Poseidonia Capítulo 21 — la parte contraria #3
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Capítulo 21 — la parte contraria #3

Ana no tardó nada. Llegó caminando deprisa desde la calle de atrás, con unas gafas de sol enormes y el bolso colgado al hombro. Cuando lo vio desde lejos, bajó un poco el paso. Daniel estaba de pie, pero tenía esa quietud de cuando no se sostiene uno por convicción, sino por inercia.

Ana llegó hasta él y lo abrazó.

No fue un abrazo de película, ni de pasión, ni de triunfo. Fue uno de esos abrazos prácticos y hondos en los que una persona le presta un rato el cuerpo a otra para que no se desmorone.

Daniel apoyó la frente en su pelo y cerró los ojos.

—Ha salido bien —murmuró.

Ana no lo soltó.

—Ya lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si hubiera salido mal, no tendrías esta cara. Tendrías otra peor.

Daniel soltó una risa corta.

Se separaron un poco. Ana lo estudió.

—¿La has visto?

—Sí.

—¿Y?

Daniel miró un momento hacia la avenida, evitando los ojos de ella.

—Ha sido peor de lo que esperaba y menos de lo que temía.

—Eso suena muy tuyo.

—Es que mi familia también lo es.

Ana le rozó la muñeca con los dedos.

—¿Ha sido muy desagradable?

Daniel tardó en responder.

—No tanto por lo que ha dicho. Más por lo que ha quedado claro.

—¿Qué?

—Que me quiere. Y que me ha querido mal casi toda la vida.

Ana bajó un poco la mirada. No dijo nada. Solo asintió.

—Vámonos de aquí —dijo ella—. Estás blanco, necesitas aire.

Daniel obedeció sin protestar. Caminaron despacio, sin rumbo preciso, alejándose de los juzgados.

Durante un rato no hablaron de Gala. Ana le fue contando tonterías pequeñas de Madrid, de una clienta insoportable, de Bimba robando calcetines en casa de su hermano, de una terraza nueva donde hacían las peores croquetas del barrio.

Daniel la escuchaba en silencio, como si necesitara que alguien le devolviera el mundo a una escala en la que todavía cupieran las cosas normales.

Al cabo de unas calles, Ana dijo:

—Esta noche no piensas dormir.

Daniel la miró de lado.

—No.

—Bien. Yo tampoco. Así no me haces sentir sola.

Él sonrió apenas.

—Qué generosa.

—Muchísimo.

Siguieron andando.

—¿Sabes una cosa? —dijo Ana al cabo—. A veces contigo tengo la sensación de llegar siempre cinco minutos después de un terremoto.

Daniel giró la cabeza hacia ella.

La frase estaba dicha con ligereza, casi con humor, pero debajo había algo más.

—Lo siento —murmuró él.

Ana negó.

—No te estoy reprochando nada. Solo… reflexiono en alto.

Daniel bajó la vista.

—Parece que no sé vivir de otra manera últimamente.

Ana le cogió la mano.

—Ya. Pero no te acostumbres demasiado.

Más tarde, cuando la risa se fue apagando y el cuerpo empezó a quedarse quieto, llegó también el cansancio. No era tristeza todavía. Era otra cosa. Una forma más seria de felicidad, una que obligaba a pensar en lo que vendría después.

Esa noche no salieron. No tenían ganas de bares, ni de luces, ni de celebrar nada. Compraron algo de cena en un sitio cercano y se quedaron en casa, descalzos, con la televisión encendida sin volumen y Bimba dormida hecha un ovillo en el sillón.

Ana estaba sentada en el suelo, apoyada contra el sofá, con una copa de vino en la mano. Daniel, a su lado, sostenía otra sin beber casi.

—¿Qué piensas? —preguntó ella.

—Que mañana ya me quiero ir.

Ana asintió.

—Lo imaginaba.

—Y al mismo tiempo me da pena irme.

—Eso también lo imaginaba.

Daniel se quedó mirando su copa.

—Madrid me pesa, pero tú no.

Ana giró la cabeza hacia él. Sonrió un poco.

—Eso te ha quedado bastante bien.

—No pretendía que quedara bien. Pretendía que fuera verdad.

Ana dejó la copa en el suelo.

—Lo es.

Daniel tardó en responder.

—No lo sé. Pero sí, creo que allí soy más yo.

Ana apoyó la cabeza en el borde del sofá.

—Eso me gusta y me da rabia a la vez.

—¿Por qué?

—Porque me alegro de que hayas encontrado un sitio que te siente bien. Pero a veces tengo la impresión de que todo lo bueno que te pasa depende de un equilibrio muy frágil. Como si siempre hubiera algo a punto de torcerse.

Daniel no respondió.

Ella no lo miró al decir lo siguiente:

—Y no sé todavía si yo sirvo para vivir así.

La frase cayó con suavidad. Daniel la oyó entera.

—No te pido eso.

—Ya. Lo sé. Y tampoco te estoy diciendo nada concreto. Solo pienso en voz alta.

Daniel dejó la copa en el suelo.

—No quiero arrastrarte a ninguna ruina, Ana.

Ella sonrió con ternura.

—Eso no lo decides tú. Una entra o no entra. Y ya veremos.

Luego le besó en la boca.

—De momento, entra aquí y deja de pensar tanto.

A la mañana siguiente, Madrid amaneció más saturado que luminoso. No tenían demasiado tiempo antes del vuelo, y quizá por eso los gestos se volvieron más suaves, como si ambos supieran que ciertas despedidas no conviene gastarlas hablando demasiado.

En el aeropuerto, Ana no hizo ningún drama. Ni Daniel tampoco. Se abrazaron junto a la puerta de embarque con la sensación rara de que era una despedida pequeña y una promesa grande a la vez.

—Llámame cuando llegues —dijo ella.

—Te llamo.

—Y si no lo haces, te llamaré yo para insultarte.

—Eso sí me lo creo.

Ana lo miró fijo un segundo. Luego dijo, muy bajo:

—No dejes que todo vuelva a tragarte en cuanto aterrices.

Daniel sostuvo la mirada.

—Lo intentaré.

Ana sonrió, pero solo con la boca.

—No. Inténtalo menos y hazlo más.

Daniel asintió.

Le dio un beso corto. Después otro un poco más largo. Al separarse, Ana le arregló el cuello de la camisa con un gesto absurdo y doméstico.

—Venga. Tira.

—Qué mandona eres.

—Con alguien tiene que empezar la convivencia.

Daniel echó a andar hacia el control. Se volvió una vez. Ana seguía allí, con las manos en los bolsillos.

Levantó una mano.

Ella hizo lo mismo.

Y luego él desapareció.

Daniel entendió que no había ganado nada parecido a la paz: apenas había logrado evitar un derrumbe.

Había cortado una cuerda vieja, sí, pero seguía rodeado de nudos sin deshacer: su madre, Ana, la postal, la isla y esa sensación, cada vez más inquietante, de que en su vida ninguna verdad llegaba sola.

Y mientras regresaba a Formentera con el cuerpo todavía en tensión y el corazón a medio abrir, supo que lo verdaderamente difícil no era salir vivo de un juicio, sino de todo lo que venía después.

Esa noche, después de acostar a Lucía y de dejar la casa en ese silencio pequeño de las horas buenas, Daniel llamó a Ana.

Ya se había prometido hacerlo desde el ferry , luego desde el puerto, luego al llegar.

Al final tuvo que esperar a que todo se calmara fuera para reconocer lo alterado que seguía por dentro.

—¿Ya estás en casa? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Y?

Daniel miró la cocina en silencio, la luz cálida, el bolso de Lucía colgado en una silla, la correa de Dexter en el suelo.

—Y nada. Ya estoy aquí.

Ana tardó un segundo.

—Eso ha sonado más importante de lo que parece.

—Quizá lo sea.

Se quedaron callados un momento.

—¿Cómo está Lucía? —preguntó Ana.

—Bien. Más tranquila. Y yo… no sé. Más ligero que en Madrid.

Ella exhaló.

—Estaba pensando que, cuando hablas desde allí, siempre suenas un poco más cerca de ti y un poco más lejos de todo lo demás.

Daniel no supo qué decir.

—No es una crítica. Solo una observación.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Cómo suenas desde Madrid?

Ana se rio muy bajo.

—A alguien que sigue trabajando, pagando facturas y esperando a que su novio extraño la llame cada noche.

Daniel sonrió.

—No soy tan extraño.

—No, qué va.