Capítulo 28 — la verdad
la verdad
Excepto un puñado de niñatos aburridos, nadie había llamado al teléfono del anuncio de las marquesinas. Después de todo el esfuerzo y el dineral que había dedicado a aquel proyecto, todo había quedado en nada. Daniel se consolaba pensando que, al menos, lo había intentado.
Un día, mientras Lucía estaba sentada en el suelo de su habitación, rodeada de un pequeño caos de objetos desparramados, Daniel se fijó en dos cajas de cartón que habían traído de Madrid y que seguían sin abrir en un rincón desde hacía semanas.
Una de ellas estaba ahora vencida sobre un lado, con las solapas abiertas como una flor marchita.
Lucía había extendido su contenido alrededor con esa lógica secreta de los niños: un neceser antiguo, un pañuelo, varias fotografías, una pulsera de tela y un sombrero de paja aplastado.
Dexter dormía a su lado con el hocico entre las patas, ajeno a todo, aunque de vez en cuando abría un ojo por si caía algo de interés.
Daniel sonrió al verla. Tenía una fotografía entre las manos y la agitaba en el aire como si fuera un abanico. Luego la soltó, metió los dos bracitos dentro de la caja y rebuscó con energía, removiéndolo todo mientras entonaba a su estilo una canción de Frozen .
—Pero bueno, ¿qué has liado aquí, enana?
Lucía levantó la cara al oír su voz y sonrió con toda la boca, orgullosa de su obra. Dio un golpecito con la palma sobre el suelo, como invitándolo a acercarse, y enseguida volvió a meter la mano en la caja. Sacó algo rectangular y lo agitó hacia él.
Daniel se agachó pensando que sería otra foto o algún folleto viejo. Se lo cogió con suavidad de los dedos.
Y entonces dejó de respirar un instante.
Era una postal idéntica a la que llevaba siempre con él. No se lo podía creer. Durante un segundo tuvo la absurda impresión de que la postal que llevaba mucho tiempo en el bolsillo había decidido duplicarse.
Se quedó mirándola sin parpadear. Luego le dio la vuelta.
Estaba en blanco.
Daniel sintió un vuelco seco en el pecho.
Miró otra vez la imagen, acercándola un poco a la luz de la ventana. No había duda. Era idéntica. No parecida: idéntica.
Lucía, ajena al terremoto que acababa de abrirse dentro de él, se inclinó de nuevo sobre el cartón y sacó otra cosa: una pulsera de tela descolorida que trató de morder inmediatamente. Daniel se la quitó con cuidado y la dejó a un lado sin apartar la vista del interior de la caja.
Ya no sonreía.
Se sentó en el suelo junto a ella.
Dentro había ropa de verano doblada de cualquier manera, un neceser con la cremallera oxidada, un bote vacío de crema solar, varias fotografías sueltas pegadas entre sí por el tiempo, tickets arrugados y arena en el fondo, una arena finísima que se había quedado allí atrapada como si se negara a abandonar del todo el lugar de donde venía.
Daniel apartó una camiseta blanca, luego un pantalón corto. Debajo encontró otra postal del mismo montón, también en blanco.
Y al fondo, medio escondida entre dos revistas, una foto de Rebeca con unas gafas de sol enormes, sentada en una terraza blanca frente al mar.
La cogió con dedos lentos.
Formentera.
No hacía falta que nadie lo escribiera. Estaba en la luz de la foto, en el blanco de las paredes, en el tipo de azul que solo existía allí.
Siguió sacando cosas. Lucía, encantada con el nuevo juego, le pasaba objetos que él iba dejando ordenados a un lado casi sin mirarlos. Ella le entregó una cucharilla de plástico, un billete doblado, un peine diminuto del hotel. Daniel tomó cada cosa como si se moviera dentro de un sueño espeso.
Entonces apareció una pequeña caja de madera abierta, que parecía haber pasado ya por las manos de la niña.
Tenía una esquina rozada y el cierre metálico oscurecido.
Al verla, Daniel notó una corriente fría recorrerle la espalda.
No porque la recordara con claridad, sino porque algo en ella le resultó próximo, familiar, como una palabra olvidada que estuviera a punto de volver.
Pero al fin recordó.
Era la caja de madera que había encontrado entre las ruinas de su casa incendiada, la misma que llevó a casa de Gala. Aquel día, la postal le había llamado tanto la atención que no reparó en el resto del contenido.
La dejó abierta sobre sus rodillas, dentro se veía una de las postales rodeada de arena.
Le volvió de golpe la voz de la mujer del estanco, semanas atrás:
«—De estas se vendían muchas hace años
Muchas.
Varias».
* * *
Desde entonces, sin saber por qué, esas palabras le habían ido asaltando el pensamiento con una oscura persistencia.
* * *
Bajó los ojos hacia el pequeño desorden del suelo y entendió, no del todo, pero sí lo suficiente para que el corazón empezara a latirle más fuerte.
Aquellas postales no habían llegado a su vida desde fuera, limpias y misteriosas, como una señal caída del cielo.
Habían estado antes cerca de él. Tal vez en sus manos.
Tal vez en aquel viaje. Tal vez enterradas desde hacía años entre objetos sin importancia.
Lucía le tocó la rodilla con la palma abierta y emitió uno de sus sonidos, reclamando atención. Daniel la miró. La niña tenía el pelo revuelto, una mota de polvo en la mejilla y los ojos claros clavados en él con esa alegría simple de quien acaba de encontrar un tesoro sin saberlo.
Daniel le acarició la cabeza.
—Tú no sabes lo que has hecho, pequeña.
Lucía respondió con una risita y apoyó una mano sobre la caja de madera.
Daniel se limitó a reunir las postales, la foto de Rebeca y la caja pequeña, dejándolas aparte con una delicadeza casi ritual.
Luego se quedó allí sentado en el suelo, junto a su hija y al perro dormido, rodeado de restos de otra vida, mientras una sospecha nueva y silenciosa empezaba a tomar forma dentro de él.
Quizá la respuesta no estaba esperándolo en la isla.
Quizá llevaba años viajando con él, cerrada, muda, mezclada entre sus propias cosas, hasta que unas manos diminutas habían decidido abrirle por fin el camino.
Daniel esperó a que Lucía se durmiera.
No porque quisiera ocultarle nada, sino porque había empezado a comprender que ciertas verdades solo se dejan mirar del todo cuando la casa se queda en silencio.
Cuando ya no hay preguntas pequeñas, ni pasos descalzos por el pasillo, ni Dexter moviendo la cola contra una puerta.
Solo uno mismo y las cosas que han esperado demasiado tiempo.
La caja de madera estaba sobre la mesa del salón.
La había limpiado con un paño seco, lo justo para quitarle el polvo y la arena pegada en las esquinas, pero sin atreverse a borrar del todo las huellas del tiempo.
La madera tenía una veta oscura y cansada.
El cierre seguía rozado. Había algo humilde en ella, casi ridículo, como si se resistiera a convertirse en reliquia pese a todo lo que guardaba dentro.
Daniel se sentó.
No encendió la luz del techo. Le bastó con la lámpara baja del aparador y la claridad tibia que entraba desde la cocina. Delante de él fue colocando, muy despacio, las cosas que ya había sacado de la caja.
Y, por último, aparte de todo, la postal.
La que había encontrado meses atrás en aquella caja, en el último cajón del escritorio de Rebeca.
La que había enseñado a tenderos, camareros, papelerías, señoras de estanco y a todo aquel que pudiera decirle algo.
La que lo había traído hasta allí, creyendo que la respuesta estaba fuera, al final de un camino que debía recorrer, como si la vida todavía funcionara así.
La cogió entre los dedos y volvió a leerla.
«Hola, Daniel, espero que estés bien y te recuperes pronto. Formentera te echa de menos y sigue esperándote. Tal vez aquí vuelvas a ser tú. Cuídate».
La leyó una vez.
Luego otra.
Y una tercera, más despacio.
No era solo el contenido. Ya no. Era el ritmo. El tipo de pausa. La forma de elegir unas palabras y no otras. Ese « cuídate» final, tan simple, tan desnudo, tan poco dado al teatro. Daniel se quedó muy quieto.
Apoyó la postal sobre la mesa.
Después tomó una de las otras, una de las que Lucía había sacado de la caja. Le dio la vuelta. Estaba en blanco. Cogió otra. También en blanco. Una tercera. Lo mismo.
Se quedó observándolas extendidas ante él como si fuesen parte de un juego que llevaba años preparándose sin que él lo supiera.
Varias.
No una.
La voz de la mujer del estanco volvió con una claridad insolente.
De estas se vendían muchas hace años, de una en una o en sobres de cinco unidades. La gente solía llevarse varias.
Daniel cerró los ojos.
Cogió una de las postales en blanco y escribió despacio:
«Hola, Daniel».
Se quedó mirando la frase.
Debajo escribió:
«Cuídate».
Sintió un golpe seco en el pecho.
Empezó a faltarle el aire, no por miedo, sino por una certeza que todavía no se atrevía a formular. Había algo en aquellas letras —en la forma de la «H», en la inclinación de la «t», en el remate de la «e»— que le resultaba familiar.
No.
No podía ser.
Las palabras quedaron suspendidas dentro de él, golpeándolo con una suavidad brutal. No como un recuerdo completo, todavía no, sino como cuando una puerta se entreabre desde dentro y te llega una corriente de aire antiguo.
Se vio a sí mismo. No del todo, solo a fogonazos.
En Sant Francesc, quizá el último día de su viaje con Rebeca a Formentera, justo después de que Cloe se marchara sin despedirse. En una tienda pequeña, se había puesto a mirar postales girando en un expositor metálico mientras el ruido del ventilador del techo le sacudía el cerebro.
Ahora sostenía aquella misma postal entre los dedos.
Había comprado un paquete con varias y unos sellos.
Había regresado al bar de la plaza, aunque ya le costaba mucho poner un pie delante de otro.
Había pedido un whisky, luego un bolígrafo, y había estado escribiendo en servilletas, rompiéndolas después, arrugándolas con coraje y tirándolas a una papelera.
Otro whisky.