Capítulo 20 — pato #2
—Bueno… ahora que te he drogado, voy a intentar sacarte información. Cuéntame lo del incendio.
Daniel tardó un segundo en responder.
—Mi hija y yo nos salvamos de milagro.
Pato bajó un poco la mirada.
—Joder. Me podía haber ahorrado la pregunta. Lo que me intriga es cómo te has vuelto a enamorar tan pronto, aun siendo un tío.
Daniel le devolvió el canuto.
—Pues es muy sencillo: porque ya no estaba enamorado de mi mujer.
Convivíamos y teníamos una niña, pero nada más.
Esas cosas ocurren, no se preparan. Si me hubiera cruzado con Ana, que así se llama, cuando aún vivía mi mujer, probablemente la habría dejado.
No estaban bien las cosas desde hacía tiempo, la verdad.
—¿Y ella, por qué no ha venido hoy?
—Porque no vive aquí. Al menos de momento. Vive en Madrid. Cambio de tercio. ¿Y tú, por qué dejaste a tu chico?
—A ver, listillo, que seguro que tienes una teoría.
—Pues sí. Creo que es el típico caso en que uno de los dos quiere cambiar pañales y el otro no.
Pato se quedó mirando el suelo.
—Pues, aunque me joda reconocerlo, te has ganado un gallifante. No fue solo por eso, pero sí. Más o menos.
—Hiciste bien entonces —dijo Daniel. —¿Otra copa?
Pato levantó una ceja.
—¿Me quieres emborrachar?
—No, Dios me libre. Pero yo voy a aprovechar, que los papis salimos poco.
—Pues nada. Aprovechemos.
Justo cuando se iban a levantar, llegó hasta la puerta un coche de policía.
De él se bajó Romeo.
Les dio las gracias a los agentes y se plantó delante de los dos.
—Lo siento, chicos.
Tenía marcas en la cara y una mano vendada.
—Pero ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó Daniel.
—Sí, sí. Ahora vengo.
Entró en el bar y ellos lo siguieron con la mirada. Estuvo unos minutos hablando con el dueño y con la camarera y luego salió con dos copas.
—A estas os invito yo.
Y se sentó frente a ellos, con cara de agotamiento.
—Bueno, cuéntanos —dijo Pato, muerta de curiosidad.
Romeo resopló.
—Me da un poco de vergüenza. Se me ha ido un poco de madre el tema.
A ver, tengo una follamiga desde hace unas semanas.
Habíamos quedado esta tarde en su casa, como otras veces.
El problema es que ha aparecido su marido acompañado del cuñado.
Se habían ido de pesca, pero no sé por qué coño han vuelto antes y se ha liado.
Han empezado los insultos, él la ha empujado, yo me he puesto en medio, me han dado la primera y luego, a palos e insultos, hasta que ha aparecido la policía.
Menos mal que han llegado pronto, o no sé cómo habría acabado la cosa.
Y después nos han llevado al ambulatorio, donde se ha vuelto a liar.
Al final ni han querido poner denuncia, que si no, con la condicional…
Daniel se llevó las manos a la cabeza.
—No sé ni por dónde empezar.
—Pues hoy sermones los justos, que no estoy de humor. Mañana será otro día.
Y se despidió, andando lentamente por la calle.
—Espera, Romeo, que te llevo —dijo Daniel.
—No, déjalo, de verdad. Me apetece un paseo y no quiero joderos la noche.
Se fue sin añadir nada más.
Daniel se bebió la copa casi de un trago.
—Sin palabras me ha dejado.
Pato exhaló el humo y dijo:
—Sí, lo de Romeo es de traca. La verdad es que no pegáis ni con cola. Él, un desastre de hombre, vividor, expresidiario…
Daniel levantó la cabeza.
—Un momento. ¿Por qué le metieron en la cárcel?
—No sé, no tengo ni idea. Creo que Jordi y Antonio sí lo saben, pero cuando hemos preguntado siempre se hacen los tontos. Venga, vamos a bailar. No dejemos que nos amargue la noche.
Entraron de nuevo y se fueron hacia una especie de pista al fondo. Allí pasaron buena parte de la noche, entre copas, risas y bailes. Se sentía a gusto con Pato. Era simpática, pero también muy directa, y le había hecho cuestionarse algún que otro prejuicio.
Ya casi amanecía cuando se despidieron frente a la puerta del local.
Daniel esperó a que el primer taxi se llevara a Pato y mientras esperaba el suyo, se reprendió por haberse pasado con las copas y tener que dejar el coche.
Pensó que aprovecharía cuando fuera a buscarlo para asegurarse de que Romeo estaba mejor.
Se despertó con bastante resaca, con el pensamiento de que la edad empezaba a no perdonar. Desayunaron, se llevó a Lu a un parque y llamó Ana.
—¿Qué, mucha resaca? Venga, cuéntame qué tal ayer con Romeo y sus amigos. Dame envidia, que yo me aburrí como una ostra viendo una peli coñazo.
—Espera, que ahora te llamo, que se me mata la niña. Estoy con Lu en los columpios.
Necesitaba pensar.
La historia sonaba fatal incluso para él: Romeo no había aparecido porque se había liado con una casada, había llegado en un coche de policía después de pegarse con el marido y el cuñado y, además, él acababa de descubrir que había estado en la cárcel.
Después se había quedado solo con una amiga de Romeo, habían fumado canutos y habían bailado como si no hubiera un mañana.
Al final decidió escribirle un WhatsApp:
DANIEL: «Luego te llamo tranquilamente, que la noche dio para mucho y aquí, con Lu, complicado». ANA: « emoji con cara de sorpresa».
Después del parque fueron a S’Estany, otra de las joyas naturales de Formentera.
Había preparado la visita y llevaba dos prismáticos, uno de ellos pequeño y de colores, que a Lu le encantó.
Allí se lo pasaron muy bien espiando a las aves, sobre todo a los flamencos, que desde aquel día se convirtieron en los animales favoritos de la niña.
Después comieron por La Savina, volvieron a casa y aprovechó para llamar a Ana.
—Aquí estoy por fin.
—¡Me has dejado intrigada!
—Pues es una historia larga, ¡espero que no tengas prisa! Romeo no apareció hasta las tantas, en un coche de policía.
—¿Qué dices? ¿Qué pasó?
—Resulta que se estaba cepillando a una amiga y apareció el marido y se lio bien gorda. Al final lo trajo la policía después de pasar por el ambulatorio porque estaba hecho un cromo. Además, me enteré ayer de que está en libertad condicional.
—Joder. Flipo con tu amigo. Pero ¿y sus amigos?
—Sus amigos se fueron pronto porque estaban cansados. Y yo me quedé con Pato, otra de las amigas de Romeo. Nos lo estábamos pasando bien y, para un día que salgo por ahí de copas…
Ana se quedó callada un segundo.
—Daniel, de verdad. Cada vez que hablo contigo te pasan unas cosas… Desde luego no te aburres.
Daniel se sentó en la cama de Lucía.
—Ana, que sepas que le anuncié a todo el mundo lo enamorado que estoy de ti. Lo pasé bien con Pato, sí, pero, sinceramente, no es mi tipo —dijo con una sonrisa maléfica.
—Ah, ¿sí? ¿Y me puedes decir cuál es tu tipo de mujer?
Daniel sonrió.
—Pues tú, tonta. Me lo has puesto a huevo.
Al final consiguió capear el asunto bastante bien. Se quedó tranquilo, sobre todo porque le había contado toda la verdad.
Daniel entendió ese día que Formentera no iba a regalarle una paz limpia ni una felicidad sin ruido.
La nueva vida que tanto había perseguido también venía cargada de confusión, secretos y errores.
Pero, aun así —o precisamente por eso—, estaba metido en ella hasta el cuello.
Y quizá vivir de verdad consistía en eso: en aceptar que incluso los comienzos más luminosos traen sus propias sombras.