Capítulo 25 — resplandor
resplandor
La noche del incendio, Eva no se fue. O al menos no del todo.
Cuando arrancó el coche delante de Daniel y desapareció bajo la lluvia, solo avanzó hasta la esquina.
Allí frenó de golpe, quedó con las dos manos apretadas al volante y la frente a punto de caer sobre él.
El limpiaparabrisas iba de un lado a otro con una regularidad insoportable, como si el mundo siguiera funcionando con normalidad mientras a ella se le acababa de abrir algo por dentro.
Tenía el rímel corrido, el vestido pegado al cuerpo y una mezcla de alcohol, rabia y humillación que le subía y le bajaba por el pecho como un animal encerrado.
No podía irse así.
No después de veinte años.
No después de haberlo tenido a unos centímetros y haber vuelto a perderlo.
Apagó el motor. Se quedó un momento más respirando con la boca abierta, intentando serenarse, pero lo único que consiguió fue oír aún más fuerte la voz de Daniel. Aquella frialdad con la que le había dicho que no. Que no la quería. Que no podía ser.
Cogió los tacones del suelo del coche y salió descalza al asfalto mojado.
La lluvia le cayó encima como una bofetada, pero ni siquiera la sintió.
Caminó de vuelta hacia la casa con el vestido pegado a los muslos, el pelo chorreándole por la cara y una sola idea golpeándole en la cabeza: no podía terminar así.
Al llegar, se detuvo frente al pequeño jardín.
El porche seguía iluminado.
Se veía la hamaca donde él había estado sentado, todavía ladeada, como si acabara de levantarse.
Sobre la mesa baja descansaban una botella de Jägermeister y un vaso con un resto oscuro en el fondo.
La única luz era una vela gruesa con forma de corazón.
Ardía con una llama tranquila, algo absurda en una noche como aquella.
No pensaba entrar en la casa. Ni siquiera llamar a la puerta. Solo quería acercarse un poco más a ese trozo de vida del que acababan de expulsarla. Refugiarse un minuto bajo el porche. Sentarse donde había estado él. Respirar su mismo aire, aunque él ya no estuviera allí.
Subió los dos escalones y se quedó quieta.
La vela olía ligeramente a vainilla. La manta seguía doblada sobre la hamaca.
El vaso tenía la marca de los dedos de Daniel en el cristal.
Todo lo que había allí tenía la insolencia de las cosas normales: la intimidad, la rutina, el calor doméstico, la certeza de una vida compartida. Aquello le dolió más que el rechazo.
Se sentó.
La hamaca cedió bajo su peso y se balanceó despacio.
Eva cerró los ojos un segundo. Luego alargó la mano, se sirvió un dedo de licor y se lo bebió de un trago.
El alcohol le abrasó la garganta. Tosió, se limpió la boca con el dorso de la mano y se volvió a servir otro poco, más por imitarlo a él que por otra cosa.
—Cobarde —murmuró.
No sabía si se lo decía a Daniel o a sí misma.
Metió la mano en el bolso y sacó un cigarro. Le costó encenderlo porque tenía los dedos húmedos y el pulso torpe. A la segunda, el mechero prendió. Dio una calada larga y dejó escapar el humo despacio, mirando la oscuridad del jardín y la lluvia más allá del porche.
Dentro de la casa no se oía nada.
Eso fue lo peor.
Pensar que Daniel ya estaba arriba, con su mujer, con su hija, con su vida intacta, mientras ella seguía allí fuera, empapada, haciendo el ridículo a su edad, como una adolescente borracha incapaz de aceptar un portazo.
El vaso le temblaba en la mano.
Quiso levantarse. Irse. Romper algo. Llorar. No sabía.
Se incorporó de golpe y, en el movimiento, el borde del vaso chocó con la mesa. Parte del licor saltó fuera y empapó la manta y uno de los cojines de la hamaca. Eva soltó una maldición. Se agachó con torpeza para enderezarlo y, al hacerlo, golpeó sin querer la vela con el antebrazo.
La vela cayó de lado.
Durante un segundo no pasó nada. O eso le pareció.
Luego vio cómo la llama prendía en un pliegue de la manta empapada de licor y empezaba a avanzar con una rapidez silenciosa. Un brillo naranja, pequeño al principio, trepó por la tela como un insecto.
Eva se quedó inmóvil, hipnotizada, mirando cómo el fuego crecía.
—No…
Entonces cogió la manta y empezó a agitarla sobre las llamas para sofocar el fuego, pero hizo justo lo contrario.
Al levantarla, el aire avivó la llama y esta saltó al cojín, después a la madera lateral de la hamaca.
Eva empezó a sacudir la tela con movimientos torpes, desesperados, sin conseguir más que extender el incendio.
La cera derretida se pegó a sus dedos. La botella volcó y rodó hasta una pata de la mesa.
—No, no, no, no…
Miró alrededor buscando agua, algo, cualquier cosa.
Nada. Solo lluvia fuera del porche y fuego dentro de él.
Cogió uno de los cojines y trató de aplastar la llama, pero al apartarlo esta ya había prendido también en la colchoneta de la hamaca.
El calor le golpeó la cara de repente, real, insoportable.
Retrocedió.
El corazón le latía tan fuerte que apenas podía oír otra cosa.
Miró hacia la casa.
La puerta corredera no estaba del todo cerrada. Entre una hoja y otra había una rendija oscura, mínima, invisible al principio. Ahora la llama empezaba a reflejarse en el cristal.
Eva dio un paso hacia ella.
Quiso llamar. Quiso golpear. Quiso gritar el nombre de Daniel.
No lo hizo.
Se quedó clavada, con la respiración rota, viendo cómo aquel fuego pequeño, doméstico, absurdo, dejaba de ser pequeño. La llama alcanzó el marco de madera más cercano y empezó a trepar con una decisión espantosa. El humo ya no olía a vela ni a tela, sino a algo mucho peor: a drama y a locura.
Entonces el pánico fue más fuerte que todo lo demás.
Eva bajó del porche casi a tropezones, cruzó el jardín con las piernas temblando y llegó al coche sin sentir la lluvia, sin sentir los pies, sin sentir más que una sola idea golpeándole las sienes: tenía que irse.
Arrancó a la primera.
Al girar en la esquina se obligó a mirar por el retrovisor. Solo una vez.
La planta de arriba seguía oscura. El porche, no.
La luz que salía de allí ya no se parecía en nada a una vela.
Eva se llevó una mano a la boca.
—Dios mío —susurró—. Dios mío.
Pero no frenó.
Siguió conduciendo.
Y mientras la lluvia borraba el camino delante de ella, supo que acababa de hacer algo que no podría deshacer nunca.
* * *
A las cuatro y media de la mañana, Pedro se levantó.
No porque hubiera tomado una gran decisión, sino porque el cuerpo ya no le dejaba seguir quieto.
Se duchó, se cambió de ropa y metió cuatro cosas en una mochila sin pensar demasiado.
Cuando salió a la calle todavía era noche cerrada.
Condujo hasta el aeropuerto con esa sensación extraña de estar haciendo algo inevitable, como si una vez que la verdad había salido de boca de Eva, él ya no pudiera permanecer un minuto más en Madrid sin llevarla hasta donde de verdad importaba.
Consiguió plaza en el primer vuelo a Ibiza.
Durante el trayecto apenas habló con nadie.
Compró un café que no se terminó, miró por la ventanilla sin ver el amanecer y sostuvo el teléfono apagado en la mano como si llevara dentro un objeto peligroso.
Al aterrizar, cogió un taxi hasta el puerto y allí embarcó en el primer ferry hacia Formentera.
El mar estaba gris, con ese color de sábana arrugada que tienen algunas mañanas cuando aún no ha decidido del todo si va a salir el sol.
Pedro se quedó fuera, en cubierta, dejando que el viento le despejara la cara.
Todo le parecía absurdo.
Una cena del instituto. Una noche de lluvia. Una mujer borracha. Y al final, una casa ardiendo, vidas enteras hechas cenizas.
En La Savina cogió otro taxi. Le dio la dirección al conductor y se dejó llevar en silencio por las carreteras de la isla, entre pinos, muros bajos y tramos de luz todavía fría.
Formentera tenía esa calma osada de los lugares hermosos que no piden permiso para serlo, aunque el que llegue venga roto.
Cuando Daniel abrió la puerta, se encontró a Pedro al otro lado, despeinado, con la mochila colgada al hombro y una expresión que no encajaba con una visita normal.
—¿Pedro?
Pedro lo miró dos segundos antes de hablar, como si necesitara confirmar algo con sus propios ojos. Entonces empezó una de las mañanas más largas de sus vidas.
—¿Estás bien?
La pregunta, lanzada así, en seco, a aquella hora, hizo que a Daniel se le helara la cara.
—¿Qué pasa? —preguntó enseguida—. ¿Ana? ¿Mi madre? ¿Ha pasado algo?
—No, no —dijo Pedro rápido—. Ellas no. Están bien. Tú… ¿estás bien?
Daniel frunció el ceño.
—Sí. Aunque me temo que no me durará mucho. ¿Qué haces aquí?
—Déjame entrar.
Daniel se apartó y Pedro pasó al recibidor. Dexter apareció al instante, olisqueándolo todo con desconfianza. Pedro dejó la mochila en el suelo.
—No puedo quedarme mucho —dijo—. Tengo que volver a Madrid cuanto antes. Tengo que ir a comisaría a declarar.
Daniel lo miró ya sin rastro de sueño.
—Pedro, habla de una vez.
Pedro respiró hondo.
—Ayer quedé con Eva.
Daniel tardó un segundo en colocar el nombre.
—¿Con Eva? ¿Por qué?
—Me llamó. Dijo que quería hablar, tomar algo…
Yo pensé que estaba fatal y que necesitaba desahogarse o saber de ti, yo qué sé.
Fuimos a un pub . Iba bebida. Mucho. Al principio empezó con lo de siempre, que estaba mal, que todo era una mierda, que algunos seguís adelante y otros no…
Pero luego empezó a decir cosas raras. Que una persona puede hacer algo horrible sin querer.
Que fue una estupidez. Que se le fue de las manos.
Daniel se quedó completamente quieto.
—Pedro…
Pedro levantó por fin la vista y lo soltó de golpe, porque ya no había forma buena de hacerlo.
—Fue Eva.
El silencio fue total.
Daniel no reaccionó enseguida. Bajó la cabeza, como si necesitara un instante para entender lo que acababa de oír.