Capítulo 27 — romeo
romeo
La cala estaba vacía a esa hora. Natalia llegó primero.
Daniel se quedó más arriba, junto al sendero, fuera de la primera vista, lo bastante cerca para oír y lo bastante lejos para que Romeo no lo descubriera.
Desde allí la veía de perfil, quieta sobre la arena, con las gafas de sol en la cabeza y el bolso colgado del hombro.
No parecía nerviosa. Solo muy cansada. Como si la rabia la sostuviera mejor que el cuerpo.
Romeo apareció cinco minutos después.
En cuanto puso un pie en la arena y la vio sola, se colocó en el rostro una expresión de falso asombro, como si nada de todo lo que estaba pasando fuera con él.
—¿Me cuentas qué significa todo esto?
Natalia no se movió.
—Quiero saber qué le pasó a mi hermana.
Romeo soltó una risa seca.
—Eso ya me lo has dicho, pero ya te he explicado que no sé nada. María desapareció meses después de que lo dejáramos.
—No me mientas. Ya sé que los viste juntos.
Hubo un silencio mínimo.
—¿A quién?
—A María. Con Daniel.
La cara de Romeo cambió apenas un segundo. Fue suficiente.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
Romeo bajó la vista al móvil que ella tenía en la mano.
—Ese teléfono.
—¿Qué pasa con él?
—Déjalo allí.
Natalia frunció el ceño.
Romeo señaló una roca plana, a unos metros.
—He dicho que lo dejes allí.
Natalia no se movió.
—No estoy grabando nada.
—Me da igual. Déjalo.
Ella lo sostuvo dos segundos más, midiendo la distancia entre el impulso de mandarlo a la mierda y lo mucho que necesitaba que hablara.
—¿Y si no?
Romeo señaló con el pulgar detrás de su hombro.
—Pues me voy. Y te quedas aquí sola con tus preguntas.
Natalia apretó la mandíbula, caminó hasta la roca y dejó allí el teléfono. Romeo seguía mirando fijo la mochila que llevaba colgada del hombro.
—La mochila también.
Ella soltó una risa sin humor.
—No me toques los ovarios.
—La mochila también, niña, o me largo.
Por un segundo, Daniel, desde arriba, pensó que iba a largarse. Pero no. Natalia caminó hasta la roca otra vez, dejó la mochila junto al teléfono y volvió hacia él con las manos vacías.
—¿Contento?
Romeo ladeó apenas la cabeza.
—Depende.
—Pues habla.
El mar sonó detrás de ellos, despacio, obscenamente tranquilo.
Daniel bajó entonces por la arena y se colocó a unos metros de ambos.
Romeo giró la cabeza al verlo y se le tensó la boca.
—Tú.
—Yo —dijo Daniel.
Romeo soltó una carcajada breve, hueca.
—Pero, ¿de qué vais?
Natalia no apartó la vista de él.
—Sé que la viste con él.
—No sabéis una mierda.
—Sabemos que hablaste con ella después.
—No sabéis nada.
Daniel dio un paso.
—Entonces corrígenos.
Romeo clavó la mirada en él.
—No me hables como si esto fuera un interrogatorio.
—No lo es —dijo Daniel—. Es la última vez que alguien te pregunta con calma.
Aquello sí le tocó. A Romeo se le endureció la mandíbula.
—¿Me estás amenazando?
—No. Te estoy dando una oportunidad.
Romeo lo miró de arriba abajo con un desprecio casi alegre.
—Qué valiente te has vuelto.
Natalia dio un paso al frente.
—Mi hermana no se fue.
Romeo se volvió hacia ella.
—Por supuesto que sí. Tu hermana hacía siempre lo que le salía del coño.
La frase cayó en mitad de la cala como un escupitajo.
Natalia ni pestañeó.
—No hables así de ella.
—Hablaré como me dé la gana. Tú no tienes ni idea de cómo era tu hermana.
—Tú tampoco —dijo Daniel.
Romeo se volvió hacia él con una rapidez casi animal.
—Yo sí sabía cómo era. Mucho mejor que tú.
Daniel no apartó la mirada.
—Entonces dime qué pasó aquella noche.
Romeo negó una vez, mínima, como si quisiera echarse atrás de sí mismo.
—Ya os he dicho que no sé de qué habláis.
—Mentira —dijo Daniel.
Romeo avanzó un paso más.
—No me llames mentiroso.
—Pues mírame y dime que no los viste. Dime que no la seguiste como un perro.
El silencio esta vez fue demasiado largo.
—La viste.
Romeo soltó el aire por la nariz.
—Sí, os vi. ¿Y qué?
A Daniel se le aceleró el pulso.
—¿Y después?
—Nada.
—No —dijo Natalia, sin apartarse—. Después hablaste con ella.
—He dicho que nada.
—Decías que se fue —escupió ella—. Y en dos minutos has cambiado de versión.
Romeo se pasó una mano por la boca, nervioso ya.
—Tu hermana estaba loca.
—No.
—Sí. Siempre queriendo más. Siempre mirando fuera. Siempre creyendo que la vida estaba en otra parte.
Daniel sintió el odio subirle por el cuerpo.
—Tenía miedo.
Romeo lo miró con desprecio.
—¿Y tú qué sabes?
—Lo suficiente.
Romeo dio otro paso. Estaba ya a un palmo.
—Tú llegaste un día y, de repente, empezó a mirarme como si yo no significara nada.
Natalia se quedó helada.
—Entonces sí seguíais juntos. Y hablaste con ella después.
Romeo ya no pudo volver atrás.
—¿Qué queríais, que la dejara largarse como si nada? La seguí. Quería que me mirara a la cara. Que me dijera la verdad.
Daniel mantuvo la voz baja, pero ya no serena.
—¿Dónde?
Romeo tragó saliva.
—Más allá de las rocas. En la otra punta. Le dije que se estaba equivocando. Que al día siguiente ni se acordaría de tu cara. Pero seguía con lo mismo. Que se iba. Que estaba harta. Que no pensaba seguir conmigo.
Natalia dio un paso hacia él.
—¿Qué le hiciste?
Romeo cerró los puños.
—Quise sujetarla. Nada más.
Daniel sintió cómo se le helaba el cuerpo.
—La empujaste.
—No fue así.
—Acabas de decir que sí.
—He dicho que la agarré.
Natalia tenía ya los ojos encendidos, sin ninguna contención.
—Y cayó.
Romeo se llevó las manos a la cabeza.
—No pensé que fuera a golpearse así.
La frase quedó allí, desnuda, horrible, definitiva.
Natalia emitió un sonido seco, roto.
—La mataste.
—¡No quería matarla! —gritó él.
—La mataste —repitió ella, avanzando—. Y me dejaste años odiándola. Años pensando que nos había dejado. Pedazo de cabrón.
Romeo la miró con los ojos encendidos, ya completamente fuera de sí.
—¡Yo la quería!
—No. Tú querías tenerla.
Natalia se abalanzó hacia él con toda la furia del tiempo que llevaba pudriéndosele dentro. Daniel echó a correr, pero llegó tarde. Romeo levantó el brazo por puro reflejo brutal y le cruzó la cara de una bofetada tan fuerte que Natalia cayó de lado sobre la arena.
—¡Natalia!
Lo siguiente ocurrió sin pensamiento. Solo cuerpo.
Daniel le soltó un puñetazo seco en la boca. Romeo trastabilló, cayó de rodillas y escupió sangre.
Pero no cayó del todo.
Con una velocidad ciega, animal, se lanzó contra Daniel, lo agarró del pecho y lo tiró al suelo de espaldas sobre la arena húmeda. El golpe le vació el aire de los pulmones.
Y entonces empezó a pegarle.
Un puñetazo.
Otro.
Otro más.
Daniel apenas tuvo tiempo de cubrirse la cara con los antebrazos antes de sentir el sabor de la sangre en la boca.
—¡Hijo de puta! —gritaba Romeo, montado sobre él—. ¡Hijo de puta!
Daniel intentó apartarlo, girar el cuerpo, sacárselo de encima, pero Romeo estaba ya ciego, descargando años de celos, de vergüenza y de odio con los nudillos.
Natalia se levantó a medias, tambaleándose, y se lanzó sobre ellos.
—¡Lo vas a matar! —gritó, tirando de su hombro—. ¡Para, Romeo! ¡Para!
Romeo se volvió y la apartó de un manotazo tan brutal que ella cayó otra vez sobre la arena. Intentó incorporarse y él le soltó un golpe seco con el revés de la mano que la dejó sin aire.
—¡Cállate! —rugió.
Daniel vio a Natalia doblarse sobre sí misma, escuchó un zumbido extraño dentro de la cabeza y sintió de golpe una rabia tan limpia que por un segundo dejó de notar el dolor. Se arqueó como pudo, intentó girar, pero Romeo le estampó otro puñetazo.
—Ese es tu sitio, tirado en la arena como tu puto perro —dijo Romeo.
Daniel se quedó quieto un segundo.
—¿Qué has dicho?
—Sí, tu perro. Yo lo envenené y también lo salvé. Tuve su vida en mis manos. Y ahora también tengo la tuya.
Daniel notó que algo le subía por el pecho, una mezcla de rabia y vértigo, como si de repente todo encajara en el peor sitio posible.
—Eres un hijo de puta —murmuró, apretando más fuerte.
Romeo lo miró con los ojos brillantes de odio.
—Quería que supieras lo que se siente. Mirar a alguien que quieres y saber que vas a perderlo.
Daniel le dio un empujón seco y Romeo se derrumbó en la arena.
—¿Y qué culpa tenía él? —escupió—. ¿Qué culpa tenía Dexter? Solo es un perro.
Romeo sonrió con la boca rota.
—Exacto. Solo es un perro.
Eso fue peor que cualquier insulto.
Daniel comprendió que acababa de mirar de frente a una clase de maldad que nunca había conocido.
Entonces se encendieron las linternas.
—¡Guardia Civil!
—¡Quieto!
—¡Al suelo!
Dos agentes bajaron a toda prisa por el sendero. Uno se lanzó sobre Romeo derribándolo al suelo y el otro se plantó como un muro en medio de la tormenta.
Romeo forcejeó, cegado, escupiendo sangre.
—¡Suéltame! ¡Suéltame, joder!
—¡Estate quieto! —rugió uno de los guardias, doblándole el brazo a la espalda.
El chasquido de las esposas cortó la noche.
—Romeo Gallo, queda detenido. No oponga resistencia.
—¡Yo la quería! —aulló él, ya descompuesto—. ¡La quería, joder!
Lo repetía como un animal herido mientras seguía forcejeando.
El otro agente se arrodilló junto a Natalia.
—¿Estás bien? ¿Me oyes?
Ella no respondió enseguida. Miraba a Romeo sintiendo por fin esa verdad que tanto anhelaba. Tenía la mejilla roja, la respiración rota y un hilo de sangre en el labio.
Daniel intentó incorporarse, pero al ponerse de lado todo le dio una vuelta. Se llevó una mano a la cara y al separarla la vio llena de sangre.
—Joder… —murmuró, sin aire.
Bajó rápido una tercera guardia, cogió su radio y empezó a hablar por la emisora con voz rápida y seca.
—Tenemos dos heridos. Repito, dos heridos. Varón con posible traumatismo y desorientación. Mujer agredida, consciente. Enviad ambulancia, acceso por el sendero norte.
Daniel se quedó sentado en la arena, doblado un poco sobre sí mismo, respirando a golpes. Le pitaban los oídos. Notaba la sangre bajándole por la ceja y el pómulo empezó a inflamarse.
Natalia, entre lágrimas y desesperada, gritó:
—¡Romeo, dime, por favor, dónde está! ¿Dónde está mi hermana?
Romeo se giró hacia ella con una mirada violenta y desdichada, propia de un animal al que están a punto de vencer.
Y señaló con sus manos ensangrentadas hacia el mar oscuro.
Primero al horizonte, luego hacia el este, al oeste…
Y terminó, con una media sonrisa propia de los peores villanos, señalando la arena bañada con la sangre.
—¡Hijo de puta! ¡Cabrón! —gritó Natalia.
Luego cayó al suelo y se arrastró poco a poco hasta poder abrazar a Daniel.
—¡Daniel! ¡Daniel!
Él giró la cabeza hacia ella con esfuerzo.
—¿Estás… bien?
—No.
Miró el agua. Miró las rocas. Miró el lugar exacto donde, quizá, su hermana había visto por última vez el cielo de la isla.
—Pero ahora ya sé por qué.
Daniel cerró los ojos un segundo. La sirena de la ambulancia sonaba todavía lejos, muy lejos.
Abrió los labios despacio.
—Qué putada.
Natalia volvió la cara hacia él.
—¿Qué?
Daniel escupió sangre en la arena.
—La confesión. Qué putada que no se haya grabado.
Durante un instante, Natalia no dijo nada.
Y luego, contra toda lógica, empezó a reírse.
No era una risa limpia ni alegre, era una risa dolorida, amarga. Daniel abrió los ojos como pudo y la miró sin entender.
—¿Qué te pasa? —murmuró.
Natalia negó con la cabeza, todavía riéndose por debajo del dolor. Metió la mano dentro de la cintura del pantalón, por la parte de atrás, y sacó un teléfono pequeño, antiguo, con la carcasa arañada.
Daniel tardó dos segundos en entenderlo. Luego la miró fijamente.
—No jodas.
Natalia sonrió con el labio partido.
—El otro era el nuevo, este es antiguo, me lo regaló mi hermana y nunca quise desprenderme de él.
Daniel la miró, aturdido.
—¿Lo has grabado?
Natalia apoyó la cabeza un segundo en la arena y cerró los ojos, todavía sonriendo con una tristeza salvaje.
—Todo.
Daniel soltó una risa breve que le dolió en el pecho.
—Joder.
A unos metros, Romeo seguía farfullando y agitándose entre los agentes:
—¡Mira, asesino de mierda! ¡Has caído en la trampa, lo he grabado todo!
Natalia volvió la cara hacia Daniel. La risa se le apagó despacio. Lo que quedó fue otra cosa. No paz, todavía no. Pero sí una grieta nueva en el odio.
—Ya no importa lo que diga ahora —susurró.
La ambulancia entró por fin en la cala, levantando arena y eco.
Y por primera vez en muchos años, Natalia sintió que a su hermana acababan de devolverle algo más que un nombre: la verdad.
Aquella noche, cuando por fin volvió a casa, Daniel salió al porche con el móvil en la mano. Tenía arena todavía en los zapatos y un cansancio tan hondo que apenas distinguía entre el alivio y el dolor. Llamó a Ana.
—¿Sí? ¿Qué pasa Daniel? Es muy tarde, no me asustes.
Daniel no respondió enseguida.
—Ya está.
Hubo un silencio corto.
—¿Qué ha pasado?
Él se pasó una mano por la cara.
—Ha hablado.
Ana se incorporó en la cama.
—¿Quién? ¿De qué hablas?
—De Romeo.
Y le conto a Ana todo lo que había pasado.
—Dios mío —dijo al fin.
—¿Natalia está bien?
Daniel tardó un segundo en responder.
—No. Pero ahora por lo menos sabe por qué.
—¿Y tú?
Daniel miró hacia la oscuridad del jardín.
—No sé. Estoy raro. Como si hubiera esperado tanto esta verdad que ahora no supiera dónde ponerla.
Ana no dijo nada durante unos segundos.
—¿Te sientes culpable?
—Un poco sí. Aunque sé que no tiene sentido. Pero estaba allí. Formé parte de esa tragedia. Y luego me fui con mi vida pensando que lo mío con ella había sido solo una historia más.
—No podías saberlo.
—Ya.
—No, Daniel. Escúchame. No podías saberlo.
Él apoyó la nuca en la pared.
—A veces parece que todo lo que toca mi vida viene con un compartimento secreto.
Ana cerró los ojos al oír eso.
—Y tú siempre acabas buscando.
La frase no fue un reproche.
Daniel se quedó callado.
Ana habló más bajo:
—No te lo digo para hacerte daño. Te lo digo porque cada vez que algo se rompe a tu alrededor, tú no sabes marcharte. Te quedas hasta encontrar el hueso.
—¿Y eso es malo?
Ella tardó en responder.
—No lo sé. Supongo que depende de si un día también quieres vivir.
Daniel bajó la vista hacia Dexter, que estaba dormido.
—Hoy no me pidas que elija.
—No te estoy pidiendo nada.
Se hizo un silencio largo.
—Ana…
—Dime.
—Gracias por cogerme el teléfono siempre.
Al otro lado, ella sonrió sin alegría.
—No digas «siempre» tan a la ligera.
Daniel notó el pequeño golpe de la frase.
—Tienes razón.