Capítulo 26 — maría
maría
Un día, Natalia estaba en el porche viendo fotos en el móvil. Tenía su vista clavada en la pantalla como si se fuesen a borrar, como si nunca más fuera a verlas, con nostalgia.
Daniel salió de la cocina con dos vasos de agua y la vio inclinada sobre el teléfono. Estuvo a punto de decir cualquier tontería para no entrar de golpe en aquel silencio, pero al acercarse le vio la cara.
No estaba simplemente triste.
Estaba rota.
Se sentó a su lado sin hablar y le tendió uno de los vasos. Natalia lo aceptó con la mano libre, sin dejar el móvil, y bebió un sorbo mínimo.
—Gracias —murmuró.
Daniel no preguntó nada al principio. Esperó. La conocía ya lo suficiente como para saber que con personas así el consuelo entra mejor por el silencio que por las frases bienintencionadas.
Natalia pasó una foto lentamente con el pulgar.
Luego otra.
Y otra más.
Daniel no alcanzaba a ver bien las imágenes desde donde estaba, solo el reflejo del sol sobre la pantalla y una sucesión de colores neutros: piel morena, una camiseta clara, arena, pelo al viento.
—Hay días en que casi consigo no pensar en ella —dijo Natalia al fin, sin levantar la vista—. Días en que me convenzo de que ya está, de que he aprendido a vivir con esto. Pero luego cojo el móvil, me sale una foto suya, o paso por un sitio donde estuvo conmigo, y vuelvo a tener dieciséis años.
Daniel siguió callado.
Natalia tragó saliva.
—Cuando mi hermana desapareció, yo era una cría.
Lo bastante mayor para entender que algo iba mal, pero no lo bastante para ponerle nombre.
En casa nadie decía la palabra exacta. Nadie decía abandono, huida, ni miedo.
Solo silencio. O frases sueltas: «Ya volverá», «tu hermana es así», «no remuevas».
Y yo crecí en medio de eso, intentando decidir si tenía que echarla de menos o enfadarme con ella.
Se secó una lágrima con rabia, como si llorar le molestara.
—Al final elegí enfadarme. Era más fácil. Más limpio. Pensar que se había ido porque quiso, que nos había dejado tirados, que le importábamos una mierda. Si me lo repetía lo suficiente, no tenía que pensar en lo otro.
Daniel apoyó el vaso en la mesa.
—¿En qué otro?
Natalia levantó la vista hacia él.
—En que a lo mejor no pudo volver.
La frase se quedó entre los dos con todo su peso.
—Mis padres también prefirieron la versión fácil —continuó—.
Mi madre lloraba, claro. Mi padre se encerraba.
Pero al final, en el fondo, era más cómodo decir que mi hermana era una egoísta que aceptar que quizá no vimos lo que teníamos delante.
Y yo… yo les seguí. Porque era más fácil odiarla que vivir en un agujero.
Bajó otra vez la vista al móvil.
—He pasado media vida construyéndome contra ella. Contra su recuerdo. Contra su ausencia. Como si enfadarme me hiciera menos daño. Y ahora, cada vez estoy menos segura de nada.
Lucía soltó una carcajada desde el jardín mientras mareaba a Dexter con una rama. Natalia giró un segundo la cabeza hacia ese sonido y sonrió con una tristeza tan joven que dolía verla.
Daniel habló muy bajo.
—¿Me enseñas alguna foto?
Natalia dudó un instante. Luego acercó el móvil.
Primero apareció una niña en bañador, desdentada, con el sol en la cara.
Después una adolescente con una camiseta de rayas y el pelo largo.
Luego una mujer joven, en una playa, con unas gafas de sol subidas a la cabeza y una sonrisa ladeada que a Daniel le golpeó el pecho antes incluso de que pudiera pensar.
Se quedó inmóvil.
Natalia pasó a la siguiente.
Y Daniel ya no tuvo ninguna duda.
—Es Cloe.
Natalia levantó la cabeza muy despacio.
—No —dijo, con la voz gastada por años de duelo y rabia—. Es María.
El nombre cayó entre los dos como una piedra.
Daniel bajó la vista otra vez a la pantalla. La mujer de las fotos seguía sonriendo desde un verano lejano, desde una vida que él creía casi suya y que, de golpe, acababa de abrirse hacia otro dolor mucho más grande.
—Tu hermana… —murmuró.
Natalia asintió.
—Sí. Mi hermana.
Daniel tardó unos segundos en encontrar el aire.
—Yo… la conocí aquí.
—Ya. —Lo miró fijo, con los ojos todavía húmedos—. Algo me decía que tú no eras casualidad.
Daniel tardó unos segundos en reaccionar después de ver las fotos. Seguía con la imagen abierta dentro, como si la cara de Cloe —o de María, ahora— se hubiera quedado flotando nítida delante de él.
—Habla —dijo Nata. —La voz le salió ronca, quebrada por dentro.
Daniel miró un momento hacia las viñas, esas líneas ordenadas de tierra seca, como si necesitara apoyarse en algo quieto antes de decirlo.
—La conocí en una playa —dijo al fin—. Yo había venido con Rebeca a Formentera en un intento bastante triste de arreglar lo que ya estaba roto entre nosotros.
Me estaba bañando y ella se tumbó cerca de donde estaba mi toalla.
Me miró como si ya supiera algo de mí. O como si no le importara lo más mínimo saberlo.
—Empezamos a hablar —continuó Daniel—. Al principio de cualquier cosa: del calor, de la isla, de tonterías. Luego volvimos a encontrarnos. Y después otra vez. Para mí se llamaba Cloe. Nunca me dijo que tuviera otro nombre.
Natalia soltó una risa amarga.
—Qué cómodo —dijo Nata.
—No fue algo calculado.
—¿Y cómo fue? —preguntó ella, sin apartar la mirada—. Porque yo solo veo esto: mi hermana conoció a un hombre, empezó una historia con él y después desapareció. Otro verano, otro hombre y otro desastre.
Daniel aguantó el golpe sin apartarse.
—No fue un juego para mí.
—Pero tampoco fue tu vida entera.
La frase le dio de lleno. Daniel respiró hondo.
—No.
Natalia se puso de pie y dio dos pasos hasta el murete de piedra seca. Se quedó de espaldas a él, mirando el camino blanco que cortaba los viñedos.
—¿La besaste? —preguntó.
Daniel tardó un segundo.
—Sí.
Natalia asintió muy despacio, como si aquella respuesta no la sorprendiera, pero aun así la hiriera.
—Claro que sí.
—Natalia… —dijo Daniel con delicadeza.
Ella se volvió de golpe.
—No digas mi nombre como si eso arreglara algo.
¿Tú sabes lo que ha sido crecer aquí con la historia de mi hermana pegada a la cara?
¿Sabes lo que es que todo el mundo te mire como si formaras parte de una familia marcada, rara, medio rota?
¿Sabes lo que es pasarte años escuchando que se fue porque quiso, que era una egoísta, que siempre fue incapaz de quedarse quieta, mientras tú intentas no pensar que tal vez la asustaba algo, o alguien, y nadie hizo nada?
Daniel bajó la cabeza un instante.
—No.
—No. —Natalia dio un paso hacia él—. No tienes ni idea.
Así que no me hables como si esto fuera una historia triste de verano que te duele recordar.
Para mí es mi hermana. ¡Mi hermana! Y si tú estuviste en la última parte de su vida, no pienso tratarte con delicadeza. ¿Qué pasó el último día que la viste?
La pregunta dejó a Daniel inmóvil. Luego, apoyó los codos en las rodillas, inclinándose un poco hacia delante.
—Estábamos en la playa. Tu hermana apareció o quizá ya estaba por allí, no lo sé. Hablamos. Más de lo que habíamos hablado hasta entonces. Nos besamos. Le vi unos moratones y le pregunté de qué eran. Y, de repente, cambió.
Natalia frunció el ceño.
—¿Cambió cómo?
—Como si, de pronto, yo hubiera descubierto una realidad que ella no quería ver.
O algo peor. —Daniel se pasó una mano por la nuca—.
Empezó a mirar alrededor. Hacia las rocas.
Hacia la parte alta de la playa. Ya no estaba tranquila.
Me dijo que no quería que la vieran conmigo y salió corriendo sin más.
Yo la seguí, le pedí que esperara, pero ella se giró y me gritó, llorando, que me quedara donde estaba. Y esa fue nuestra despedida.
Natalia se quedó completamente quieta.
—¿Pero no te dijo quién había sido?
—No. No me lo dijo. Y yo no pregunté. Nunca he tenido claro si fue por preguntarle por los moratones, por querer saber más de lo que me correspondía o si era por vergüenza. Pero no era eso. O no solo eso.
Daniel se quedó un instante en silencio.
—Espera, espera —dijo—. Enséñame las fotos de nuevo. La que sale María con unos amigos.
Natalia lo miró, extrañada, pero buscó en el móvil y giró la pantalla hacia él.
—¿Esta?
—Sí, esa, amplíala.
* * *
En la imagen aparecía María, riéndose junto a varias personas en una terraza. Al fondo, medio cortado por el encuadre, se veía un hombre. No se le distinguía bien la cara, pero una de sus manos descansaba sobre el hombro derecho de María. En la muñeca llevaba una pulsera de cuero trenzado.
Daniel sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—Yo sé quién es.
Natalia levantó la vista.
—¿Quién?
—Romeo.
Ella parpadeó, sin entender.
—¿Qué?
Daniel señaló la pantalla.
—Esa pulsera, se la he visto varias veces. Un día hasta le pregunté dónde se la había comprado porque me gustaba.
Natalia le arrebató el móvil casi de las manos y amplió la foto más con los dedos.
—No puede ser, ¿seguro?
—Sí, estoy seguro, es su pulsera.
—No puede ser —repitió, pero la voz ya no sonaba convencida.
Daniel esperó.
Ella cerró los ojos un instante y, cuando volvió a abrirlos, había en ellos una claridad distinta, más fría, más peligrosa.
—El Bicho —susurró.
—¿Qué?
—Así le llamaba mi hermana. El Bicho. Yo pensaba que era una tontería de pareja, un mote cariñoso, una de esas gilipolleces que solo entienden dos personas cuando están juntas. Nunca me dijo su nombre. Nunca me dijo «se llama Romeo». Solo hablaba de él así. Lo mismo se avergonzaba.
Daniel se quedó callado.
Natalia volvió a mirar la foto.
—Romeo, hijo de la gran puta. Romeo.
—¿No lo sabías? —preguntó Daniel.
—No. —La palabra salió seca, casi violenta—. No lo sabía. Te lo juro.
Daniel asintió muy despacio.
—Era su pareja —dijo ella—. O su puto vigilante. Llámalo como quieras. Nunca me lo presentó.
Se pasó una mano por la boca.
—Al principio hablaba de él como del típico hombre que le gusta a todo el mundo. Seguro, gracioso, de esos que saben ocupar una terraza entera solo con sentarse. Pero a mí siempre me dio mala espina.
—¿Por qué?