Poseidonia Capítulo 23 — familia #3
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Capítulo 23 — familia #3

Salió del hospital con una dignidad algo resentida, agarrada al brazo de Daniel y protestando ya por la comida, por los horarios, por el colchón y por lo mucho que exageraban los médicos hoy en día.

—No te pongas estupenda que te has llevado un buen susto —le dijo Paqui, que había insistido en ir con ellos al hospital junto con Marisa, la del segundo.

—¿Susto? ¿Yo? Anda ya. A mí lo que me da rabia es estar perdiendo el tiempo aquí.

—Sí, sí, mucha rabia, pero anoche bien que llamaste tres veces porque no encontrabas el timbre de la enfermera —replicó Marisa.

Gala fulminó a la vecina con la mirada. Daniel, contra todo pronóstico, soltó una carcajada.

Lucía iba de su mano, seria, observándolo todo. No había vuelto a hablar, pero algo en ella parecía menos hermético. Más presente. Más conectada al mundo, como si la puerta se hubiera entreabierto un poco y ya no pudiera cerrarse del todo.

En casa, las vecinas tardaron menos de diez minutos en ocupar el territorio.

Una le llenó la nevera. Otra puso una lavadora.

Otra dejó organizadas las pastillas en una caja de colores.

Gala protestó durante todo el proceso sin convicción real, como quien necesita mantener la costumbre de gruñir para no admitir que agradece la ayuda.

Daniel la observó desde la cocina mientras Paqui le colocaba unos yogures y le daba instrucciones como si fuera una recluta.

—Tu madre está en buenas manos —dijo la mujer en voz baja, casi como si leyera lo que él pensaba—. Tú tranquilo.

Aquella tarde se quedó solo con Gala un rato mientras las vecinas bajaban a por pan o se iban a preparar la cena. Ella estaba sentada en su sillón de siempre, con una manta sobre las piernas y una expresión de resignación ofendida.

—No hace falta que pongas esa cara —dijo Daniel desde la puerta del salón.

—¿Qué cara?

—La de emperatriz desterrada.

—Pues normal. Mi casa parece una residencia.

Daniel sonrió.

—Y aun así estás mejor así que sola.

Gala resopló, pero no discutió.

Hubo un pequeño silencio. Daniel miró a Lucía dormida y luego volvió a su madre.

—Mañana nos volvemos.

Gala no dijo nada durante unos segundos.

—Ya —contestó al fin—. Me lo imaginaba.

—Pero quería decírtelo yo.

Ella asintió muy despacio.

—Haces bien. Tu sitio está allí ahora.

Daniel la observó un momento. Le sorprendió oírle eso sin veneno.

—Sí —dijo—. Creo que sí.

Gala se recolocó la manta.

—No me mires así. No me he vuelto moderna de repente. Pero no soy idiota. Desde que llegaste se te nota en la cara que aquí vuelves a respirar peor.

Daniel soltó una media sonrisa.

—Qué bien me conoces para algunas cosas.

—Mejor de lo que crees.

Él se acercó un poco más.

—Mamá, de verdad creo que estás en buenas manos. Paqui y Marisa te tienen más controlada que en la UCI.

—Esas dos son capaces de sobrevivirme solo por fastidiar.

—Y dentro de unos días, cuando estés más fuerte, puedes venir a vernos.

Gala alzó la vista.

—¿A Formentera?

—Sí. Unos días. Sin obligación, sin dramas. Pero puedes venir.

Ella guardó silencio. Miró a Lucía dormida, luego a Dexter, luego a la ventana.

—No sé qué se me ha perdido a mí en una isla llena de turistas y lagartijas —murmuró.

Daniel siguió su mirada hacia la niña.

—Tu nieta, por ejemplo.

La frase se quedó flotando en el salón. Gala bajó la cabeza y se entretuvo alisando una arruga invisible de la manta.

—Ya veremos —dijo al fin, pero esta vez sin cerrarse del todo.

Daniel asintió. No hacía falta más.

Se acercó a ella y, tras una mínima duda, le acarició la cara y la besó. Por un momento, la tensión pareció desaparecer. O quizá solo era una nueva tregua.

—Cuídate —dijo Daniel.

—Tú también. Y cuida de esa niña.

—Eso intento.

—Y de ti, si no te importa. Que siempre has sido muy de olvidarte de eso.

Daniel bajó la vista y sonrió.

—Lo intentaré también.

Gala retiró la mano y, sin mirarlo directamente, añadió:

—Dale las gracias a Ana de mi parte por quedarse con Dexter. Aunque siga pensando que estáis todos un poco locos.

—Se lo diré.

Antes de salir, Lucía se despertó lo justo para dejarse poner la chaqueta y los zapatos. Ya en la puerta, Gala la llamó muy bajito.

La niña se volvió.

—Ven aquí un momento.

Gala se inclinó como pudo desde el sillón y le besó el pelo con una ternura tan desprotegida que Daniel tuvo que mirar hacia otro lado un segundo.

—Pórtate mal de vez en cuando —le susurró—. Si no, no vas a parecer de esta familia.

Lucía no respondió, claro. Gala le acarició la mejilla con la punta de los dedos, justo en el sitio donde el otro día habían nacido aquellas primeras palabras. Gala cerró los ojos un instante.

Ya en la calle, con la noche de Madrid respirando entre coches aparcados y ventanas encendidas, Daniel sintió que algo se había quedado mejor colocado dentro de él. No perfecto. No curado del todo. Pero sí en otro sitio.

Llegaron a casa de Ana, les abrió con una gran sonrisa y Dexter salió disparado hacia Lucía, feliz de que el mundo siguiera regresando a su forma.

Al cerrar la puerta, Daniel supo con una certeza tranquila que no iban a quedarse mucho más.

Madrid ya no era una herida abierta. Era solo el lugar donde, por fin, habían empezado a dejar de sangrar. Y Formentera los estaba esperando.