Capítulo 25 — resplandor #2
—Eva provocó el incendio. Aquella noche volvió.
Se metió en tu jardín. Se sentó en el porche.
Había una vela, una manta, la botella que habías dejado…
La vela se le volcó, intentó apagar las primeras llamas, pero se le fue de las manos, se paralizó y salió huyendo: eso me contó. Que no quería hacerlo.
Daniel apoyó una mano en la pared.
—No.
—Sí.
—No —repitió, más como reflejo que como negación real.
Pedro tragó saliva.
—Llamé al inspector desde la calle. Vinieron. Se la llevaron. Y esta mañana tengo que volver para declarar.
Daniel alzó la vista de golpe.
—¿La detuvieron anoche?
—Sí.
Daniel dejó escapar una risa amarga, casi desagradable.
—Rebeca está muerta. Mi hija perdió a quien más quería. Se quemó mi casa. Y me estás diciendo que todo eso fue porque Eva se sentó en mi porche borracha y se le cayó una puta vela.
Pedro cerró los ojos un segundo.
—Sí.
Daniel empezó a caminar sin rumbo entre la cocina y el salón, como si moverse pudiera impedir que la noticia terminara de asentarse.
—¿Te lo contó todo?
—Lo esencial. Lo demás lo contará ya formalmente. Pero no había duda, Daniel. No estaba inventando nada. Estaba destrozada.
Daniel se giró con una dureza nueva en la cara.
—Me importa una mierda cómo estuviera ella.
—Lo sé.
Se hizo un silencio.
Pedro miró un momento hacia el pasillo.
—¿Lucía está sola?
Daniel siguió la dirección de su mirada.
—Sí. Sigue durmiendo.
Pedro asintió muy despacio.
—Por eso no quería llamarte ni decirte esto de cualquier manera. Quería verte, saber que estabas aquí, que estabas bien y que la niña estaba contigo antes de irme otra vez.
Daniel lo miró en silencio. Esa frase sí le llegó entera.
—Gracias —dijo al fin.
Pedro se encogió apenas de hombros.
—No podía hacer otra cosa.
Daniel respiró hondo una sola vez, se pasó una mano por la cara y dijo:
—Voy a llamar al inspector.
—No puedo quedarme más —dijo Pedro en voz tenue—. Si quiero llegar a tiempo, tengo que salir ya para La Savina.
Daniel asintió.
—Claro.
Hubo un instante en que los dos parecieron pensar lo mismo: Madrid, comisaría, declaración, papeles, todo el peso práctico de la verdad cayendo de golpe. Pero Daniel no dijo «voy contigo». Miró hacia el pasillo, hacia el cuarto donde seguía Lucía, y no hizo falta.
Pedro lo entendió.
—Quédate —dijo—. Haz lo que tengas que hacer desde aquí.
Daniel bajó la vista un instante y asintió otra vez.
—Sí.
Pedro acababa de salir cuando Daniel cogió el teléfono.
Se quedó un momento inmóvil en mitad de la cocina, con el móvil en la mano y la vista perdida sobre la encimera.
La casa estaba en silencio. Un silencio que daba miedo romper, de esos que parecen una falta de respeto cuando uno acaba de enterarse de algo capaz de partirle la vida otra vez.
Desde el pasillo no llegaba ni un ruido.
Lucía seguía dormida. Dexter, echado junto a la puerta, había levantado la cabeza al oír marcharse a Pedro, pero ya se había vuelto a tumbar, aunque sin cerrar del todo los ojos.
Eva.
Había sido Eva.
Daniel se apoyó en la encimera con la cadera, apretó un momento los párpados y llamo al inspector. Le temblaba todo, no sabía si de rabia, de falta de sueño o de la sensación insoportable de que, al fin, todo tenía explicación y aun así nada mejoraba.
Contestaron al tercer tono.
—Inspector Alonso.
—Soy Daniel.
Hubo un silencio corto al otro lado, un silencio de reconocimiento más que de sorpresa.
—Sí. Imaginaba que me llamaría.
Daniel tragó saliva.
—Pedro acaba de estar aquí. Me ha contado lo que pasó anoche.
—Entonces ya lo sabe todo.
Daniel miró hacia la puerta de la cocina, como si todavía pudiera ver allí la sombra de Pedro con la mochila al hombro y la cara de no haber dormido en toda la noche.
—¿Ha confesado? —preguntó al fin.
—Ha dado explicaciones bastante claras —respondió el inspector—. Luego habrá que tomarle declaración formal con todas las garantías, ordenar la cronología y contrastar ciertos detalles, pero sí: la situación de Eva es muy comprometida.
Daniel soltó el aire por la nariz.
—¡Explicaciones bastante claras! Joder. ¿Pero no la descartaron porque, cuando ocurrió el incendio, ella ya estaba en casa? Eso fue lo que dijo la niñera.
—Sí, pero esta mañana hemos hablado con la canguro y ha confesado que Eva la chantajeó y la amenazó con despedirla si decía la verdad sobre la hora a la que había llegado realmente.
—¿Y ahora qué? —preguntó Daniel con desesperación.
Alonso tardó un momento en responder, quizá buscando la forma más exacta y menos inútil de decirlo.
—Dependerá de cómo quede todo finalmente encuadrado.
Si se confirma lo que apunta la declaración de anoche, estaríamos hablando de una conducta muy grave.
Habrá que valorar el acceso a la parcela, el origen del fuego, la huida posterior sin dar aviso, el resultado mortal y el resto de los daños.
No quiero adelantar calificaciones cerradas, pero no estamos ante una cuestión menor.
Daniel cerró los ojos un segundo.
—Pero ella no quería matar a nadie ¿no?
—Eso puede tener relevancia a efectos penales, sí. Pero no borra el hecho de que una persona murió, de que usted y su hija estuvieron en peligro y de que hubo daños enormes.
Daniel apoyó la frente en la yema de los dedos durante un instante. Luego volvió a erguirse.
—¿Puedo hablar con ella?
Esta vez el silencio del inspector fue un poco más largo.
—No se lo recomiendo de momento.
Daniel soltó una risa seca, sin humor.
—Ya me imaginaba.
—No se lo digo por un formalismo. Se lo digo porque usted acaba de recibir una noticia brutal y ella tampoco está en condiciones. Una conversación entre ustedes no le va a servir a nadie. Más adelante, si sigue queriendo hacerlo, se podrá plantear. Hoy no.
Daniel se quedó mirando la pared de enfrente, demasiado blanca y limpia para lo que estaba ocurriendo dentro de él.