Capítulo 24 — compasión
compasión
Eva llevaba meses viviendo en una especie de resaca que no se iba nunca. La separación, su obsesión por Daniel, el drama del incendio… Todo seguía ahí, dando vueltas.
Había días en que conseguía levantarse, ducharse, pintarse un poco la cara y fingir durante unas horas que seguía siendo la misma mujer de siempre, la que entraba en un sitio y sabía que la miraban, la que encontraba conversación donde hiciera falta, la que se reía alto y lograba que todo pareciera más ligero de lo que era.
Dormía mal. Bebía más de la cuenta. Lloraba a ratos, siempre en silencio, con una vergüenza antigua que ya no sabía si le venía de aquella noche, de Daniel, de su exmarido o de sí misma.
Tenía pocos amigos de verdad, menos aún de esos a los que se les puede llamar cuando una se está rompiendo, y con el paso de los meses había descubierto algo que siempre había logrado esquivar: que gustarle a mucha gente no significaba que alguien te quisiera de verdad.
Las mujeres con las que más se relacionaba se habían ido apartando poco a poco, cansadas de sus dramas o incómodas ante una tristeza que Eva no sabía contar sin convertirla en otra cosa.
Los hombres, por su parte, seguían apareciendo cuando olían un hueco, pero ella había empezado a mirarlos con un cansancio desconocido.
Ninguno le servía para lo único que en el fondo quería: borrar la cara de Daniel de su cabeza.
No lo había conseguido.
Daniel seguía allí.
En los años del instituto. En sus recuerdos. En la noche de la cena, y en su forma de apartarla de sí con esa mezcla de pena y rechazo que le dolía más que cualquier insulto.
Aquella semana había oído que Daniel parecía estar mejor. Que había rehecho un poco su vida. Que la niña estaba más tranquila. La noticia le produjo dos dolores distintos y simultáneos: alivio y rabia.
Volvió a pensar en Pedro.
No eran amigos, ni mucho menos. Pero Pedro tenía algo que el resto de los hombres de su vida no había tenido casi nunca: una forma de escuchar sin intentar cobrar luego la escucha de alguna manera.
Y, sobre todo, tenía acceso a Daniel, lo bastante como para saber cosas.
Lo bastante como para que, si ella medía bien las palabras, pudiera sonsacarle algo.
Cómo estaba. Si hablaba de ella. Si la odiaba. Si la recordaba siquiera.
Se dijo que solo quería eso.
Una cerveza. Un rato de conversación. Un poco de información robada sobre la vida de un hombre que no le pertenecía y que, sin embargo, ocupaba todo el espacio dentro de ella.
Lo llamó a media tarde, con la voz más compuesta de lo que se sentía.
—Pedro, soy Eva. ¿Te viene mal si nos tomamos algo esta noche?
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—Depende —respondió él—. ¿Después del melodrama que montaste en Ibiza? Solo si vienes en son de paz.
Eva miró la copa que tenía delante, casi vacía ya, y sonrió sin ganas.
—Te prometo que sí.
Eva eligió un pub de esos donde la noche nunca termina de arrancar del todo. Ni elegante ni sórdido. Había tres hombres en la barra viendo un partido sin sonido, una pareja discutiendo en voz demasiado baja en una mesa del fondo y un camarero joven con cara de llevar ya demasiadas horas de pie.
Pedro llegó cinco minutos tarde y la encontró donde sabía que la encontraría: en un taburete alto, de perfil a la puerta, con una cerveza casi terminada delante y otra vacía al lado. Al verlo entrar levantó la mano con una sonrisa torcida, demasiado rápida para ser natural.
—Hombre, Pedrito —dijo—. Pensaba que me ibas a dar plantón.
Pedro se acercó despacio, observándola. Llevaba el pelo algo más claro o quizá solo más castigado por la luz del local. Tenía los ojos hinchados, el maquillaje un poco vencido y esa belleza desordenada de quien se ha pasado demasiado tiempo sin dormir o demasiado tiempo llorando, o ambas cosas.
—Te he dicho que venía —respondió él, sentándose frente a ella—. ¿Estás bien?
Eva soltó una risa pequeña, hueca.
—Estoy espectacular. ¿No te parece?
El camarero apareció en seguida.
—¿Otra? —preguntó, mirando las botellas.
—Sí —contestó Eva antes de que Pedro pudiera abrir la boca—. Una para él y otra para mí.
Cuando el chico se alejó, Pedro apoyó los codos en la mesa y se inclinó un poco hacia delante.
—No tenías buena voz por teléfono.
—Eso es porque el teléfono mejora poco a la gente.
—¿Para qué querías verme?
Ella jugueteó con la etiqueta despegada de la botella.
—¿No puede una mujer invitar a un exfutbolista venido a menos a una cerveza?
Pedro sonrió apenas.
—Puede. Pero no eras tú la que solías invitar.
La frase hizo que ella lo mirara un segundo más de la cuenta, como si hubiera algo casi tierno en que todavía pudiera reírse con alguien sin romperse del todo.
El camarero dejó las cervezas. Eva dio un trago largo a la suya antes de hablar.
—Qué asco todo, Pedro.
—¿El qué?
—Todo. La gente, los años, las decisiones, el cuerpo, la vida. Todo.
Pedro sostuvo la botella entre las manos, pero no bebió aún.
—Eso suena más a una tercera cerveza que a una primera.
—Llevo ventaja —dijo ella.
Hubo un silencio corto. En la mesa de al lado alguien se rió demasiado alto. Detrás de la barra sonaba una canción antigua de esas que parecen felices hasta que uno escucha bien la letra.
Pedro la observó un momento.
—¿Has vuelto a llamar a Daniel?
Eva bajó la vista al cuello de la botella.
—No.
—Mejor.
—Sí. Mejor. Para todos, supongo.
La manera en que dijo « todos» hizo que Pedro la mirara con más atención.
—¿Qué tal estás de verdad? —preguntó.
Eva soltó el aire por la nariz y se quedó unos segundos en silencio, como si necesitara elegir entre mentir o caerse.
—Fatal.
Esta vez no sonrió al decirlo.
Pedro bebió por fin un trago corto.
—Lo siento.
—No, no lo sientes. Y haces bien. Tú eres amigo suyo.
—Y de ti también fui compañero, por si sirve de algo.
—No sirve de una mierda —respondió ella, pero sin mala leche.
Se secó con el pulgar una gota que le había quedado en el labio.
—Qué fácil es todo para algunos, ¿eh?
Pedro frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A empezar de cero. A irse. A dejar atrás lo malo y quedarse solo con lo bonito. Una niña, una isla, un perro, una vida nueva. Qué limpio suena todo cuando se cuenta deprisa.
Pedro apoyó la botella en la mesa.
—No creo que Daniel piense que ha sido fácil precisamente.
Eva levantó la mirada.
—No, claro. Pobre Daniel.
No dijo nada más. Pedro notó algo, una corriente fría bajo aquella frase.
—Eva —dijo despacio—, ¿por qué me has llamado?
Ella lo miró fijo por primera vez desde que había llegado.
—Porque eres bueno.
—Eso lo dices porque vas bebida.
—No. Lo digo porque eres de esos hombres que todavía no saben mirar para otro lado del todo.
Pedro no respondió.
Eva bajó la vista. Sus dedos habían empezado a apretar la botella con demasiada fuerza.
—¿Tú crees que una persona puede hacer algo horrible sin querer? —preguntó de pronto.
Pedro tardó un segundo.
—Depende de qué estemos hablando.
—De una estupidez. De una cosa pequeña. Una gilipollez. Algo que en un segundo se vuelve enorme y ya no puedes volver atrás.
Pedro se quedó quieto.
—Eva, ¿qué has hecho?
Ella bebió. Mucho. Tanto que tuvo que cerrar los ojos al terminar.
—Yo no quería que pasara —murmuró.
Pedro dejó la botella en la mesa.
—¿Qué no querías que pasara?
Ella lo miró entonces con espanto, como si llevara meses ensayando esa frase y aun así no encontrara una forma de decirla sin partirse.
—Le seguí.
Pedro no entendió al principio. O entendió demasiado y no quiso aceptar todavía a quién se refería.
—¿A quién?
—A Daniel. Aquella noche.
Pedro sintió que algo se le endurecía dentro, muy despacio.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no me fui. O sí, pero no del todo. Arranqué. Me escondí al final de la calle. Volví.
Pedro dejó de parpadear.
—Eva.
Ella negó con la cabeza, como si supiera ya que el nombre no podía salvarla.
—No quería que pasara. Te lo juro. Solo quería… no sé qué quería. Quería que saliera. Quería estar allí un minuto más. Quería sentarme donde había estado él. Oler su casa. Sentir que todavía…
No terminó la frase. Se llevó una mano a la frente.
Pedro habló muy bajo.
—¿De qué estás hablando?
Eva soltó una risa ahogada que no tenía nada de alegría.
—Se me fue de las manos.
Pedro dejó de respirar un segundo.
—No.
—Yo no quería —dijo ella de golpe, inclinándose hacia delante—. Te lo juro. No fue a propósito. No quería… no pensé…
La música siguió sonando igual. Una mujer pasó cerca con una bandeja. Alguien pidió otra ronda en la barra. Pero para Pedro todo se había movido de sitio.
—¿Estás diciéndome —preguntó muy despacio, como si las palabras pesaran demasiado— que tú provocaste el incendio?
Eva se quedó quieta.
No dijo «sí».
No le hizo falta.
Agachó la cabeza y empezó a llorar sin ruido.
Pedro miró alrededor, luego volvió a ella. Notó una subida de calor por el cuello, por la cara, por el pecho. Incredulidad primero. Después rabia, mucha rabia.
—Había una niña dentro —dijo, apretando los dientes—. Daniel estaba dentro. Rebeca estaba dentro.
Eva cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? ¿Y has callado todo este tiempo?
—¿Qué iba a hacer? —dijo ella levantando de golpe la cabeza, ya sin poder controlar el llanto—. Me asusté. Me fui. Luego salió en las noticias. Luego ya no supe cómo explicar, cómo decirlo. Cada día era peor. Cada día era más tarde.
Y Eva le contó, entre lágrimas, todo lo que había pasado aquella noche maldita.
Pedro se echó hacia atrás en el taburete, como si necesitara aire.
—No me puedo creer lo que me estás diciendo.
—Yo muchas veces tampoco puedo creérmelo —susurró ella.
—Daniel se quedó sin casa. Sin mujer. ¿Y tú qué? ¿Te has pasado meses bebiendo y llorando en casa? ¿Y te plantas en Ibiza exigiendo verlo? El numerito de Ibiza no se parecía nada a un intento de confesión.
Eva se llevó las dos manos a la cara.
—No me levanto un solo día sin pensar en esa noche y a veces… A veces me invade el convencimiento de que Daniel lo entendería, incluso acabaría por agradecérmelo.
Levantó la mirada hacia él y se bebió lo que quedaba en el vaso.
—Lo sé. Ridícula… patética, etcétera.
Pedro se quedó mirándola, aturdido. Delante tenía a la misma mujer de la cena, pero ya no quedaba nada de aquella seguridad barata, de aquella provocación de escaparate. Solo una ruina maquillada.
Se puso de pie de golpe.
Eva levantó la cabeza.
—¿Dónde vas?
—Tengo que salir.
—No me dejes sola.
Pedro la miró con una mezcla tan extraña de pena y asco que ni él mismo supo ponerle nombre.
—No tengo ni puta idea de quién eres ahora mismo.
Salió del pub sin esperar respuesta.
Estaba oscuro y la calle tenía un olor denso, a humedad y tabaco.
Pedro apoyó una mano en la pared, se inclinó un poco hacia delante y respiró hondo dos veces, como si así pudiera recolocarse el mundo.
No podía. Sacó el móvil del bolsillo con dedos torpes y buscó el número del inspector que llevaba el caso.
Cuando colgó, se quedó quieto, con el teléfono aún en la mano. Notó el temblor entonces. En los dedos primero. Luego en el estómago.
La puerta del pub se abrió detrás de él.
Eva salió abrazándose el cuerpo como si tuviera frío, aunque no lo tenía. La cara se le había convertido en una máscara húmeda y rota.
—Pedro…
Él guardó el móvil despacio.
A Eva le bastó verlo para entenderlo.
—No me hagas esto —dijo ella, dando un paso hacia él.
—¿Que no te haga qué?
—Por favor.
Pedro soltó una risa seca, breve, brutal.
—¿Por favor?
Eva empezó a llorar otra vez. Ya ni siquiera intentaba contenerse.
—Déjame irme. Te lo suplico. Me voy donde sea, desaparezco, no vuelvo a molestar a nadie. Por favor, Pedro. Yo no quería hacerlo.
—Pero lo hiciste.
—Fue un accidente.
—Y luego huiste.
Eva negó una y otra vez con la cabeza.
—Me asusté.
—¿Y Daniel? ¿Y Lucía? ¿Y todo lo que les dejaste encima? ¿También te dio miedo eso?
Ella se dobló un poco sobre sí misma, como si cada palabra cayera con peso real.
—Cada día —dijo.
Pedro la miró en silencio. Durante un segundo se acordó de la cena, de Eva bailando como si el tiempo no le hubiese pasado por encima, de Antonio y David haciendo el idiota, de Daniel todavía sin saber que el suelo ya se le estaba empezando a abrir bajo los pies.
Todo le pareció de una suciedad insoportable.
—Precisamente porque soy amigo de Daniel no puedo dejarte ir.
Eva levantó la cabeza con una desesperación casi infantil.
—Pedro, por favor…
No llegó a terminar.
Los dos se quedaron inmóviles, sin mediar palabra.
El coche de la policía dobló la esquina sin sirena, pero con una claridad tan seca en los faros que a Eva se le vació la cara. Dos agentes bajaron enseguida. Detrás de ellos, el inspector.
—Eva —dijo uno de ellos al acercarse—. Tiene que acompañarnos.
Ella dio un paso atrás.
—No, no…
—No complique esto más.
Pedro se apartó. Ya no podía ni tocarla. Ni siquiera consolarla. Nada en ella encajaba ya con el lugar donde la había tenido colocada.
Una de los agentes le cogió el brazo con firmeza, sin brusquedad todavía. Ella lo sintió y se rompió del todo.
—¡Yo no quería! —gritó—¡No quería! ¡Fue un accidente!
La gente del pub miraba desde dentro a través del cristal. El camarero había salido hasta la puerta.
Le pusieron las esposas.
Eva se volvió hacia Pedro por última vez, con la cara deshecha, el maquillaje convertido en barro y una expresión tan llena de culpa que casi daba miedo mirarla demasiado tiempo.
—Pedro…
Pedro ya no supo qué decirle. Solo acertó a mirarla un instante más. Que no se sienta aún más sola, pensó.
La metieron en el coche y la puerta se cerró con un golpe seco.
* * *
Pedro se quedó solo en la acera, con el zumbido del pub detrás y una sensación de irrealidad tan grande que tuvo que sentarse un momento en el bordillo.
No lloró. No todavía. Se llevó las manos a la cara y se quedó así, inclinado sobre sí mismo, intentando entender en qué punto una cena absurda de antiguos compañeros había terminado meses después en aquella calle, con una mujer esposada y la verdad cayéndole encima como una pared.
No volvió a entrar en el pub .
Anduvo durante horas, con las manos en los bolsillos, dejando que la ciudad se vaciara poco a poco a su alrededor.
Pensó en llamar a Daniel. Pensó en hacerlo desde una esquina cualquiera, con la voz rota, y soltarlo todo de golpe.
Pero cada vez que se imaginaba el momento veía delante de sí la cara de Lucía, aunque en realidad la niña apenas fuera para él una suma de detalles prestados: unos ojos grandes, un silencio demasiado largo, un perro pegado a sus piernas.
No. Aquello no se decía por teléfono. No a esa hora. No así.
Volvió a casa de madrugada, pero no se acostó.
Se dejó caer en el sofá con la televisión encendida sin sonido y la chaqueta aún puesta.
Cerraba los ojos y veía a Eva. Los abría y ahí estaba Daniel.
Después, la casa ardiendo, el humo, el cuerpo inerte de Rebeca.
Como si la tragedia hubiera elegido la forma más miserable de empezar.