Poseidonia Capítulo 23 — familia #2
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Capítulo 23 — familia #2

—¿No qué, mi amor? —preguntó con una voz que ya no se parecía en nada a la de siempre.

La niña no contestó. O no pudo. Solo acarició con el pulgar los nudillos de su abuela y repitió:

—No.

No llores. No te vayas. No tengas miedo. No os rompáis más.

En esa sílaba cabía todo.

Gala rompió a llorar de verdad, en silencio, inclinándose como pudo hacia la niña para besarle la mano. Daniel cerró los ojos un momento. Tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla porque sentía que las piernas le fallaban.

Cuando volvió a abrirlos, su madre lo estaba mirando a través de las lágrimas.

—No me la merezco —dijo.

Daniel se secó la cara con el dorso de la mano y se obligó a sonreír.

—Ni a ella ni a mí. Pero aquí estamos.

Gala soltó una pequeña carcajada llorosa.

Lucía seguía muy quieta, muy entregada a aquella mano que había decidido salvar por un rato. Ya no dijo nada más. No hacía falta. La habitación entera seguía vibrando alrededor de sus dos palabras.

Daniel se acercó a la cama y apoyó una mano sobre el hombro de su madre. Gala, sin dejar de mirar a la niña, puso la suya encima.

No arreglaron la vida entera en aquel cuarto de hospital. No borraron los gritos, ni la distancia, ni los años. Pero algo se movió de sitio. Algo pequeño y decisivo. Una dureza que cedía. Una puerta que, por fin, dejaba de estar cerrada del todo.

Y en medio de las dos, Lucía, que había sobrevivido al fuego, empezaba también a salir del silencio.

Cuando salieron de la habitación, Daniel llevaba a Lucía en brazos como si temiera que al apoyar los pies en el suelo se rompiera el hechizo.

La niña iba apoyada sobre su hombro, callada otra vez, con los ojos medio cerrados por el cansancio, como si aquellas dos palabras le hubieran vaciado algo por dentro y por fin pudiera descansar un poco.

A Daniel le ardía todavía el pecho. No sabía si de alivio, de pena o de una mezcla de ambas cosas que no terminaba de tener nombre.

La puerta del ascensor se cerró despacio delante de ellos y, al verse reflejado en el acero con la niña acurrucada y la cara todavía húmeda, sintió una fatiga inmensa. Buena. Limpia. De las que llegan después de haber sostenido mucho tiempo algo demasiado pesado.

Al salir al vestíbulo, sacó el teléfono y llamó a Ana.

—¿Sí? —respondió ella casi al instante.

—Ya hemos salido de la habitación. Mi madre está mejor.

—Me alegro. ¿Y tú?

Daniel miró a Lucía, que le estaba agarrando la chaqueta con una mano pequeña, dormida a medias.

—Yo… no sé muy bien cómo estoy.

Ana guardó un segundo de silencio.

—Eso suena a que estás hecho polvo.

Daniel soltó una risa muy baja.

—Sí. Bastante.

—Pues no vengáis tarde. Dexter lleva una hora levantándose cada vez que oye el ascensor. Y yo también llevo un rato haciendo lo mismo, para qué engañarnos.

A Daniel se le ablandó algo dentro.

—Gracias, Ana.

—No me las des todavía. Como ese perro me robe otro calcetín esta noche, os echo a la calle.

Daniel sonrió por primera vez desde que habían entrado al hospital.

En Madrid flotaba un olor a gasolina y a acera caliente. Nada que ver con Formentera, y sin embargo esa noche no le resultó hostil. Como si la ciudad y él, por una vez, se estuvieran mirando sin ganas de discutir.

Ana les abrió la puerta descalza, con una camiseta ancha y el pelo recogido a medias.

Dexter apareció primero, claro, derrapando sobre el pasillo y frenando en seco al ver a Lucía en brazos.

Dio dos vueltas sobre sí mismo, agitó la cola con violencia y apoyó las patas delanteras en Daniel sin decidirse entre lamerle la mano o a olerle los zapatos.

—Shhhh —susurró Ana, mirando a la niña—. ¿Se ha dormido?

Daniel asintió.

—Hace un rato. Venía rendida.

Ana bajó la voz.

—¿Qué ha pasado?

Daniel dejó a la niña con cuidado sobre el sofá, le quitó los zapatos y le colocó una manta fina por encima. Luego se incorporó despacio y miró a Ana con una expresión tan extraña que ella no preguntó nada más. Solo esperó.

—Ha hablado.

Ana tardó dos segundos en entenderlo del todo.

—Dos veces. Le ha dicho «abuela» a mi madre. Y luego «no».

Ana se llevó una mano al pecho, emocionada de golpe.

—Dios mío…

—Sí.

No supo decir más. Ana tampoco intentó obligarlo.

Dio un paso hacia él y le pasó las manos por la cintura, apoyando la frente en su pecho un instante.

Daniel cerró los ojos. Notó el calor de su cuerpo y la respiración acompasada.

Se quedó ahí unos segundos, lo bastante quieto para sentir que no se caía.

—Ven —dijo ella al fin—. Siéntate. Te hago algo de cenar.

—No tengo hambre.

—Ya. Por eso mismo.

Él obedeció sin discutir. Se dejó caer en una silla de la cocina mientras Ana sacaba dos platos y empezaba a calentar algo.

Dexter se tumbó entre la cocina y el salón, en una posición estratégica desde la que podía vigilar a todos a la vez.

Daniel apoyó los codos en la mesa y se pasó las manos por la cara.

—No sé qué hacer —dijo al cabo de un rato.

Ana ni siquiera se volvió del todo.

—¿Con qué parte exactamente?

—Con todo. Con mi madre. Con Madrid. Con volver. Con irme. Con la sensación de que llevo toda la vida apagando fuegos y cuando por fin se apaga uno aparece otro.

Ana dejó el fuego al mínimo y se volvió hacia él.

—Tu madre está mejor, ¿no?

—Sí. O eso parece. Se quedará un par de días más y luego alta, reposo, controles, medicación…

—Entonces de momento no tienes que decidir toda tu vida esta noche.

Daniel soltó el aire.

—Ya.

Ana sirvió la cena en silencio. Se sentó enfrente de él y esperó a que probara un bocado. Daniel lo hizo más por obediencia que por hambre, pero en cuanto tragó se dio cuenta de que tenía el cuerpo vacío.

—Paqui, su vecina, me ha dicho que no me preocupe —dijo al cabo de un rato—. Que entre ella y otras dos del edificio van a estar encima de mi madre todo el día. Ya las veo: turnándose para entrar en casa con tuppers , tensiómetros, pastillas y cotilleos.

Ana sonrió.

—Eso es mejor que cualquier enfermero a domicilio.

—Sí. La verdad es que sí.

Bajó la vista al plato.

—La casa de mi madre siempre ha estado petada de amigas y vecinas. Siempre me ha resultado asfixiante, pero hoy… no sé. Hoy me ha dado tranquilidad pensar que no va a estar sola.

Ana lo miró con atención.

—Eso es porque ya no lo miras como un hijo enfadado, sino como un adulto.

Daniel levantó la vista hacia ella.

—Puede ser.

—¿Qué vas a hacer?

Él tardó en responder.

—Quedarme un par de días. Que le den el alta. He de asegurarme de que está bien. Y luego volver.

Ana no dijo nada. Solo sostuvo la mirada.

—A Formentera —añadió Daniel—. Quiero volver a Formentera.

La expresión de Ana se suavizó apenas.

—Bien.

—No quiero que esto se convierta otra vez en quedarme aquí atrapado. No puedo. Siento que si me quedo demasiado en Madrid vuelvo a ser el mismo de antes. El que se ahogaba sin darse cuenta.

—Entonces no te quedes demasiado.

* * *

Dos días después le dieron el alta a Gala.