Capítulo 26 — maría #3
—No lo aprietes demasiado todavía —dijo Daniel—. Si ve una trampa muy clara, no aparece.
Natalia alzó la vista hacia él.
—¿Y si no viene?
Daniel sostuvo su mirada.
—Vendrá. Lo que no sabemos es en qué estado.
Ella volvió al teléfono. Se mordió un segundo el interior del labio y escribió más despacio esta vez:
«Necesito saber qué pasó y tú puedes ayudarme. Esto es entre tú y yo, paso de la policía porque no hicieron nada en su momento para buscarla. Quiero cerrar el tema, pero si no quieres hablar, me plantaré con una tienda de campaña delante de tu bar y no me iré hasta que cruces la puerta».
Daniel leyó el mensaje y asintió.
—Bien.
—¿Sí?
—Sí. Ya no es solo acusación. Ahora le estás dando una salida.
Natalia pulsó enviar y se guardó el móvil en el bolsillo trasero del pantalón, como si no quisiera seguir mirándolo.
—Si viene —murmuró—, le voy a arrancar la cabeza.
—No.
—No me digas que no.
—Te lo digo precisamente porque te conozco ya lo suficiente.
Natalia tenía los ojos enrojecidos y una expresión joven pero muy dañada. Daniel vio en ella no a la mujer áspera que había aprendido a defenderse con rabia, sino a una hermana pequeña a la que le habían dejado una herida demasiado grande para su edad.
—¿Tú sabes lo que es pasarte años odiando a la persona equivocada? —preguntó.
Daniel no contestó enseguida.
—No —dijo al final—. Pero sé lo que es vivir dentro de una verdad falsa. Y cuando se cae, arrastra todo lo demás.
Natalia bajó la mirada. El móvil volvió a vibrar. Esta vez no lo sacó enseguida. Respiró una vez, hondo, y solo después lo leyó.
«No pienso hablar de esto por teléfono».
Daniel sonrió sin alegría.
—Ya está dentro.
Natalia levantó la pantalla hacia él.
—Todavía no ha dicho que sí.
—Porque necesita creer que sigue controlando la situación.
Escribió de nuevo:
«Entonces podemos quedar esta noche los dos solos».
La respuesta llegó casi al instante.
«Ni de coña».
Natalia bufó.
—¡Hijo de puta!
Daniel le tendió la mano.
—Déjame.
Ella dudó un segundo, pero terminó dándole el móvil. Daniel escribió sin levantar mucho la vista:
«No quiero hablar en el pueblo. Ni delante de nadie. Solo quiero cerrar esto. Si no vienes, mañana iré donde tenga que ir, tú sabrás».
Daniel le devolvió el teléfono.
Natalia dio otra calada.
—¿Y si viene borracho?
—Puede.
—¿Y si viene agresivo?
—Puede.
—¿Y si no viene solo?
—Entonces nos largamos.
Ella lo miró como si quisiera creerlo y no pudiera.
—No voy a largarme.
—Pues te arrastro si hace falta.
Natalia sonrió de medio lado, cansada.
—Qué romántico.
Daniel no le devolvió la sonrisa.
—Natalia, mírame.
Ella lo hizo.
—Esto no es una película. No vamos a vengar a María. Vamos a conseguir que hable. Solo eso.
Los ojos de Nata brillaron un segundo.
—Solo eso.
El móvil vibró otra vez.
Los dos lo miraron como si pudiera explotar y Natalia abrió el mensaje.
«¿Dónde?».
Durante un segundo ninguno habló. Luego ella alzó la vista.
—Ha dicho que sí.
Daniel respiró hondo, pero la tensión no aflojó. Al contrario.
—Vale. Ahora no te emociones y no te vengas arriba. Piensa.
Natalia miró al suelo un instante. Luego dijo:
—La playa.
—¿Cuál?
—La misma zona. No la cala grande. La otra, la más resguardada. Donde casi no baja nadie de noche.
Daniel frunció el ceño.
—¿Por qué ahí?
—Porque si de verdad la vio contigo aquella noche, ese sitio le va a tocar algo por dentro. Y porque querrá creer que, si voy a hablar de María, prefiero hacerlo lejos del pueblo.
Daniel lo pensó dos segundos y asintió.
—¿Hora?
Natalia miró el cielo.
—Ya de noche. A las diez y media.
—Mejor a las once.
—¿Por qué?
—Menos gente. Más oscuridad. Más posibilidades de que se sienta seguro.
Natalia escribió:
«En la cala pequeña. Le gustaba mucho a María. A las once».
Se quedó mirando la pantalla antes de enviarlo.
Esta vez la respuesta tardó apenas treinta segundos.
«Solo puedo escaparme del bar media hora. Y si veo a alguien, me largo».
Natalia levantó los ojos del móvil. El temblor le había vuelto a las manos.
—Ya está.
Natalia guardó el móvil y se pasó una mano por la cara.
—Me da miedo.
Daniel la miró.
—Lo sé.
—Y pensar en verlo me da un asco… Si me dice a la cara que la mató…
La voz se le quebró justo ahí.
Daniel tardó un segundo en responder.
—¿Matarla? Entonces no habrás imaginado nada. Y eso, aunque te destroce, también te va a sacar de esa oscuridad.
Natalia negó con la cabeza.
—Ojalá pudiera odiarlo sin más. Sin todo esto en medio.
Daniel desvió la mirada hacia la carretera vacía.
—Ojalá.
Mientras se alejaban del cuartel, el sol terminaba de caer sobre la isla.
De regreso a casa, Daniel ya no pensaba en Cloe, ni siquiera en las casualidades que lo habían llevado hasta allí.
Pensaba en una sola cosa: a las once de la noche iban a enfrentarse con el hombre que quizá sabía qué había pasado con María.
Y si hablaba, todo cambiaría. Para Natalia.
Para él. Para todos. Formentera seguía siendo un paraíso, sí.
Pero Daniel empezaba a entender que debajo de tanta luz también sabía esconder muy bien sus sombras.