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Preñada por el conserje

Preñada por el conserje

Por Adrian Vergara

© inepub.com

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Me llamo Marcos, tengo 24 años y estoy cursando el último año de Ingeniería Informática en la Universidad Complutense de Madrid.

Hasta hace pocos meses mi vida transcurría de forma bastante predecible y cómoda.

Tenía una novia espectacular con la que llevaba dos años y medio de relación y creía que todo estaba bien encaminado.

Nos queríamos, follábamos con regularidad y planeábamos cosas de futuro.

Pero todo eso empezó a tambalearse el día que decidimos mudarnos juntos a aquel viejo edificio del centro de Madrid.

Valeria tiene 21 años y estudia segundo curso de Periodismo.

Es una chica que destaca de forma natural en cualquier lugar.

No es solo guapa; tiene esa combinación peligrosa de cara angelical y un cuerpo que parece hecho para provocar.

Su pelo es moreno oscuro, largo, ondulado y muy brillante.

Le llega hasta más abajo de la mitad de la espalda y cuando lo lleva suelto se mueve con cada paso que da, como si tuviera vida propia.

Sus ojos son verdes, grandes, con pestañas largas y espesas que le dan una mirada dulce e inocente.

La nariz es fina y recta, y sus labios son carnosos, gruesos y de un color rosa natural que los hace destacar especialmente cuando sonríe, cuando habla o cuando los muerde nerviosa.

Pero lo que realmente atrae todas las miradas es su cuerpo.

Valeria tiene unas tetas grandes, naturales, redondas y firmes.

Una 95C perfecta, pesadas pero bien colocadas, que se mantienen altas incluso sin sujetador.

Cuando camina se nota cómo rebotan suavemente bajo la ropa, creando un movimiento hipnótico que es casi imposible ignorar.

Su cintura es muy estrecha, lo que hace que sus caderas parezcan aún más anchas y femeninas.

Y su culo… su culo es, sin duda, su mayor arma.

Grande, redondo, duro, con una forma de corazón perfecta.

Las nalgas son suaves, tersas, sin celulitis, y cuando anda se mueven de arriba abajo con un ritmo natural y provocativo.

Tiene piernas largas, morenas, bien formadas, con muslos gruesos pero tonificados.

Su piel es suave al tacto y tiene un tono moreno claro que se dora fácilmente en verano.

Su coño, que hasta entonces solo yo había disfrutado, estaba siempre completamente depilado, con labios carnosos y rosados que se hinchaban con facilidad cuando se excitaba y que se mojaban rápidamente.

Llevábamos varios meses buscando piso. Queríamos vivir juntos y el presupuesto era limitado, así que cuando encontramos un anuncio de un piso reformado en un edificio antiguo pero muy céntrico, cerca de Sol, no lo dudamos ni un segundo.

El precio era demasiado bueno para dejarlo pasar.

El día de la mudanza fue un sábado de mediados de septiembre, un día caluroso y soleado.

Llegamos con una furgoneta de alquiler completamente llena: cajas de ropa, libros, utensilios de cocina, maletas, una cama desmontada, un sofá pequeño y varios muebles básicos que habíamos comprado de segunda mano.

Nada más aparcar en doble fila delante del portal, salió a recibirnos el conserje del edificio.

Se llamaba Don Ramiro. Tenía 68 años, era viudo desde hacía quince años y llevaba trabajando en ese mismo edificio desde que era un hombre joven.

Era bajito, no llegaba al metro sesenta y cinco, con una calva brillante en la parte superior de la cabeza y solo unas pocas canas en los laterales.

Tenía una barriga enorme, prominente y colgante que le sobresalía bastante por encima del cinturón de los pantalones grises que usaba casi a diario.

Sus brazos eran cortos pero fuertes, con manos grandes, callosas, llenas de venas marcadas y uñas amarillentas por el tabaco.

Olía a una mezcla característica y penetrante: sudor viejo, tabaco rancio y una colonia barata que llevaba usando décadas.

Sus ojos pequeños y hundidos tenían una mirada permanentemente lasciva, hambrienta, de alguien que observa a las mujeres jóvenes con un deseo acumulado durante muchos años.

En cuanto Valeria se bajó de la furgoneta, vestida con unos shorts vaqueros cortísimos que apenas le cubrían la mitad de los muslos y una camiseta de tirantes blanca ajustada que marcaba claramente el contorno de sus tetas grandes,

los ojos de Ramiro se clavaron en ella como si hubiera visto una aparición.

Recorrió su cuerpo de arriba abajo sin ningún tipo de disimulo: primero se detuvo en el escote, luego en la cintura y especialmente en el culo cuando ella se giró para coger una caja del maletero.

Valeria se agachó y los shorts se le subieron de forma notable, dejando a la vista la parte inferior de sus nalgas redondas y firmes. Ramiro se quedó literalmente congelado en la acera, con la boca entreabierta.

—Joder… —murmuró en voz baja, pero lo suficientemente audible para que yo lo oyera.

Le estreché la mano y le expliqué que éramos los nuevos inquilinos del tercero derecha. Él asintió con la cabeza, pero apenas me miró. Toda su atención estaba puesta en Valeria.

Durante las siguientes cuatro horas y media de mudanza, Ramiro “ayudó”.

En realidad se dedicó a mirar y a colocarse estratégicamente en los mejores sitios.

Cada vez que Valeria subía las escaleras delante de él cargando cajas, el viejo se quedaba varios escalones por detrás, con la vista fija en ese culo grande y perfecto que se movía a pocos centímetros de su cara.

Cuando ella se agachaba para dejar las cajas en el suelo, Ramiro se ponía justo detrás, supuestamente sujetando otra caja, pero en realidad disfrutando de la vista de cerca durante largos segundos.

En uno de los viajes, Valeria tropezó ligeramente con un escalón. Ramiro reaccionó rápido y la sujetó por la cintura con sus manos gruesas y callosas. Sus dedos se hundieron en la carne suave de sus caderas durante más tiempo del estrictamente necesario.

—Cuidado, preciosa —le dijo con voz ronca y una sonrisa que dejaba ver sus dientes amarillentos—. No te vayas a hacer daño en ese cuerpo tan espectacular que tienes. Menudo desperdicio sería.

Valeria se sonrojó visiblemente y le dio las gracias con una sonrisa tímida. Yo estaba cargando una caja pesada en ese momento y no pude hacer nada más que observar la escena.

Cuando por fin terminamos de subir casi todas las cajas, Ramiro nos invitó a tomar un café en su portería “para recuperar fuerzas”.

El cuartito era pequeño, oscuro, lleno de trastos viejos, con olor a cerrado y a tabaco acumulado.

Nos sentamos en un sofá viejo de tela marrón.

Valeria cruzó las piernas y los shorts se le subieron todavía más, dejando ver casi todo el muslo.

Ramiro no apartaba la mirada ni un segundo.

—Menuda suerte tienes, chaval —me soltó de repente, sin ningún tipo de filtro ni vergüenza—.

Con una novia como esta… Hostia puta, yo a tu edad habría matado por tener una hembra así.

Mira qué tetas más grandes y firmes tiene, mira qué culo.

Perdona que te lo diga tan claro, niña, pero estás tremenda.

Tienes un cuerpo de escándalo, de los que hacen que un viejo como yo se pase el día empalmado.

Valeria se puso roja como un tomate y soltó una risa nerviosa, sin saber muy bien cómo reaccionar. Yo me quedé callado, sintiendo una mezcla rara de incomodidad y una excitación que no quería admitir.

La conversación siguió por ese camino durante más de cuarenta minutos.

Ramiro no tenía ningún filtro: hablaba abiertamente de las caderas de Valeria, de cómo se le marcaban las tetas bajo la camiseta, de que seguro que en la universidad tenía a medio campus detrás de ella, de que un culo como el suyo era un peligro en un edificio lleno de viejos jubilados.

Valeria estaba avergonzada pero no le cortaba del todo.

Contestaba con sonrisas tímidas y frases cortas.

Yo escuchaba todo con una extraña sensación en el estómago.

Esa misma noche, ya solos en el piso nuevo, follamos por primera vez allí.

Valeria estaba mucho más cachonda de lo habitual.

Gemía más fuerte, se movía con más intensidad, me pedía que la penetrara más duro.

Se corrió dos veces seguidas antes de que yo terminara.

Mientras la follaba agarrando su culo con fuerza, no pude evitar recordar las miradas hambrientas de Ramiro sobre ese mismo culo que ahora tenía entre mis manos.

Al día siguiente, domingo por la mañana, Ramiro subió temprano con la excusa de enseñarnos cómo funcionaba la caldera y el contador de la luz.

Valeria estaba vestida con unos pantalones cortos de deporte muy ajustados y una camiseta fina de tirantes sin sujetador.

Cada vez que se movía, sus tetas se balanceaban libremente bajo la tela.

Ramiro se pasó casi dos horas en el piso.

Explicaba todo con mucha calma, repitiendo las cosas varias veces, pero sus ojos no dejaban de recorrer el cuerpo de mi novia.

En un momento, mientras Valeria se agachaba a recoger una caja que todavía no habíamos deshecho, Ramiro se colocó justo detrás de ella, a menos de un metro, mirando cómo el short se le metía entre las nalgas.

—Madre de Dios… —murmuró lo suficientemente alto para que ambos lo oyéramos.