Capítulo 21 — la parte contraria
la parte contraria
Llegó el momento de viajar a Madrid para el juicio.
Daniel había quedado con la abogada en el puerto.
Harían el trayecto juntos: primero el ferry hasta Ibiza y desde allí el avión.
Le hizo gracia verla de lejos, plantada junto a una barandilla con Blai inmóvil a su lado, una carpeta bajo el brazo y un vestido estampado, juvenil y vistoso, que de algún modo seguía resultando elegante.
El pelo blanco y rizado le bailaba al viento; los labios pintados de un rojo intenso y las enormes gafas de sol le daban un aire de actriz cansada de interpretar siempre al personaje más inteligente de la sala.
—Hola, Daniel. ¿Qué tal estás?
—Bien. Algo nervioso, la verdad. ¿María Teresa? ¿María? ¿Cómo quieres que te llame?
La abogada soltó una risa breve.
—Maite está bien, gracias. —Bajó la vista hacia las piernas de él y arqueó una ceja—. Entiendo que llevas más ropa, ¿no? Porque así al juzgado no entras.
Daniel se miró los pantalones cortos de flamencos y las chanclas.
—Sí, evidentemente. No voy a ir a una vista por la custodia de mi hija vestido como un camarero de chiringuito.
—Menos mal.
Caminaron hacia el embarque. Maite llevaba una mochila pequeña y una tranquilidad ligeramente insolente que, en según qué momentos, resultaba un alivio.
—¿Y tú? —preguntó Daniel—. ¿Te llevas a Blai a Madrid?
—No. He quedado con mi hermana. Se queda con él hasta mañana.
Una vez sentados en el ferry, Maite rompió el silencio.
—Bueno, cuéntame algo. ¿Alguna novedad? Entretenme, que eres de mis clientes más pintorescos.
Daniel sonrió.
—La verdad es que tenía una vida bastante aburrida hasta que llegué aquí. No sé por qué dice todo el mundo que esta isla es un coñazo. Por cierto, me he enterado de que mi único amigo en la isla está en libertad condicional.
—¿Tu único amigo? Eso ya me da pena, de entrada.
—¿Tú podrías averiguar qué hizo?
Maite lo miró de lado.
—Sí. Preguntándoselo. ¿Has probado esta técnica revolucionaria?
—Me da cosa.
—Entonces quizá no sea tan amigo, ¿no?
Daniel se quedó pensando. La ácida abogada tenía esa costumbre exasperante de dejarlo todo dicho en una sola frase.
—No sé. Supongo que decir «amigo» es mucho decir.
—Muchísimo decir. ¿Cómo se llama tu pseudoamigo?
—Romeo.
—¿Romeo qué?
Daniel dudó.
—Pues… no lo sé.
Maite dejó escapar un resoplido teatral.
—Maravilloso. ¿Y su apellido? ¿Su dirección? ¿Su fecha de nacimiento? ¿Un triste dato útil?
—No.
—Entonces tendrás que preguntarle, majo. O contratar un detective. Los antecedentes penales no son una revista del corazón.
Daniel se echó hacia atrás en el asiento.
—Vale, vale. Ya he entendido la indirecta.
—No era indirecta. Era directa y con mala leche.
En el puerto de Ibiza dejaron a Blai con la hermana de Maite y cogieron un taxi al aeropuerto.
—¿No vamos con tiempo? —preguntó Daniel—. Podríamos ir en bus.
—Vamos en taxi —dijo ella—. Y pagas tú.
Ya en el avión, Daniel intentó volver al tema importante.
—¿Tenemos que preparar algo de cara a la vista?
Maite negó con la cabeza.
—No demasiado. Va a durar poco. Legalmente esto no tiene casi ningún recorrido. Si el juez quiere hacer preguntas, las responderás. Si intenta explorar el conflicto familiar, lo hará. Pero la base de la demanda es muy débil.
—Es una pena que hayamos llegado a esto.
—Eso sí puede pensar el juez —respondió Maite—. Cómo una abuela acaba pidiendo la custodia de su nieta. Pero una cosa es que le resulte triste y otra que le dé a ella la razón.
Guardó silencio un segundo y luego añadió:
—¿Sigues sin poder localizarla?
—No me coge el teléfono.
—Mejor. Así no discutes antes de tiempo.
Daniel miró por la ventanilla. Nubes. Nada más.
—Y bien —dijo Maite, retomando su tono de siempre—, aparte de juicios familiares, ¿qué tal va tu búsqueda detectivesca? El tema de la postal. ¿Has encontrado ya al remitente?
Daniel soltó una media risa.
—Te voy a contar algo que probablemente te confirme que estoy perdiendo la cabeza.
Y le habló de las marquesinas.
De la postal ampliada en mitad de la isla. De la sensación de que alguien lo estaba empujando desde un sitio que no alcanzaba a ver.
Maite lo escuchó con una mezcla de paciencia profesional y atónita incredulidad.
—A ver si lo entiendo —dijo cuando terminó—. ¿Te has gastado una pasta en llenar la isla de marquesinas con una postal porque una mujer a la que besaste en una playa hace años podría leerla y llamarte?
—Dicho así suena un poco peor.
—No, Daniel. Dicho así suena exactamente como suena.
Él bajó la cabeza, resignado.
—No sé qué hacer. No sé nada sobre ella.
No paro de darle vueltas. No es normal. No es normal enamorarte de alguien, saber que esa persona lo está pasando mal, que tiene miedo, que desaparezca, que años después te mande una postal y cuando vienes a buscarla no quede ni rastro. Si es que me la envió ella, claro.
Maite se cruzó de brazos.
—Perdona, yo no sé mucho de aventuras extramatrimoniales en la playa con desconocidas. Y, además, no creo que estuvieras enamorado de ella. Te enchochaste, que es otra cosa. Llevabas tiempo casado, poco feliz y con hambre atrasada. Muy humano, pero no confundamos el hambre con la épica.
Daniel soltó una risa sin ganas.
—Gracias. Siempre sabes cómo mejorar una historia.
—Para eso me pagas. —Lo miró de reojo—. Aun así, entiendo que el misterio te tenga cogido por el cuello. Pero quizá deberías dejar de gastar dinero en estupideces.
—Es mi última bala.
—Eso decís todos antes de comprar la siguiente.
Daniel negó con la cabeza.
—No. Esta vez sí. Si no llama nadie, lo dejo.
Maite lo observó unos segundos.
—Eso no te lo crees ni tú.
Cuando llegaron a la T4, Maite desapareció con un hombre barbudo que la estaba esperando; quizá el autor de esta novela, o quizá no. Daniel sonrió un poco al verla abrazarse con aquella falta total de solemnidad que nunca se permitía en el trabajo. Y entonces vio a Ana.
Estaba unos metros más allá, apoyada en una columna, con una chaqueta clara, el pelo suelto y una expresión a medio camino entre el reproche y la alegría contenida. Daniel ni siquiera fingió esta vez. Cruzó la distancia en dos zancadas, la levantó del suelo y la besó con una urgencia casi infantil.
Cuando la soltó, Ana lo miró con una sonrisa triunfal.
—Qué soso has estado al llegar, ¿eh?
—Claro, mujer. Venía con la abogada.
—Yo qué sé. Un poco más de entusiasmo público tampoco te mataba.
En casa de Ana, Daniel fue directo a la habitación para cambiarse. Se estaba bajando los pantalones cuando notó que ella se le acercaba por detrás.
—A ver cómo está nuestra amiga —murmuró ella, rozándole la cintura con las manos—. No sé si se acordará de mí.
—Parece que sí.
—Menos mal.
Daniel se volvió con media sonrisa.
—¿No decías que teníamos prisa?
—Sí —respondió Ana sacando el móvil—, pero también sé reorganizar prioridades.
Marcó un número mientras se quitaba la ropa.
—Buenas tardes. Tenía una reserva a nombre de Ana Barco. Era para avisar de que llegaremos un poco más tarde… bueno, mejor media hora. Sí. Perfecto. Gracias.
Colgó. Sonrió. Y, completamente desnuda, se lanzó sobre él.
Llevaban demasiado tiempo sin tocarse como para perder tiempo fingiendo serenidad. Después, sudados y todavía con el aliento desordenado, Ana se dejó caer sobre su pecho.
—Cómo echaba esto de menos —murmuró.
—Y yo.
Ana se quedó callada un momento. Luego levantó la cabeza.
—He pensado una cosa.
Daniel le acarició el pelo.
—Dime.
—Que me voy.
—¿Dónde?
—Allí.
—¿Allí dónde?
Ana sonrió.
—A Formentera, idiota. Contigo. Con Lucía. Con las fieras.
Daniel se incorporó un poco.
—¿Qué?
—Que me voy. Desde que volví, ya nada me encaja aquí igual. Todo me parece demasiado lleno y vacío a la vez. Trabajo, casa, trabajo. Días tirados por el sumidero. Y allí… allí me di cuenta de que estaba viviendo a medio gas.
Daniel la miró en silencio.
—He hablado con Alfredo —continuó ella—. Le he dicho que quiero dejar la empresa. Me ha propuesto quedarse con ella, de momento se podría hacer cargo de todo con un aumento y una opción de compra dentro de un par de años.
Daniel no respondió enseguida. Bajó la vista. Ana lo notó.
—No pongas esa cara.
—Es que es un paso enorme.
—Ya lo sé.
—Dejar tu casa, tu trabajo, tu ciudad…
—No lo hago por ti —dijo Ana, muy seria—. Lo hago por mí. Y por nosotros. Pero primero por mí. Porque quiero esa vida. De todas formas no es definitivo, hay que darle unas vueltas.
Daniel siguió sin hablar. Se levantó de la cama y salió de la habitación sin decir una palabra.
Ana se incorporó de golpe.
—¿Qué haces, Daniel?
No respondió.
Al cabo de un minuto volvió. Llevaba una pequeña caja plateada con un lazo blanco en la mano.
—Siéntate —dijo.
Ana obedeció, tapándose apenas con la sábana. La cara se le había quedado inmóvil, como si no quisiera adivinar demasiado pronto.
Daniel se arrodilló delante de ella.
Abrió la caja.
Dentro había un anillo.
Ana se llevó las manos a la boca.
—No me jodas.
—Ábrelo bien —murmuró él—. A ver si al menos te gusta.
A Ana le temblaban los dedos. El diamante, ridículo y precioso, atrapó toda la luz de la habitación en cuanto ella lo sacó de la caja.
—Es precioso —dijo, ya llorando.
Daniel la miró con una mezcla de ternura y cansancio feliz.
Ana alzó la vista de golpe.
—¿Esto significa boda?
—No. —Sonrió apenas—. Esto es una declaración muy bien pensada. Los matrimonios se rompen. Lo nuestro no debería.
Ana soltó una carcajada entre lágrimas y dijo:
—Vale, acepto barco. ¿No crees que se nos está yendo mucho la olla? Llevamos muy poco juntos y encima te vas por ahí de fiesta con desconocidas. Ya te vale.
—Sí, estamos tarados, el amor nos confunde. De todas formas, no tenemos por qué precipitarnos. Tenemos un plan y hay que desarrollarlo, poner fechas…
Y Ana se lanzó sobre él.
Pasaron el resto de la tarde en la cama, sin ganas de compartir con nadie aquella felicidad rara, casi supersticiosa. Solo más tarde, cuando el hambre se volvió insoportable, salieron a pasear por Huertas y a cenar de pie, de barra en barra, como si Madrid, por una noche, también les perteneciera.