valeria me contaba esas cosas, yo me ponía durísimo. Empezaba a masturbarme imaginando al viejo baboso mirando a mi novia, imaginando lo que pensaría cuando ella pasaba por delante, imaginando las cosas que querría hacerle.
Y así, poco a poco, sin que ninguno de los dos lo admitiera todavía en voz alta, empezó a instalarse entre nosotros una tensión sexual extraña, incómoda y excitante al mismo tiempo.
Los días siguientes a la mudanza fueron una mezcla rara de agotamiento por colocar todo en el piso y esa extraña tensión que ya empezaba a flotar en el ambiente.
Valeria y yo intentábamos adaptarnos a nuestra nueva rutina: ella con sus clases de Periodismo por las mañanas y tardes, yo con mis prácticas en una empresa de software y las clases de la tarde.
Pero Ramiro parecía haber decidido que formaba parte de nuestra vida diaria.
El lunes por la mañana, mientras yo ya estaba en la universidad, Valeria me mandó un mensaje:
“El conserje ha subido otra vez. Dice que viene a revisar los radiadores. ¿Es normal?”
Le contesté que sí, que probablemente era solo un viejo pesado, pero que me contara luego.
Cuando llegué a casa por la tarde, Valeria estaba en la cocina preparando la cena con una camiseta holgada y unos leggins negros muy ajustados que marcaban perfectamente la forma de su culo grande y redondo. Tenía las mejillas algo sonrosadas.
—¿Qué tal con Ramiro? —le pregunté mientras la abrazaba por detrás y le agarraba las nalgas con las dos manos.
—Estuvo casi una hora aquí —dijo ella bajando la voz—. Revisó los radiadores del salón y del dormitorio… pero se pasó más tiempo mirándome que mirando los radiadores. Me dijo que con estos leggins se me notaba “todo” y que tenía un culo que parecía de gimnasio.
Sentí un cosquilleo en el estómago. En lugar de enfadarme, me puse cachondo.
Esa noche follamos en el sofá nuevo. Mientras la penetraba por detrás, agarrando fuerte esas nalgas que Ramiro había estado mirando todo el día, Valeria gemía más alto de lo normal.
Después, mientras descansábamos, me confesó más detalles:
—Cuando se agachó para mirar el radiador debajo de la ventana, me quedé de pie a su lado y él giró la cabeza y se quedó mirando directamente mi entrepierna. No disimulaba nada, Marcos. Me miró fijamente ahí durante varios segundos.
El martes fue aún más evidente. Yo tenía prácticas hasta las ocho de la tarde.
Cuando llegué, encontré a Ramiro todavía en el piso.
Estaba “arreglando” una persiana del dormitorio.
Valeria llevaba una camiseta de tirantes fina y unos shorts cortos de algodón.
Se notaba que no llevaba sujetador porque sus tetas grandes se movían libremente con cada movimiento.
—Buenas tardes, chaval —me saludó Ramiro con esa sonrisa amarillenta—. Estaba ayudando a tu novia con la persiana que se atasca. Estas cosas viejas dan mucho problema.
Se quedó casi veinte minutos más, explicando tonterías sobre cómo engrasar las guías, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia el escote de Valeria o hacia su culo cada vez que ella se movía por la habitación. Antes de irse, le dijo a Valeria delante de mí:
—Niña, si necesitas cualquier cosa, lo que sea, me llamas y subo corriendo. Una chica tan guapa y con ese cuerpo no debería estar sola mucho tiempo en un piso viejo como este.
Cuando cerró la puerta, Valeria soltó un suspiro.
—Este hombre es agotador… pero es difícil ser borde con él. Es muy insistente.
Esa semana Ramiro subió prácticamente todos los días.
Siempre encontraba una excusa nueva: revisar el contador de la luz, mirar si entraba agua por el balcón, cambiar una bombilla del pasillo, traer un paquete que había llegado para nosotros…
Cada vez se quedaba más tiempo. Y cada vez sus comentarios eran un poco más directos.
El jueves por la tarde llegué antes de lo habitual y los pillé en la cocina.
Valeria estaba de puntillas intentando colocar unas cosas en un armario alto.
Los shorts se le habían subido tanto que casi se le veía la parte baja del culo.
Ramiro estaba justo detrás de ella, “sujetando” la escalera, con la cara a pocos centímetros de sus nalgas.
—Así, preciosa, un poco más… —decía el viejo con voz ronca—. Joder, qué vistas desde aquí.
Valeria se bajó rápidamente, roja como un tomate. Ramiro sonrió sin vergüenza.
—No te preocupes, niña. A mi edad ya no se ve todos los días un culo tan perfecto. Hay que disfrutarlo cuando se puede.
Yo me quedé en la puerta sin saber qué decir. Ramiro se despidió y se fue. Esa noche, mientras follábamos, le pedí a Valeria que me contara exactamente cómo se había sentido.
—Me da mucha vergüenza… pero también me pone un poco nerviosa. Siento su mirada clavada en mí todo el tiempo. Es como si me estuviera desnudando con los ojos.