Poseidonia Capítulo 26 — maría #2
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Capítulo 26 — maría #2

—Porque mi hermana cambiaba cuando él la llamaba. Cuando tenía que volver con él. Se medía más. Miraba más alrededor. Contestaba demasiado rápido. Como si llevara a alguien dentro corrigiéndole los movimientos.

Daniel notó un escalofrío.

—Nunca me habló de él.

—Claro que no. —Natalia soltó aire por la nariz—.

Mi hermana no hablaba de las cosas feas hasta que ya le estaban ahogando.

Se quejaba de que siempre le preguntaba demasiado: dónde había estado, con quién, por qué tardaba, quién la llamaba.

Y luego venían las disculpas, los regalos, el «es que te quiero», el «es que me pongo nervioso». Ya sabes.

Daniel asintió muy despacio.

—Una vez me dijo que con él todo era fácil cuando estaba bien —continuó Natalia—. Pero que, cuando no lo estaba, era como andar descalza sobre cristales sin saber dónde ibas a pisar.

El silencio cayó entre los dos como una verdad desesperada.

—Entonces pudo vernos —dijo Daniel.

—Os vio. O la siguió. O estuvo lo bastante cerca como para notar que algo pasaba. Pero si mi hermana te dijo que no quería que la vieran contigo, estaba pensando en él.

Lucía apareció entonces en el borde del jardín con una rama en la mano.

—Papi, quiero agua —dijo, mirando el vaso de Daniel.

Esas palabras cortaron la escena lo justo para que ambos respiraran. Daniel se lo dio. La niña bebió con las dos manos y volvió a irse detrás de Dexter.

Cuando se quedaron solos otra vez, Natalia habló más bajo:

—¿No te parece demasiada casualidad que el cabrón de Romeo estuviera con ella y que, después, mi hermana desapareciera? Lo voy a matar.

La frase no salió teatral. Salió limpia. Por eso fue peor.

Daniel se incorporó despacio.

—Natalia, espera. No sabemos seguro que fuera él. Quizá me confunda con la pulsera.

—Llevo años odiando a la persona equivocada. Mi hermana. Y él estaba ahí. Todo este tiempo estaba ahí.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Lo miró con los ojos ardiéndole—.

No sabes lo que es descubrir que has construido tu vida sobre una mentira.

Yo pensaba que mi hermana nos había dejado.

Que a mí me había dejado. Y ahora apareces tú, con esa cara de muerto, con tu playa y tus recuerdos, y resulta que quizá mi hermana tenía miedo.

Quizá estaba atrapada. Quizá la vio él. O hizo que desapareciera o sabe dónde está. Seguro.

No pudo seguir. Se llevó una mano a la boca.

Daniel dio un paso, pero no llegó a tocarla.

—Vamos a la policía.

Natalia levantó la vista.

—¿Con qué? ¿Con una sospecha?

—Con lo que haya. Pero no vas a ir a por él sola.

Ella soltó una risa seca.

—Quiero que sufra.

—Lo sé.

—Quiero arrancarle la verdad.

—Entonces no vayas a por venganza. Ve a por la verdad.

Natalia respiró hondo. Detrás de ella, los viñedos seguían quietos, el calor seguía suspendido en el aire, la casa blanca seguía siendo la misma. Pero algo ya no estaba en su sitio.

Al final asintió.

—Vale, vamos —dijo.

Y al decirlo, Daniel entendió que acababan de entrar en una historia mucho más antigua y mucho más oscura que él mismo.

El cuartel de la Guardia Civil olía a aire acondicionado viejo, papel y café recalentado.

Las paredes devolvían una luz blanca amarillenta pero fría, de esas que vuelven todavía más pálida a la gente cansada.

Natalia y Daniel llevaban un rato sentados frente a una mesa metálica mientras un guardia tomaba notas con una calma que a ella empezaba a parecerle ofensiva.

La primera frase salió demasiado deprisa, precipitada.

—Creo que sé quién mató a mi hermana.

El agente había levantado la vista con esa paciencia curtida de quien ha oído ya demasiadas veces palabras enormes apoyadas sobre muy poco.

—No vale con creer, hay que demostrar. Necesito nombres y hechos concretos.

Daniel intervino entonces explicando sin mucho éxito todo lo que había ocurrido:

el encuentro en la playa;

el miedo de María a que la vieran;

su relación con su pareja;

las sospechas de Natalia;

la desaparición;

los años de silencio.

Cuando terminaron, el agente dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Voy a ser claro con ustedes. Con esto se puede tomar declaración, dejar constancia y revisar lo que hubiera del expediente original. Pero si no aparece una prueba nueva o una confesión, no esperen milagros.

Natalia apoyó las dos manos en la mesa.

—Mi hermana no se fue. Alguien la mató.

—Señorita, yo no le estoy diciendo que no. Le estoy diciendo que necesito algo más que una intuición para mover algo así.

—No es una intuición.

—Pues conviértala en algo que pueda sostenerse.

Hubo un silencio corto. Una guardia que había escuchado casi toda la conversación sin intervenir cerró despacio la carpeta que tenía delante.

—Después de varios años —dijo—, a veces lo único que mueve de verdad una investigación es una confesión, una prueba material, o una contradicción muy obvia.

Natalia levantó la cabeza.

Daniel la miró.

El primer agente resopló.

—No hagan ninguna tontería.

Daniel habló antes de que ella pudiera hacerlo.

—¿Y si hablamos con él?

—Yo no les he dicho que hagan eso.

—Ni yo —añadió la guardia—. Pero si se produce una conversación y uno de ustedes está en ella, ya se verá lo que puede o no puede servir. Pero no hagan una locura.

Salieron a la calle y Natalia se encendió un cigarro con las manos temblando.

—Una confesión —murmuró—. Como si la verdad fuera algo que se pudiera pedir por ventanilla.

Daniel la observó.

—No vas a matarlo.

Ella soltó humo por la nariz.

—No prometo nada.

—Prométeme al menos que no irás sola.

—¿Te preocupa mi integridad o tu conciencia?

—Las dos.

—Qué completo.

Daniel se acercó un poco más.

—Lo digo en serio.

—A mí tampoco me gustaba que mi hermana estuviera con él y mira.

La frase lo dejó quieto.

Natalia apagó el cigarro contra una jardinera y sacó el móvil.

—Mándame su teléfono. Ahora.

Daniel sacó su móvil y le envió el contacto de Romeo.

Natalia escribió despacio:

«Hola Romeo, soy Natalia, la hermana de María. Sé que tu fuiste su pareja y me gustaría hablar contigo de ella».

Se lo enseñó a Daniel.

Él leyó el mensaje y asintió.

—Va a venir.

Natalia pulsó enviar.

—Sí —dijo guardándose el móvil—. Eso es lo que me da miedo.

Daniel no respondió. El calor de la tarde seguía cayendo sobre ellos con esa pesadez inmóvil de las horas en que la isla parece vaciarse de gente y quedarse solo con la luz.

Natalia volvió a encenderse otro cigarro casi de inmediato.

Se quedó mirando la pantalla del teléfono como si pudiera obligarla a responder antes.

Tardó menos de un minuto, el móvil vibró en su mano. Natalia bajó la vista. Daniel dio un paso hacia ella sin pedir permiso y leyó por encima de su hombro.

«Hola Natalia, lo siento pero no sé de qué me hablas. María y yo tuvimos solo un lío pasajero hace años».

Daniel soltó el aire por la nariz.

—Ha picado, pero se está haciendo el listo.

Natalia no apartó los ojos de la pantalla.

—No. Se ha asustado.

Escribió enseguida, sin dejarse tiempo para pensar demasiado:

«¿Por favor? Necesito respuestas».

Lo envió, y esta vez tardó más en llegar la respuesta. Tres minutos. Cuatro. El silencio entre ellos se fue tensando a la misma velocidad que el humo del cigarro de Natalia se consumía entre sus dedos.

Volvió a vibrar.

«Yo no puedo ayudarte, lo siento. No me escribas más».

Natalia soltó una risa seca.

—Cobarde.