Poseidonia Capítulo 23 — familia
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Capítulo 23 — familia

familia

Días después, una llamada llegó a media mañana.

—¿Daniel? ¿Eres Daniel, el hijo de Gala?

La voz era de mujer, mayor y algo nerviosa.

—Sí. ¿Quién es?

—Soy Paqui, la vecina de tu madre, la del cuarto.

Perdona que te llame así, hijo, pero es que no sabía a quién recurrir.

A tu madre se la han llevado esta mañana al hospital.

Le dio un dolor muy fuerte en el pecho. Dice el médico que parece una angina, que la van a dejar ingresada para hacerle pruebas.

Daniel tardó un segundo en responder.

—¿Está bien?

—Eso parece. Me pidió que te avisara, aunque luego ya sabes cómo es ella y me dijo que tampoco te asustara. Pero yo creo que deberías venir.

—Sí, claro. Gracias por llamarme.

—No tardes mucho, hijo. Está muy nerviosa, aunque no lo quiera reconocer.

Cuando colgó, se quedó unos segundos quieto, con el teléfono en la mano. No era miedo exactamente. O no solo miedo. Era esa sensación sucia que dejan las emociones sin resolver. Toda la rabia, todas las frases sin decir, todos los años de distancia se revolvieron dentro de él al mismo tiempo.

Lucía levantó la cara al notar el silencio y se quedó mirándolo con sus ojos enormes.

Daniel se agachó junto a ella.

—Tenemos que ir a ver a la abuela —dijo en voz baja, aunque sabía que la niña no le contestaría—. Vamos a hacer un viaje, pequeña.

Lucía alargó una mano y le tocó la barba con curiosidad. Daniel forzó una sonrisa.

—Sí. Vamos.

* * *

El hospital olía a lejía, café de máquina y algo más triste que no sabía nombrar. Daniel llevaba a Lucía de la mano por el pasillo mientras una enfermera les indicaba la habitación. La niña caminaba pegada a su pierna, mirando todo con una seriedad de animal pequeño.

Antes de entrar, Daniel se detuvo un instante ante la puerta. A través del cristal velado se adivinaba la forma inmóvil de una cama y un cuerpo tumbado. Notó un pinchazo extraño en el tórax. Su madre, inmóvil. Su madre esperando. Su madre, por una vez, sin un discurso preparado.

Empujó la puerta.

Gala estaba incorporada, con la espalda apoyada en la cama, una vía en la mano izquierda y unas gafas de lectura descansando sobre la mesilla.

Tenía peor cara que de costumbre, como si la piel se le hubiera desinflado de pronto y el orgullo, por unas horas, le pesara demasiado para sostenerlo.

Al verlos entrar, compuso inmediatamente ese gesto suyo de mujer que quiere parecer más fuerte de lo que está.

—Vaya, tampoco era para tanto —dijo—. Ya sabía yo que Paqui iba a exagerar.

Daniel cerró la puerta.

—Hola, mamá.

Gala bajó la mirada hacia Lucía. Algo se le ablandó apenas en la cara.

—Hola, mi niña.

Lucía se escondió medio paso detrás de Daniel, asomando solo la cabeza.

—Me han hecho pruebas —dijo Gala—. Parece que no ha sido un infarto, así que no pongas esa cara. Me dejarán aquí un par de días y listo.

Daniel acercó una silla a la cama y se sentó, aún sin terminar de quitarse la sensación de que estaba viendo a su madre desde un sitio nuevo, menos blindado.

—Podrías haberme llamado tú.

—¿Y para qué? Bastante tienes.

—Sigo siendo tu hijo.

—Sí —respondió Gala, mirando hacia la ventana—. Ya me he dado cuenta.

Esas palabras contenían mucho más de lo que parecía. Daniel no respondió enseguida. Lucía se soltó por fin de su mano y fue despacio hasta el rincón de la habitación donde había una silla vacía. Se quedó allí, tocando la madera del respaldo con los dedos, muy callada.

Daniel miró a su madre.

—¿Cómo estás de verdad?

Gala se acomodó un poco la sábana.

—Asustada —dijo, y enseguida frunció el ceño—. Pero se me pasará.

—Cuando me llamó la vecina pensé lo peor.

Gala soltó una pequeña risa sin humor.

—Hijo, a ciertas edades un dolor en el pecho ya siempre parece lo peor. El cuerpo empieza a pasar factura. Supongo que el mío ha decidido presentar cuentas.

Daniel la observó un momento. En el pelo, en las manos, en las arrugas finas alrededor de la boca, estaba de pronto todo lo que nunca había querido mirar de frente: que su madre también había envejecido, que también podía quebrarse, que no iba a durar siempre lo suficiente como para que él siguiera aplazando ciertas conversaciones.

—Lucía ha crecido mucho —dijo Gala, para llenar el aire.

—Sí.

—Está más alta.

—Sí.

—Y guapa.

Daniel sonrió sin ganas.

—Eso no sé de quién lo habrá sacado.

Gala lo miró de reojo y por un momento pareció a punto de contestarle con una de las suyas, alguna pulla, algún gesto de superioridad. Pero no lo hizo. Se quedó callada. Y en ese silencio hubo algo más importante que cualquier frase.

Lucía había encontrado un vaso de plástico envuelto aún en su funda y jugaba a aplastarlo con las dos manos, atenta al ruido. De vez en cuando levantaba los ojos hacia la cama y volvía a lo suyo.

Daniel se inclinó un poco hacia delante.

—Mamá, tenemos que hablar.

Gala tensó la boca.

—Ya empezamos.

—Sí. Ya empezamos. Porque no quiero seguir haciendo esto cada vez que nos vemos.

Ella bajó la vista a la sábana, al borde doblado sobre sus piernas.

—Qué oportuno todo, aquí, con la bata abierta y la vía puesta. Tu momento ideal para vengarte.

Daniel negó con la cabeza.

—No quiero vengarme de ti.

—Pues lo parece.

—Lo que quiero es dejar de estar enfadado cada vez que pienso en ti.

Aquello sí la descolocó. Se le notó en la forma de alzar la vista, despacio, como si no esperara esa frase.

—Yo también he estado enfadada contigo muchas veces —dijo ella.

—Lo sé.

—Y contigo no se podía tampoco. Siempre con esa cara de estar a medio metro de salir corriendo.

Daniel soltó aire por la nariz, casi una risa triste.

—Porque crecí así.

Gala no dijo nada.

—No quiero discutir —continuó él—. De verdad que no. Pero tampoco quiero seguir fingiendo que entre nosotros no ha pasado nada. Yo crecí con miedo, mamá. Mucho miedo. A ti, a la casa, a los gritos, a no saber qué iba a pasar en cualquier momento.

La cara de Gala se endureció por reflejo, pero esta vez sin llegar a levantar el muro entero.

—Tu padre tampoco era un santo.

—No he dicho eso.

—Pues a veces lo parecía cuando hablabas de él.

Daniel se quedó quieto un segundo. El viejo impulso de defenderse, de justificarse, de ponerse a la altura de la pelea, le subió a la garganta. Lo tragó.

—No estoy diciendo que papá fuera perfecto. Estoy diciendo que yo era un niño y que aquello me marcó. Y que no quiero que Lucía crezca así. No quiero repetir nada de eso.

Gala cerró los ojos un momento, cansada.

—No era fácil, Daniel.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. Tú te fuiste. Hiciste bien, supongo, pero te fuiste. Yo me quedé allí. Con la casa, con tu padre primero, con el vacío después. Con una vida que no se parecía en nada a la que pensé que iba a tener.

Daniel la miró en silencio. Su madre no lloraba. Ni siquiera parecía cerca de hacerlo. Pero en el temblor apenas perceptible de la voz había algo más desnudo que las lágrimas.

—A veces he pensado que no sabías querer a nadie sin apretarlo —dijo él.

Gala giró muy despacio la cabeza hacia la ventana.

—Puede ser.

La respuesta fue tan inesperada que Daniel tardó un segundo en entenderla.

—¿Puede ser? —repitió.

Ella se encogió apenas de hombros.

—No sé hacerlo mejor, Daniel. O no he sabido. ¿Eso te sirve?

A él se le aflojó algo en el pecho.

—Me sirve que lo digas.

Gala se humedeció los labios.

—Cuando tu padre murió, yo ya estaba enfadada con medio mundo desde antes.

Pero después… —Calló un instante—. Después me quedé con una rabia dentro que no sabía dónde meter.

Y tú eras lo único que me quedaba cerca.

Supongo que te apreté más de la cuenta porque tenía terror a que tú también desaparecieras.

Daniel la observó sin moverse.

—Pues me empujaste justo hacia eso.

—Ya lo sé.

Esta vez sí hubo un silencio largo. No incómodo. Más bien cansado. Como si ambos estuvieran dejando por fin en el suelo una caja que llevaban demasiado tiempo sosteniendo.

Lucía había dejado el vaso y se había acercado a la cama. Se agarraba a la barandilla con las dos manos, muy seria, mirando a Gala como si la estuviera estudiando.

Daniel habló sin apartar los ojos de la niña.

—Yo no te prometo que vayamos a ser ahora una familia de anuncio.

Gala soltó una pequeña resoplada.

—Dios me libre.

—Pero sí quiero que formes parte de nuestra vida. De verdad. Sin peleas todo el rato. Sin controlar. Sin hacerme sentir que cualquier decisión mía te parece un error.

—¿Y si me lo parece?

—Te callas un rato —dijo Daniel, y por primera vez sonrió de verdad.

Gala lo miró y, contra todo pronóstico, también sonrió. Apenas un gesto, torcido y cansado, pero suyo.

—Qué borde te has vuelto.

—Contigo se entrena uno mucho.

Ella bajó la vista hacia Lucía, que ahora había alargado una mano diminuta hacia la sábana. Gala se la ofreció sin palabras, muy despacio, como si temiera asustarla. La niña dudó un segundo y luego le cogió dos dedos.

Daniel dejó de respirar.

La mano de Gala, llena de venitas azules y manchas pequeñas de la edad, quedó atrapada dentro de la mano redonda y tibia de Lucía. Su madre bajó la cabeza para mirarla y entonces, por fin, se le quebró la cara.

—Ay, mi niña… —susurró.

Lucía siguió sujetándole la mano. Miró a Gala. Luego a Daniel. Después volvió a Gala, como si estuviera entendiendo algo que ninguno de los dos sabía explicar.

—Abuela.

Fue apenas un hilo de voz, gastado, frágil, casi más aire que palabra.

Daniel sintió que algo se le rompía por dentro.

Gala se quedó completamente inmóvil. Ni pestañeó. La mirada se le vació de todo menos de esa palabra recién nacida.

—¿Qué…? —susurró Daniel, inclinándose hacia la niña sin atreverse apenas a moverse.

Lucía apretó un poco más la mano de Gala.

—Abuela —repitió, esta vez un poco más claro.

Gala soltó un gemido mínimo, una cosa a medio camino entre una pequeña sonrisa y un leve llanto, y se llevó la mano libre a la boca.

Daniel notó que los ojos se le llenaban de golpe. Agachó la cabeza para que Lucía no se asustara.

Lucía miró a Gala con una seriedad inmensa y, como si la emoción ajena la empujara a seguir, añadió muy bajito:

—No.

Gala apartó la mano de la boca.