Poseidonia Capítulo 29 — la mentira y el beso
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Capítulo 29 — la mentira y el beso

la mentira y el beso

Natalia tardó dos días en tomar la decisión, aunque en realidad llevaba años tomándola sin saberlo.

La detención de Romeo había corrido por la isla como corren allí todas las desgracias: primero en voz baja, después en corrillos, luego en silencios demasiado elocuentes en la panadería, en el puerto, en las terrazas.

Donde antes había misterio, ahora había una verdad imposible de volver a guardar.

Y esa verdad no solo había puesto a Romeo en manos de la Guardia Civil; también había arrancado de cuajo la vida que Natalia llevaba demasiado tiempo sosteniendo a base de costumbre.

La discusión con sus padres empezó como empiezan casi todas las discusiones importantes en una familia rota: hablando de otra cosa.

De la compra.

De si hacía falta bajar a Sant Francesc.

De si la isla estaba imposible en verano.

De si al final todo eso no habría sido mejor dejarlo quieto.

Natalia se quedó mirando a su madre en la cocina, con el vaso de agua en la mano, y comprendió que aquella frase — mejor dejarlo quieto — resumía demasiados años.

Mejor dejar quieto que María había desaparecido. Mejor dejar quieto que Romeo siempre había sido un perla, como dice Rosalía. Mejor dejar quieto que una familia entera había vivido odiando a la persona equivocada.

—¿Quieto? —repitió, muy bajo.

Su padre, sentado en la punta de la mesa, evitó mirarla.

—Lo que quiero decir —murmuró él— es que ahora ya está hecho. No ganas nada removiendo más.

Natalia dejó el vaso con tanta fuerza que el agua saltó sobre la madera.

—¿No gano nada sabiendo por fin que mi hermana no nos dejó tirados? ¿Que la mataron? ¿Que vosotros preferisteis durante años pensar que era una egoísta antes que admitir que no supisteis ver lo que teníais delante?

—No nos hables así —dijo su madre, pálida—. Hemos sufrido todos.

—No —Natalia negó, con los ojos llenos de rabia—. No todos igual. Yo he vivido muchos años odiando a María. Odiándola. Pensando que eligió irse, que nos borró, que no le importábamos una mierda. Y ahora resulta que estaba intentando salvarse y ninguno de nosotros la sostuvo. Ninguno.

Su padre levantó la vista por fin.

—No lo sabíamos, ¿qué íbamos a hacer?

La frase le dio como una bofetada.

Natalia se quedó quieta.

—No —dijo al cabo de un momento—. Yo tampoco. Pero, al menos, ya no quiero seguir mintiéndome.

Esa misma noche cogió la maleta más grande que había en la casa y la lleno de ropa y de algunos recuerdos. Unas fotos. Un libro que llevaba años sin abrir. Una bufanda de María que había guardado por rabia y no por cariño. Y al amanecer, cuando la isla todavía olía a sal dormida, llamó a un taxi.

Durante el trayecto miró por la ventanilla sin ver casi nada. Los pinos, los muros bajos, la luz blanca sobre la carretera, todo pasaba como si perteneciera a una vida de la que ya estuviera saliendo poco a poco.

Cuando el taxi se detuvo frente a la casa de Daniel, Natalia le pidió al conductor que la esperara unos minutos.

—No tardaré —dijo.

El hombre asintió, resignado, con esa calma de temporada de los taxistas de isla que han visto despedidas de todos los tipos.

Daniel estaba en el jardín con Lu y Dexter cuando oyó el coche.

Lucía estaba sentada en el suelo, dándole órdenes incomprensibles al perro con una gravedad absoluta mientras Dexter fingía obedecerlas todas.

Daniel levantó la vista hacia la carretera y al ver bajar a Natalia abriendo la puerta del taxi, entendió enseguida que algo se estaba cerrando.

—¿Qué pasa? Te vas ¿no?

Natalia asintió.

—Sí, a Barcelona.

Daniel no preguntó por qué. O quizá lo entendió en el mismo instante en que la vio.

Lucía se levantó y fue hacia ella con esa mezcla suya de timidez y confianza recién estrenada. Natalia se agachó para abrazarla. La niña desprendía un perfume único, a crema solar, a galleta y a perro.

—¿Te vas? —preguntó Lucía, todavía con esa voz pequeña que parecía recién aprendida.

Natalia cerró un momento los ojos al oírla hablar.

—Sí, mi vida.

Lucía la miró con seriedad.

—¿Lejos?

Natalia sonrió, aunque se le humedecieron los ojos.

—Un poco.

—¿Mucho?

—Lo justo.

Daniel apartó la mirada dejándoles ese momento como quien deja una puerta abierta sin mirar dentro.

Natalia besó a Lucía en el pelo y se incorporó despacio.

—Tus padres… —empezó Daniel.

—Siguen siendo mis padres. —Se encogió de hombros—. Pero yo ya no puedo seguir siendo la misma hija aquí. Ni la misma hermana. Ni la misma mujer.

Daniel asintió.

—Lo entiendo.

—No creo que lo entiendas del todo —dijo ella, sin dureza—. Pero tampoco hace falta.

Se hizo un silencio corto. Dexter vino hacia ella y se sentó a su lado como si quisiera impedir físicamente que se marchara.

—La isla se me ha quedado pequeña —continuó ella—.

O demasiado grande. No sé. Miro cualquier esquina y veo a mi hermana.

Veo lo que pensé de ella. Veo lo que no vi.

Y luego está Romeo, aunque ya no esté. Y mis padres.

Y toda esa gente que ahora me mira como si esta verdad hubiera venido a estropearles la temporada.

Daniel se acercó a cámara lenta, diciendo una frase de aliento mientras su cerebro desmentía cada palabra que salía de sus labios.

—Barcelona te va a sentar bien.

Natalia soltó una media sonrisa.

—Eso dices porque nunca has tenido que buscar piso allí.

Él sonrió también. Lo justo.

—Toma este sobre, te ayudará a salir adelante unos meses. Lleva unos días en mi bolsillo esperando este momento.

Luego ella volvió a ponerse seria, se sentía mal, muy descolocada con la situación.

—Joder, Daniel, no entiendo por qué me has ayudado tanto desde el primer momento. No me lo merezco. No sabes cuánto os quiero y cuánto os voy a echar de menos.

Daniel la miró sin decir nada.

—De ti —añadió—. Y de Lucía. Y de mi perro favorito. No quería largarme dejando solo una nota o un mensaje ridículo. Os quiero demasiado.

Lucía, ajena a la gravedad exacta de la escena, le cogió la mano.

—¿Vuelves?

Natalia bajó la vista hacia la niña.

—Sí. Volveré a verte.

—¿Pronto?

Aquella palabra le apretó algo por dentro.

—Lo intentaré.

Daniel se acercó un poco más.

—Me alegro de haberte conocido y disfrutado —dijo él al fin.

Natalia lo miró con una tristeza limpia.

—Yo no. —sonrió—. No así.

A él se le escapó una risa breve, cansada.

—Ya.

—Pero me alegro de que llegaras —añadió ella—. Aunque solo fuera para romperlo todo.

Lucía apretó más su mano, como si aquella frase no le gustara.

Natalia se agachó de nuevo y le dio un beso en la frente.

—Cuida de tu padre, ¿vale?

Lucía asintió muy seria.

—Y de Dexter.

La niña volvió a asentir.

—Y de ti misma, sobre todo.

Esta vez Lucía no dijo nada, pero la abrazó por las piernas con una fuerza inesperada. Natalia cerró los ojos y dejó que ese abrazo pequeño le ordenara algo dentro que llevaba demasiados años roto.

Cuando se separó, ya estaba llorando con esa forma cansada y silenciosa de llorar cuando una ya no tiene energía para resistirse.

Daniel dio un paso hacia ella. No para consolarla del todo, solo para estar cerca.

—Natalia…

Ella levantó una mano, como pidiéndole un segundo. Lo miró unos segundos más, como si quisiera guardar bien su cara en la parte de sí misma que todavía podía confiar en algo.

Y entonces le besó en los labios.

No fue un beso demasiado largo. Fue un beso de despedida, de gratitud y de ternura.

Cuando se separó, Daniel no dijo nada. Tenía los ojos clavados en ella sin entender demasiado.

Natalia sonrió entre lágrimas.

—No te equivoques conmigo, señor mayor, que no estoy enamorada.

Te quiero mucho, pero no de esa manera. Te quiero porque has sido bueno conmigo cuando más lo necesitaba.

Porque eres de los pocos hombres con los que una se siente cuidada de verdad, sin miedo, sin deudas y sin tener que defenderse todo el rato. Te voy a echar muchísimo de menos.

Antes de subir al taxi, Natalia se volvió una última vez.

No dijo nada más.

No hacía falta.

Daniel la vio meterse en el asiento trasero. El conductor arrancó despacio y el coche se alejó por el camino blanco entre pinos, con el sol de la mañana que empezaba a dorarlo todo.

Lucía se colocó a su lado y le metió la mano en la suya.

—Se va —dijo muy bajito.

Daniel apretó la mano pequeña sin apartar los ojos del camino.

—Sí.

Lucía se quedó callada unos segundos.

—¿Está triste?

Daniel respiró hondo.

—Sí.

La niña apoyó la cabeza en su cadera.

—¿Y tú?

—Un poco —dijo.

Lucía asintió, como si entendiera perfectamente esa medida del dolor.

Luego Dexter volvió hacia ellos al trote y el jardín se llenó otra vez de la vida pequeña de cada día. Pero el aire ya no era el mismo. Algo había terminado. Y, precisamente por eso, algo más podía empezar.

Cuando el taxi desapareció al final del camino, Daniel siguió un rato mirando el mismo punto, como si el aire hubiera tardado más que el coche en irse.

Respiró hondo.

Natalia se había ido. Pero siempre habría esa intimidad entre ellos, esa forma de verdad compartida, de herida atravesada. Y ahora que ella se marchaba, Daniel notaba una mezcla de alivio, ternura y pérdida.

Lucía caminaba por el jardín con Dexter y, por un momento, Daniel sintió con una claridad cristalina que toda su vida estaba allí. No detrás del taxi que se había llevado a Natalia. No en Madrid. No en el incendio. No en lo que pudo ser con Cloe ni en lo que ya no podía ser con nadie del pasado.

Allí.

En aquella niña. En aquel perro. En aquella casa.

Y también, aunque aún le costara decirlo sin superstición, en Ana.

Pensó en ella de una forma inmediata, casi inevitable.

En cómo se reía. En la manera que tenía de no pedir explicaciones demasiado pronto.

En su forma de estar cerca sin invadirlo.

En Bimba metiendo el hocico donde no la llamaban.

En la cama aún deshecha de la noche anterior.

En la posibilidad insólita de que la calma no fuera una trampa, sino una forma nueva de amor.

Se llevó una mano a la nuca y se quedó unos segundos quieto.

No quería mentirse.

Natalia lo había tocado. Lo había conmovido. El beso seguía ahí, no ya en los labios, sino en ese lugar impreciso donde se quedan algunas cosas cuando llegan tarde y, por eso mismo, duelen un poco más. Pero no lo confundía. No con Ana.

Con Ana no había nostalgia. No había deuda. No había pasado.

No había una vida imaginada, sino una vida posible.

Y eso, pensó Daniel, era mucho más raro. Y mucho más difícil de aceptar sin miedo.