Capítulo 25 — resplandor #3
—¿Sabe qué es lo peor? —murmuró. —Que llevo meses intentando entender qué pasó.
Qué recuerdo me faltaba. Qué señal no vi.
Qué hice mal. He dado tantas vueltas a aquella noche que ya ni sé cuántas versiones me he contado.
—Se pasó una mano por la cara—. Y ahora resulta que todo fue una estupidez.
Una mujer borracha, sentada en mi porche, jugando a estar cerca de una vida que no era la suya.
Al otro lado de la línea, Alonso tardó un segundo en hablar.
—A veces las tragedias son exactamente eso. No grandes planes. No monstruos. Solo gente rota haciendo cosas imperdonables.
Daniel tragó saliva. Le dolió aquella frase precisamente porque sonaba cierta.
La frase no consolaba nada, pero por lo menos tenía el peso seco de algo firme. Daniel respiró hondo.
Se hizo un pequeño silencio y luego fue el propio inspector quien volvió a hablar, con un tono algo más práctico.
—Y hay una cuestión más que le conviene saber, aunque ahora le parezca lo menos importante del mundo.
Daniel frunció apenas el ceño.
—Dígame.
—Que haya aparecido una tercera persona responsable nos obliga a informar a su seguro. En principio no tiene por qué haber problema si ya ha cobrado su indemnización, la aseguradora será la que posiblemente le reclame a ella.
Daniel se quedó quieto.
No sintió alivio, no exactamente. Pero sí algo parecido a que una de las piezas del desastre, al menos una, dejaba de flotar en el aire.
—No se le da muy bien consolar, inspector.
—No me pagan para eso.
—Ya.
Se hizo un último silencio, más humano que los anteriores.
—Daniel —dijo entonces Alonso, con una voz apenas distinta—. Intente no quedarse solo con la idea de que todo fue absurdo. Lo fue, sí. Pero también fue grave. Y ahora, por fin, tiene una verdad concreta con la que puede empezar a colocar las cosas.
Daniel miró por la ventana. Todo estaba limpio, inmóvil, sereno. Como si el mundo no acabara de partirse otra vez.
—Lo intentaré —dijo.
Colgó despacio.
Dejó el teléfono sobre la encimera y se quedó allí unos segundos, sin moverse, notando cómo el peso de la conversación iba cayendo dentro de él. No había alivio. No había justicia todavía. No había paz. Solo una forma nueva del mismo dolor.
Dexter se levantó y fue hasta él. Le apoyó el hocico en la pierna.
Daniel bajó la vista, le acarició la cabeza y murmuró:
—Yo tampoco lo entiendo, Dex.
Luego alzó la mirada hacia el pasillo, hacia el cuarto donde dormía Lucía, y supo que, aunque la verdad hubiera llegado por fin, la tarea seguía siendo la misma.
No reconstruir solo un hogar.
Reconstruir su vida entera.
Por la tarde, Daniel decidió compartir con Ana lo sucedido.
No la llamó nada más colgar con el inspector.
Necesitó horas. Necesitó sentarse, caminar y caminar por la casa y el jardín, mirar a Lucía jugar y aceptar que la verdad final no venía de un monstruo perfecto, sino de un error miserable y humano.
Solo al caer la noche se atrevió a marcar el número de Ana.
—Hola.
Daniel notó algo distinto en el tono. No frío. Solo más cansado.
—Hola.
—¿Qué ha pasado?
Él apoyó la espalda en la pared del porche.
—Ya sé qué pasó en el incendio.
Hubo un silencio largo.
—Fue Eva ¿no? —preguntó ella al fin.
—Sí.
Ana cerró los ojos.
—Joder, veo que lo tenías bien claro.
Daniel oyó cómo soltaba el aire.
—No fue como pensé tantas veces. Ni como temí. Nadie entró a matar a nadie. Fue un accidente. Una cadena de estupideces. Pero luego huyó. Y calló.
Ana no respondió enseguida.
—Eso no lo hace menos grave.
—No.
—Solo más triste.
Daniel bajó la cabeza.
—Sí. Más triste.
Se hizo un silencio.
—¿Cómo estás? —preguntó Ana.
Daniel tardó.
—Vacío.
La respuesta salió tan limpia que ni él mismo la esperaba.
—No enfadado. No aliviado. Ni siquiera roto. Vacío.
Ana apoyó la frente en la ventana de su piso.
—Lo siento mucho.
—Yo también.
—¿Vas a verla?
—No lo sé. El inspector dice que ahora no piense en eso.
—Hazle caso.
Daniel soltó una risa mínima.
—Tú y Maite os llevaríais bien.
—Eso me preocupa bastante.
Otra pausa.
—Ana —dijo él al cabo.
—Sí.
—No sé si en mi vida siempre hay una última verdad pendiente.
Ella cerró los ojos al oír la frase.
—Yo tampoco lo sé.
Daniel se quedó muy quieto.
—Y no sé si eso te asusta.
Ana apoyó mejor la mano en el cristal.
—Sí.
No añadió nada más.
Daniel respiró hondo.
—A mí también.
Ana dejó pasar unos segundos antes de hablar.
—No me asusta que tengas pasado. Ni heridas. Ni cosas sin resolver. Me asusta la sensación de que siempre, cuando parece que por fin termina algo, aparece otra capa más abajo.
Daniel no se defendió.
—Y no te lo digo hoy para que cargues con esto también. Solo quiero ser sincera.
Daniel miró la oscuridad del jardín.
—Lo prefiero.
Se quedaron en silencio.
—¿Te llamo mañana? —preguntó él.
Ana tardó una décima de más de lo habitual.
—Sí.
Pero Daniel notó esa décima.
Cuando colgó el teléfono, Daniel entendió que algunas verdades no llegan para cerrar heridas, sino para abrir otras nuevas.
Saber cómo empezó el fuego no devolvía nada: ni a Rebeca, ni la casa, ni la vida anterior, ni tampoco a Ana la seguridad que ya había empezado a perder.
Sintió por primera vez que lo más peligroso no era el pasado.
Era todo lo que el pasado todavía podía arrastrar con él.