Capítulo 28 — la verdad #2
Se vio escribiendo en la postal, en aquel bar, esas viejas y conocidas palabras. Con un pulso más bien deficiente y letra bastante dispersa. Ahora recordaba ver el bolígrafo debajo de la mesa, y cómo se había agachado, tambaleándose, a recogerlo.
—¿Está usted bien, señor? —le había preguntado el camarero.
—Sí. Es posible. O no. ¿Quién sabe? ¿Puede hacerme un favor?
—Sí, dígame.
—Por favor, eche esta postal a aquel buzón —le había pedido, mientras intentaba poner el sello con poco tino.
Con un sobresalto, Daniel abrió los ojos en el salón de su casa.
El pecho empezó a subirle y bajarle con violencia. Miró otra vez la postal. La letra era suya. Le había costado darse cuenta porque, cuando la escribió, no estaba lúcido.
Se dobló hacia delante y apoyó los codos en las rodillas. La postal quedó atrapada entre sus dedos temblorosos.
Y entendió algo que llevaba meses buscando fuera, en la policía, en Eva, en el azar, en la isla, en la muerte, incluso en Rebeca.
Nadie había venido a rescatarlo.
Había sido él.
Él mismo, desde algún lugar más valiente, más limpio, más despierto que el hombre en que se había convertido después.
Se había dejado una salida.
Una puerta entreabierta.
Una migaja de pan en mitad del bosque.
Quizá porque incluso entonces, en Formentera, mientras caminaba de la mano de Rebeca y miraba a otra mujer o a otra vida o a otra versión de sí mismo, ya sabía que algo se estaba apagando.
Quizá no su matrimonio, no todavía, ni su casa, ni su nombre, pero sí una parte esencial de su alegría.
Y había querido salvarla. Había querido guardar un resto de luz por si un día lo perdía todo.
«Formentera te echa de menos. Tal vez aquí vuelvas a ser tú».
No lo había escrito Cloe.
No se lo había escrito una amante.
No era una trampa del destino.
Se lo había escrito a sí mismo.
Y, de algún modo feroz y triste, aquello era más hermoso y terrible que cualquier otra explicación.
Daniel empezó a llorar sin hacer ruido. Lloró con la cara inclinada hacia la mesa, sobre aquellos restos absurdos y preciosos.
Lloró por Rebeca y por lo que sí habían sido.
Por lo que dejaron de ser. Por la casa. Por la noche del incendio.
Por Lucía dormida al otro lado del pasillo.
Por Dexter ladrando entre las llamas. Por el hombre que había necesitado romperse del todo para escuchar un mensaje que ya llevaba años enviado.
Cuando logró serenarse un poco, volvió a reunir las postales, las fotos y los pequeños restos del viaje, se levantó y fue hasta la habitación de Lucía.
La niña dormía de lado, con el pelo revuelto sobre la almohada y una mano abierta hacia el borde de la cama. Dexter estaba tumbado junto a la puerta, vigilándola con un ojo entreabierto.
Daniel se quedó un rato mirándolos.
Sintió entonces algo que no había sentido desde el incendio. No alivio, todavía no. Tampoco paz. Pero sí dirección.
Una forma de avanzar que no nacía de la huida ni del castigo ni del azar, sino de una elección que, de algún modo misterioso y feroz, ya había tomado antes de perderlo todo.
Volvió al salón, guardó la postal en el bolsillo interior de la camisa, muy cerca del pecho, y apagó la lámpara.
Fuera, sobre los viñedos, la noche del campo de Formentera se extendía quieta y seca, sin mar visible, sin más rumor que el de los insectos y la tierra enfriándose despacio.
Daniel apoyó una mano en el marco de la puerta y respiró hondo.
Había enviado la postal desde Formentera, pero no recordaba haberla recibido en su casa.
La postal había cruzado el mar, había dormido en sacas de Correos y había caído en el buzón de su casa cuando volvieron de Formentera.
Entonces, tenía que haberla recogido Rebeca, quizá, y lo primero que habría leído fue una frase que sonaba demasiado íntima, demasiado ajena a ellos.
«Formentera te echa de menos. Tal vez aquí vuelvas a ser tú».
Quizá pensó en una mujer. Quizá pensó en la noche en que él volvió al hotel borracho, roto, oliendo a whisky y a sal. Quizá recordó su silencio durante el viaje de vuelta. Su manera de mirar por la ventanilla. La sensación de que algo, en aquella isla, se había quedado con una parte de él.
Y no diría nada, no porque no le importara. Al contrario. Porque le habría importado demasiado.
La habría guardado entonces en la caja con los demás recuerdos de Formentera como quien guarda una astilla dentro de un cajón y decide no volver a tocarla, o quizá no le dio tiempo a deshacerse de ella en ese momento, y luego la olvidó.
Una postal. Una amenaza pequeña. Una prueba de que Daniel había estado a punto de ser otro, o quizá de volver a ser él mismo, lejos de ella.
Luego vinieron los años, Lucía, la casa, la rutina, el cansancio, las discusiones aplazadas. Y aquella postal quedó allí, enterrada entre fotos, tickets y recuerdos, esperando el momento de regresar.
Recogió un poco el desorden del salón y se quedó mirando las postales extendidas sobre la mesa, hasta que entendió que no iba a soportar ese descubrimiento en soledad. Entonces llamó a Ana.
—Creo que la postal llevaba años entre mis cosas.
Ana se incorporó en la cama.
—¿Cómo?
Él le contó la caja, las postales antiguas, la arena, las fotos, el desorden del suelo, Lucía sacando objetos con sus manos pequeñas como si hubiera abierto sin saberlo una grieta en el tiempo.
Ana escuchó en silencio.
—Y de pronto he pensado que a lo mejor todo estaba mucho más cerca de mí de lo que creía.
—Daniel…
—Sí.
—No sé si decirte que eso me alegra o me preocupa.
Él sonrió sin humor.
—A mí me pasa igual.
—A veces siento que estoy entrando en una casa donde todavía no habéis terminado de sacar a los muertos.
La frase quedó suspendida entre los dos. Daniel no se ofendió. Solo cerró los ojos.
—Puede ser.
Ana se arrepintió un poco, pero no rectificó del todo.
—No quería decirlo así.
—No. Está bien. Tienes razón.
Se hizo un silencio.
—Te quiero —dijo ella al cabo.
—Ya lo sé.
—No, escucha. Te quiero, pero también empiezo a ver lo caro que sale quererte a veces.
Daniel apretó el móvil contra la oreja sin saber qué responder. Al final solo dijo:
—No quiero que te cueste demasiado.
Ana sonrió en la oscuridad y se despidió.