Capítulo 30 — amor
amor *
Entraron en casa. Lucía ya estaba otra vez en el suelo del salón, entretenida con unas piezas de madera y con Dexter tumbado al lado, vigilando el juego como si le hubieran dado un trabajo serio. Daniel fue hasta la habitación, se cambió la camiseta y volvió a salir con el teléfono en la mano.
Daniel no llamó a Ana enseguida. Pasó el día tranquilo con los suyos y cuando por fin marcó el número, ya había anochecido.
—Hola.
Ella notó enseguida el tono.
—¿Qué ha pasado?
Daniel cerró los ojos un segundo.
—Se ha ido Natalia.
Hubo un silencio corto.
—Se va a Barcelona.
—Sabíamos que este día iba a llegar.
Daniel bajó la vista al suelo lleno de tierra del porche.
—Ha sido duro.
Otra pausa.
—¿Estás bien? —preguntó ella al fin.
Daniel soltó una risa muy breve, casi sin aire.
—No del todo.
Ana no respondió enseguida.
—Daniel.
—Sí.
—No me mientas hoy.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces dime la verdad.
Daniel tardó unos segundos.
—Me ha besado.
Ana soltó el aire muy despacio.
—Vale.
Daniel abrió los ojos.
—Ana…
—No. Espera.
Se oyó un pequeño roce al otro lado, como si Ana se hubiera sentado o levantado. Cuando volvió a hablar, la voz le salía limpia, pero más baja.
—¿Ha sido porque la querías?
Daniel se quedó quieto.
—Ella me ha besado a mí, no me lo esperaba. ¿Quererla? Sí, pero evidentemente no como a ti.
Ana dejó pasar la frase sin recogerla.
—Esa no es respuesta.
—No sé qué contestar, me ha dejado totalmente bloqueado. No sé cómo contestarte bien.
—Pues inténtalo regular.
Daniel se frotó la frente.
—La quería en un sitio raro. En uno de esos sitios donde se mezclan el dolor, la verdad y el final.
Ana cerró los ojos.
—Ya.
—Y se iba. Y estaba rota. Y yo también estaba… no sé. Removido.
Ana no dijo nada.
—Entonces ¿qué pasa?
Ana tardó más en contestar esta vez.
—Que no me basta con que me quieras.
Daniel sintió el golpe como si le hubieran bajado de pronto la temperatura del cuerpo.
—Ana…
—No, déjame hablar a mí ahora, por favor.
Él se quedó quieto.
—Te quiero muchísimo. Y precisamente por eso llevo tiempo intentando no mentirme. No voy a dejarte por un beso. No te estoy montando una escena por Natalia. No va de eso y lo sabes.
Daniel cerró los ojos.
—Va de que siempre llego a tu vida cuando aún hay otra cosa ocupándolo todo.
Tu madre. Rebeca. Cloe. Romeo. Natalia. La postal.
El incendio. Siempre hay algo ardiendo, algo enterrado, algo que desenterrar, alguien a quien salvar, alguien a quien llorar, algo que entender.
Y yo… yo ya no sé si estoy construyendo una vida contigo o esperando a que termines de salir de todas las anteriores.
Ninguno habló durante unos segundos.
—No quiero que sientas eso.
—Ya. Pero lo siento.
—Puedo arreglarlo.
Ana dejó escapar una risa triste.
—Eso es justo lo que no entiendes. No tienes que arreglarme nada. Lo que necesitas es vivir un tiempo sin estar siempre al borde de otra catástrofe emocional. Y yo necesito dejar de sentir que mi sitio en tu vida depende de si hoy se ha abierto o no otra herida.
Daniel bajó la cabeza.
—¿Estás rompiendo conmigo?
La pregunta quedó desnuda entre los dos.
Ana no respondió enseguida.
—Estoy diciéndote que así no puedo seguir. Que te quiero demasiado como para convertirme en otra mujer esperando a que termines de mirar hacia atrás.
A Daniel se le secó la boca.
—No eres eso.
—Todavía no —corrigió ella, muy suave.
Él respiró hondo.
—No sé qué decir.
—No digas nada que no sea verdad.
Daniel miró la noche del jardín.
—La verdad es que no quiero perderte.
Ana cerró los ojos.
—Y la mía es que tampoco quiero perderte yo.
Por eso la frase siguiente le dolió aún más.
—Pero ahora mismo necesito apartarme.
Daniel apretó el teléfono contra la oreja.
—¿Apartarte cuánto?
Ana sonrió con tristeza.
—No lo sé.
—¿Y esto se acaba aquí?
Ana tardó unos segundos.
—No quiero cerrarte la puerta. Pero tampoco quiero dejártela abierta para sentarme a esperarte. Si un día volvemos a encontrarnos, bien, de verdad bien, no me gustaría que esto nos hubiese destruido. Pero no voy a prometerte nada. Ni quiero que me lo prometas tú.
Daniel apoyó la frente en la mano.
—Entiendo.
Ana bajó la voz.
—Daniel.
—Sí.
—No te estoy dejando porque no te quiera. Te estoy dejando precisamente porque sí.
Él cerró los ojos.
—Eso es una mierda de frase.
Ana soltó una risa mínima, rota.
—Ya. Pero hoy es la mía.
Se quedaron callados un momento.
Luego Ana añadió:
—Cuida de Lucía.
—Siempre.
—Y cuídate tú, aunque no se te dé bien.
Daniel tragó saliva.
—Lo intentaré.
—No. Hazlo.
—Vale.
—Buenas noches, Daniel.
—Buenas noches, Ana.
No colgaron a la vez. Ana lo hizo primero.
Daniel se quedó inmóvil en el porche, con el teléfono aún en la mano y la oscuridad del campo respirando delante de él.
Y por primera vez en mucho tiempo, la noche de Formentera no le pareció una promesa. Le pareció un sitio donde quedarse solo.