Poseidonia Capítulo 20 — pato
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Capítulo 20 — pato

pato

Por fin sábado. Daniel se preparó para salir. Como Romeo trabajaba, había quedado con él en su bar para conocer a sus amigos y tomarse una cerveza.

—¿Ya te vas? ¿Seguro que no te quieres quedar para ver una peli? —le preguntó Nata en tono guasón.

—Sí, claro, déjame que salga un rato y haga cosas de adultos.

—¿Cosas de adultos? Cuidadín, que tienes novia y Romeo tiene mucho peligro.

—Anda, Nata, ¿ahora quién parece un padre?

Daniel llegó el primero al bar de Romeo, pero él aún no había aparecido.

—Hola, ¿qué quieres tomar? —le preguntó una camarera que ya le conocía de vista de otro día.

—Ponme una cerveza. ¿Y Romeo?

—No sé. Tenía que haber llegado hace una hora.

—Voy a llamarle —contestó Daniel.

Pero Romeo no cogía el teléfono.

A los pocos minutos entró un grupo en el local y también preguntó por Romeo. La camarera señaló a Daniel con la mano.

Una de las chicas se acercó enseguida.

—Tú debes de ser Daniel. Hola, soy Pato.

Le dio dos besos y señaló a los demás.

—Mira, estos son Cristina, Jordi, Carme y Antonio.

—Encantado. Perdonadme si no me acuerdo de los nombres, que soy un desastre. Le estoy mandando mensajes a Romeo, debería haber llegado ya.

—Sí —dijo Pato—, porque nos tendremos que ir pronto. Bueno, cuéntanos un poco. ¿De dónde has salido?

—Pues he salido de la meseta. Llegué hace unas semanas. Me harté de Madrid y me vine a vivir aquí con mi hija, un poco a la aventura.

—Vaya cambio. ¿Y dónde vives? Porque aquí encontrar una casa asequible es casi imposible —preguntó Pato, que era claramente la más simpática del grupo.

—He comprado una casita en el campo. Tenía unos ahorros.

—¡Joder! —se rio ella—. Pues ya me contarás a qué te dedicabas.

El resto del grupo estaba al lado, pero un poco aparte. Daniel intentaba integrarse, aunque entre el volumen de la música y que hablaban entre ellos en catalán, se enteraba de bastante poco.

—¿Y vosotros? —preguntó—. Sois de Ibiza ¿no?

—Sí —respondió Antonio—. Hemos venido a Formentera a pasar el fin de semana, una escapadita para disfrutar de las playas antes de que lleguen las hordas.

—Pregunta: sois cinco. ¿Parejas?

—Adivínalo —dijo Pato riéndose.

Daniel se quedó pensativo.

—Mmm… a ver. Antonio y Cristina. Y Jordi y Carme.

—Acertaste. Creo que los nombres te han ayudado.

—Pues no, porque no me acuerdo de quién es quién —respondió él riéndose—. Bueno, parece que Romeo no viene. ¿Nos vamos?

—Sí, vámonos —dijo Cristina.

—¿Quién se viene conmigo? Que no sé dónde vamos —preguntó Daniel.

Todos miraron a Pato.

—Yo voy —dijo ella—. Así te hago una radiografía, hombre misterioso.

Pato era una mujer curiosa y extrovertida. Estaba a años luz de sus amigos, que eran bastante más reservados y distantes. Era menudita y tenía una chispa muy agradable.

Ya en el coche, no tardó en hablar.

—Entiendo, al ver tu coche, que te has gastado todo el dinero en la casa, ¿no?

—¿Por qué? ¿No te gusta?

—A ver… está un poco viejo, destartalado, sucio… tienes unos doscientos kilos de arena, pelos que entiendo que serán de un perro y… mi vestido es blanco.

—Bueno, luego le decimos a Cristina o Carme que te sacudan un poco el trasero.

—Ah —dijo Pato—, pensaba que me lo sacudirías tú.

Daniel giró la cabeza con expresión de póker.

—Es broma —dijo ella riéndose—. A ver, que no sabemos nada el uno del otro. Juguemos a las preguntas rápidas, ¿te parece? ¿A qué te dedicas?

—Me dedicaba a gestionar inversiones. Bróker, le llaman algunos. Ahora me dedico a mis cosillas. ¿Y tú?

—Soy dentista.

—¿Hijos?

—No. Ni de coña. Paso. No me gustan.

Daniel soltó una risa exagerada.

—Uyuyuyuyyyy…

—Oye, te estás pasando. Me caes fatal —le increpó ella, aunque sonriendo—. Tú tienes una niña, ¿no?

—Sí, Lucía. Dentro de poco cumple tres años.

—¿Y tu mujer? ¿Dónde la has dejado? ¿Cómo ha permitido que te vinieras con la niña?

Daniel aguantó un segundo antes de responder.

—Mi mujer murió hace unos meses.

—Jooooooder. Perdona. Vaya metedura de pata.

—Tranquila, no pasa nada.

—Después de esta cagada, casi que no me atrevo a preguntar más.

Llegaron al restaurante. Los demás ya habían llegado. Daniel se sentó junto a Pato, pero los cinco hablaban en catalán y él terminó por desconectar y sacar el móvil.

Fue Pato la que lo frenó.

—Oye, chicos, parad, que me da a mí que Daniel no se está enterando de nada. Perdónanos, no nos damos cuenta.

—Sí, lo entiendo, no pasa nada —dijo Daniel—. ¿De qué conocéis a Romeo?

—Por Antonio —respondió Pato—. Trabajaba con él en una discoteca en Ibiza e hicimos cuchipanda. ¿Y tú?

Daniel les contó cómo lo había conocido en la playa, bajo la mirada atenta de todos.

—Lo que no sé —añadió— es dónde coño está. Es raro que no coja el teléfono ni responda a los mensajes, ¿no?

—No —dijo Carme—. No es tan raro, no te preocupes. Estará con alguna chica. — Ya nos ha pasado más veces. Si tiene oportunidad de liarse con alguna, se olvida de todo.

—No te pases —le recriminó Jordi—. Que es un buen tío.

—Ya, tú lo defiendes porque es vuestro ídolo. Más quisierais vosotros tener su currículum.

—No, cariño, no. Yo contigo hasta que la muerte nos separe. Nunca mejor dicho.

Carme le tiró una servilleta a la cara y todos se rieron.

—¿Y tú qué, guapete? ¿Tú también eres como él? —preguntó Carme a Daniel.

—Cuidado, Carme, relaja, que Daniel se quedó viudo hace poco —le avisó Pato.

—Uy, perdona. No tenía ni idea.

—Tranquila, no pasa nada. Sí, perdí a mi mujer hace unos meses en un incendio. Decidí cambiar de vida, por eso he venido aquí.

—Pues en Formentera vas a tener complicado rehacer tu vida, porque mujeres solteras de nuestra edad debe de haber tres. Quizá con alguna de Ibiza tengas alguna posibilidad —comentó Jordi.

—No me refería a eso. Además, tengo pareja. Ya sé que parece pronto, pero ocurrió. He encontrado a alguien que me hace feliz y no voy a dejarla escapar por guardar luto.

—¡Oye, Jordi! —exclamó Pato—. A ver, es guapo, no nos vamos a engañar, pero es un poco borde. Ya me ha dejado claro que le caigo mal porque no me gustan los niños.

Daniel levantó un poco las manos.

—No me caes mal, Pato. Todo lo contrario. ¿Vosotros tenéis niños?

—Nosotros sí, dos. Un niño de cinco y una de siete —dijo Carme.

—Nosotros también —dijo Antonio—, uno de ocho. ¿Y esa teoría tuya de lo de los niños de qué va?

—Sí —dijo Pato—. Explícanosla, que no nos vas a dejar así.

Daniel se rio.

—Nada, es sobre la gente que no quiere tener niños.

—A ver, cuéntanosla. Pero como no me guste, pagas la cena.

—Pues no la cuento —dijo él riéndose—. Bueno, sí. Vamos a animar la cena. Yo creo que es ley de vida. Antes o después a todos nos llega el instinto paternal o maternal. Y si no llega, chungo.

Se hizo un silencio bastante incómodo. Todos miraron a Pato. Ella cogió la botella, se llenó la copa y pegó un trago largo.

—¿Cómo que chungo? —preguntó Pato—. ¿Qué me estás diciendo? ¿Que no me puedo sentir realizada si no soy madre? ¿Que cuando una mujer no hace lo que todo el mundo espera, es sospechosa? Por esta mentalidad decimonónica mandé a la mierda a mi ex.

—Perdona, Pato. Tienes razón. Mi teoría es estúpida y yo gilipollas. Venga, cambiemos de tema.

Jordi llamó otra vez a Romeo.

Seguía sin contestar.

—Joder con tu amiguito, qué impresentable —dijo Cristina, mirando a Antonio.

—A ver si le ha pasado algo —respondió él.

—Sí, seguro. Un par de tetas —le soltó ella.

Daniel miró a todos.

—¿Conocíais a esa novia que le rompió el corazón?

—Sí, claro —respondió Cristina—. Era un encanto. Pero se fue sin despedirse. Oye, que, si se enamoró de otro y se largó, pues muy bien, ella sabrá. No es que fuéramos muy amigas, pero al menos podía haber contestado a mis mensajes.

—Buf, me acuerdo de lo hecho polvo que se quedó Romeo —dijo Carme—. Le costó lo suyo remontar…

Después del postre pidieron la cuenta y se fueron hacia el bar de Romeo.

Por el camino, Daniel caminó un poco más despacio y le dijo a Pato:

—Quería pedirte perdón por mis comentarios. La verdad es que me he pasado y me caes demasiado bien como para que me pongas una cruz.

Pato se rio.

—No, tranquilo. Tú también me caes bien. Tienes un humor un poco ácido, pero bueno. Me gusta la gente que dice lo que piensa.

Llegaron al bar y, tal y como se esperaban, Romeo seguía ausente. Le preguntaron a la camarera, que estaba algo seca porque había muchísima gente y no daba abasto. Detrás de la barra también había un hombre con cara de pocos amigos que parecía el dueño del local.

Decidieron esperar y pedirse una copa. La música estaba aún más alta que antes de la cena.

Por un lado, estaban las dos parejas y por otro Daniel y Pato, que ya habían olvidado sus diferencias y hasta empezaban a moverse un poco al ritmo de la música.

Mientras tanto, los demás bostezaban. Se notaba que ya no estaban muy acostumbrados a salir y el día de playa les había pasado factura.

Cuando las dos parejas se despidieron, Daniel y Pato decidieron tomarse la última. Al rato, Pato le dijo a Daniel que le apetecía fumarse un cigarrillo y salieron. La vio sacar papel de liar y empezar a prepararse algo con mucha calma.

—Pato.

—¿Qué?

—Eso no es un cigarro. Eso es un canuto.

—Ya. ¿Y?

—No sé. ¿Se puede fumar aquí, en la terraza?

—¿No hueles? —respondió ella riéndose.

Daniel aspiró un poco el aire.

—Sí, la verdad es que sí.

—Eres la primera dentista que conozco que fuma canutos.

Pato sonrió.

—Hay tantas cosas que no sabes de mí… Toma, ¿quieres?

Daniel dudó.

—Buf, me da cosa. Hace años que no pruebo y con lo que he bebido…

—Me da a mí que ya te vas a tener que volver a casa en taxi. Pareces un chico responsable y formal, así que…

—Pues tienes razón. En lo del taxi, digo. No en lo de chico responsable. Venga, pásamelo.

Daniel se apoyó en la pared y dio una calada. Luego otra. Y otra. Le gustó. Recordó sus años de estudiante, esas noches de fiesta en las que la única misión importante en la vida era aprobar exámenes e intentar ligar con alguna chica y que durara más de un mes.

—Ves, no pasa nada —dijo ella.

—¿Qué va a pasar?