Capítulo 22 — la señal
la señal
Una tarde, el exclusivista llamó. Daniel volvía de Sant Francesc con el coche lleno de cosas que no recordaba haber decidido comprar: detergente, galletas, una linterna nueva, fruta, una bolsa de pienso para Dexter y un paquete de servilletas, aunque ya tenía en casa.
—Ya están —dijo el hombre al otro lado, sin saludar apenas—. Las marquesinas. Han quedado de puta madre.
Daniel tardó un segundo en entender a qué se refería.
—¿Ya?
—Sí, hombre. Ya te dije que si nos dábamos prisa salían hoy. He visto una hace un rato y se ve de lujo. Tu postal va a dar que hablar.
Daniel no contestó enseguida. Miró la carretera blanquecina delante de él, el polvo pegado a los márgenes, las higueras quietas bajo el sol de la tarde.
—Vale —dijo al final.
—¿Vale? Solo vale, dice. Pues nada, cuando te pares a verla, me llamas y me das las gracias.
Colgó antes de que Daniel pudiera responder.
Siguió conduciendo unos minutos más con la sensación extraña de que algo acababa de ponerse en marcha sin pedirle permiso.
La isla estaba en esa hora tibia en que el calor empieza a ceder un poco, pero la luz sigue siendo blanca, casi obstinada.
En el asiento de al lado, la bolsa de fruta rodó en una curva y una naranja se golpeó contra la puerta.
La primera marquesina apareció a la salida de un cruce, tan de pronto que Daniel casi no la reconoció.
La vio de reojo: el marco de metal, el cristal limpio, el banco de plástico y, dentro, la imagen enorme de la postal.
Sintió un golpe seco en el pecho.
Pero no se detuvo.
No sabía por qué. Tal vez porque verla así, de repente, agrandada y quieta en medio de la isla, le produjo una vergüenza rara, casi física, como si alguien hubiera sacado a la calle un pensamiento que solo debía existir dentro de él.
Siguió de largo, con las manos apretadas al volante.
Unos kilómetros después, vio otra marquesina.
Esta vez sí frenó.
Lo hizo de forma torpe, levantando una pequeña nube de polvo al apartarse en el arcén. Apagó el motor, pero no salió enseguida. Se quedó un momento dentro del coche, con el tic del motor enfriándose y el sonido lejano de unas chicharras clavado en la tarde.
Luego abrió la puerta, cerró con el codo, se metió las llaves en el bolsillo y caminó despacio hasta la marquesina. La estructura proyectaba una sombra escasa sobre el banco, una sombra tibia, apenas suficiente para sentarse sin achicharrarse del todo.
Daniel se quedó de pie delante del cristal.
La postal, a ese tamaño, había perdido algo de inocencia y ganado otra cosa. Ya no era un objeto pequeño, íntimo, manejable… Allí, en grande, parecía una llamada. Una especie de promesa pública, absurda y hermosa a la vez.
Sacó el móvil y le hizo una foto.
Luego otra un poco más de lado.
Y otra más, acercándose al texto.
No sabía muy bien para qué. Para enseñársela a alguien, quizá. A Ana. A Natalia. O tal vez solo para comprobar más tarde que aquello había existido de verdad, que no se lo había imaginado.
Guardó el teléfono y se sentó en el banco.
Desde allí podía verla entera. Las imágenes eran enormes y las palabras impresas tenían una nitidez que, de pronto, le pareció excesiva.
«Hola, Daniel, espero que estés bien y te recuperes pronto. Formentera te echa de menos y sigue esperándote. Tal vez aquí vuelvas a ser tú. Cuídate».
Lo leyó despacio.
No hacía falta. Se lo sabía de memoria. Llevaba demasiado tiempo leyéndolo en su cabeza, en la cocina, en la cama, conduciendo, en la ducha, al despertar. Y sin embargo, allí, bajo el cristal de la marquesina, el texto parecía otro. Más expuesto. Más real. Más extraño.
Lo volvió a leer.
«Hola, Daniel…».
La luz cambió apenas un segundo, o eso creyó. Un pequeño reflejo se deslizó por el cristal. Daniel frunció el ceño y se inclinó un poco hacia delante.
Entonces las letras empezaron a volverse borrosas.
No mucho. Apenas un temblor, como si el negro de la tinta se estuviera deshaciendo en una humedad invisible. Daniel parpadeó. Se frotó la frente. Notó un pequeño mareo, un vacío repentino detrás de los ojos, y tuvo que apoyar la palma en el borde del banco para no inclinarse más.
Respiró hondo.
Otra vez.
El ruido de un coche al pasar lo devolvió un segundo al presente.
Cerró los ojos apenas un instante y, cuando volvió a abrirlos, las letras ya no estaban borrosas. Al contrario. Parecían más grandes, más próximas, más nítidas que antes. Como si alguien las hubiera reescrito delante de él con una intención casi brutal.
Las miró fijo.
Había algo.
No en el texto, que ya conocía, sino en la forma de las letras. Aquella caligrafía le sonaba. No sabía de dónde. No todavía. Pero le sonaba.
Se quedó inmóvil, mirando la reproducción impresa de aquella escritura como si pudiera atravesarla con los ojos y llegar al momento exacto en que alguien había apoyado un bolígrafo sobre el reverso de la postal.
Pensó primero en Rebeca.
No. La letra de Rebeca era más redonda, más limpia, más femenina incluso en las listas de la compra, con esa costumbre de cerrar demasiado las oes y dejar las erres medio abiertas.
Cloe.
Recordaba que un día en la playa le había dejado un cuaderno para que leyera un poema que había escrito. Pero no recordaba haber visto lo suficiente de su letra como para estar seguro.
Natalia.
Imposible.
Romeo.
La idea resultaba tan absurda que casi le hizo sonreír, y sin embargo estuvo allí un segundo, solo por descartar el mundo entero antes de aceptar que algo no encajaba.
Volvió a leer:
«… Formentera te echa de menos y sigue esperándote».
Se le secó la boca.
Había algo obscenamente familiar en esa frase. No solo en lo que decía, sino en cómo estaba dicha.
Daniel se frotó los ojos con dos dedos.
Cuando volvió a mirar la marquesina, el texto seguía allí, quieto, perfectamente legible, pero algo dentro de él ya se había movido. No era un recuerdo. Solo un roce. La sensación de que llevaba días, o años, mirando una puerta sin entender que la cerradura le resultaba conocida.
Se levantó despacio.
Volvió a sacar el móvil y le hizo otra foto, esta vez muy de cerca, solo al texto. Después otra al conjunto entero, como si temiera que de un momento a otro las palabras pudieran deshacerse y volver a esconderse.
Se guardó el teléfono en el bolsillo y permaneció un poco más allí, de pie, mirando la marquesina en silencio.
Volvió al coche con la sensación de que la isla acababa de decirle algo en un idioma que todavía no entendía del todo. Condujo un rato sin rumbo claro, dejó pasar más tiempo del que quería admitir y, ya de noche, llamó a Ana.
—Hola —dijo ella.
—Hola.
—Tienes la voz rara.
Él soltó una media risa.
— Puede ser. Hoy he tenido un día extraño.
—Últimamente todos tus días parecen competir por el primer puesto.
Daniel miró hacia la oscuridad del camino.
—He visto algo que me ha removido. No sé explicarlo mejor.
Ana no preguntó enseguida. Esperó.
—¿Algo malo?
—No exactamente.
Daniel cerró los ojos un instante.
—No es malo. Es… como si me hubiera rozado una idea. Una de esas que todavía no tienen forma, pero ya te cambian la respiración.
Ana se quedó callada.
—¿Tiene que ver con la postal? —preguntó al fin.
Daniel tardó un segundo.
—Sí.
—Vale.
Solo eso. Vale. Ni reproche ni curiosidad exagerada. Y precisamente por eso a Daniel le dolió un poco más.
—No te lo quiero contar mal —dijo—. Porque aún no entiendo qué me pasa con esto.
Ana apoyó la frente en la pared, al otro lado de la llamada.
—Entonces no me lo cuentes mal.
Hubo un silencio.
—A veces no sé si estás buscando a esa mujer o te estás buscando a ti —dijo ella muy bajo.
—Puede que las dos cosas sean la misma.
Ana dejó pasar unos segundos antes de responder.
—Eso es lo que me da miedo.
—¿Qué te da miedo?
—Que conviertas cada misterio en una casa y luego vivas dentro.
Daniel no contestó enseguida.
—No quiero hacer eso.
—Ya —dijo Ana—. Pero a veces te escucho y no sé si estás volviendo o si te estás hundiendo con mucho estilo.
Daniel soltó una risa mínima.
—Qué borde eres.
—Estoy siendo suave.
El tono bajó un poco la tensión, pero no la borró.
—No te estoy riñendo —añadió ella—. Solo te pido que no te pierdas.
—Lo intentaré.
—Hazlo un poco mejor que otras veces.
* * *
A la mañana siguiente, Daniel recibió una llamada de Alberto, el veterinario. Ya estaban los resultados de la intoxicación.
Daniel entró en la clínica justo cuando Alberto terminaba de hablar por teléfono. El veterinario alzó una mano, sin dejar de escuchar a la persona que tenía al otro lado de la línea, y le indicó que pasara a la consulta.
—Siéntate, ahora estoy contigo.
Daniel obedeció en silencio. La puerta se cerró a su espalda con un golpe suave.
Allí dentro flotaba esa mezcla extraña de desinfectante, café recalentado y pienso abierto que tienen los sitios donde la vida y el miedo conviven demasiado cerca.
Sobre la mesa había varias carpetas desplegadas, un bolígrafo sin tapa, una bolsa de comida para perros apoyada junto al ordenador y una taza con un resto de café ya frío.
Alberto colgó al fin, se quitó las gafas y se frotó un instante el puente de la nariz antes de mirarle.
—¿Qué tal sigue Dexter?
—Bien. Como si no hubiera pasado nada.
Alberto dejó escapar una media sonrisa.
—Eso es buena señal.
Daniel asintió, aunque no logró devolvérsela. Seguía con el cuerpo en guardia desde aquel día en la playa, como si una parte de él no se creyera del todo que el susto hubiera terminado.
—La verdad —dijo— es que todavía no entiendo cómo se recuperó tan rápido.
—Porque lo trajiste a tiempo, ya se lo puedes agradecer a Romeo —respondió Alberto mientras abría una carpeta gris—. Y porque no llegó a absorber demasiada cantidad.
Daniel vio el informe grapado dentro, varias hojas con membrete, cifras, palabras técnicas y un sello del laboratorio. Sintió una punzada seca en el estómago.
—¿Ese es el análisis?
—Sí. Llegó ayer.
Alberto pasó una hoja con calma, como quien ya ha leído demasiadas veces algo que el otro aún no sabe encajar.
—Los restos del papel de aluminio contenían carne procesada, probablemente salchicha cocida o hamburguesa. Y encontraron trazas de un compuesto organofosforado.
Daniel frunció el ceño.
—Háblame claro.
Alberto levantó un momento la vista del papel.
—Un pesticida. Un insecticida bastante tóxico.
Daniel notó cómo se le endurecía la mandíbula.
—¿Entonces fue intencionado?
El veterinario sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
—No hay una forma razonable de que eso acabara ahí por accidente.
Durante unos instantes no se oyó nada salvo el zumbido del fluorescente y un perro ladrando a lo lejos.
—Joder… —murmuró Daniel.
Alberto cerró la carpeta despacio, casi con cuidado.
—Los síntomas cuadraban desde el principio. Los vómitos, la diarrea, la dificultad para respirar… Por eso le hicimos el lavado gástrico en cuanto llegó.
Daniel apoyó los antebrazos en las piernas y se quedó mirando un punto del suelo, como si necesitara agarrarse a algo fijo para no dejarse arrastrar por todo lo que aquella frase acababa de abrir.
—¿Y si hubiese tardado más?
Alberto dudó apenas un instante. No lo suficiente como para mentir.
—Probablemente el final habría sido otro.
Daniel tragó saliva. Le vino la imagen de Dexter tumbado sobre la toalla, respirando mal, los ojos apagados, Lucía llorando a su lado sin entender nada.
Y detrás de esa imagen apareció otra, mucho más sucia: unas manos mezclando veneno en la carne, envolviéndola en papel de aluminio, y dejándola allí, justo donde un perro podía encontrarla.
Alzó la vista.
—¿Puedo quedarme una copia del informe?
—Claro.
Daniel la cogió con cuidado, aunque en realidad le temblaban un poco los dedos.
Se levantó, pero antes de que pudiera llegar a la puerta, el veterinario volvió a hablar.
—Escúchame una cosa.
Daniel se volvió.
—Quien hizo esto sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Tened cuidado durante una temporada.
Daniel no respondió. Se guardó el informe bajo el brazo y salió de la consulta con la sensación de que algo acababa de cambiar de sitio para siempre. Decidió llamar a Romeo para contárselo y darle de nuevo las gracias por salvar a Dex.
—Estoy donde el veterinario, ya me ha dado el informe de Dexter.
—¿Sí? ¿Y qué dice?
—Que no fue accidental. La carne tenía pesticida. Lo hicieron a posta.
Al otro lado hubo un silencio.
—Joder… no me lo puedo creer. Qué hijos de puta.
Daniel se pasó la mano por la cara.
—¿Tú crees que alguien ha intentado matar a Dexter?
—No, no creo que fueran a por Dexter en concreto. Nadie te conoce aquí, Daniel, y mucho menos a él. Pero vamos, que hay gente muy cabrona. Yo he oído más de una vez que a algunos no les gustan los perros en las playas y que han tirado cosas para joderlos. Hasta comida con clavos, imagínate.
—Muchas gracias, amigo, si hubiéramos llegado más tarde, sin tu ayuda, posiblemente no se hubiera salvado.
—Nada hombre, solo hice lo que tenía que hacer. De todas formas, no le des muchas vueltas. Si alguien ha dejado eso por ahí, le daba igual quién cayera. Ya hablaremos, que tengo lío. Venga, ciao .
Daniel hasta ahora, había pensado en la postal, en Cloe, en las casualidades, en las malas decisiones y en los fantasmas que uno arrastra sin querer.
Pero aquello era otra cosa. Aquello tenía manos.
Y quizá también intención. Por primera vez desde que había llegado a la isla, entendió que no solo había vuelto al lugar donde una vez perdió el rumbo.
Tal vez, sin saberlo, acababa de meterse en el territorio de alguien que llevaba tiempo anticipando su regreso.