Capítulo 19 — la guardia civil #4
—Bueno, ahora toca ponerlo guapo.
Fue a la habitación y sacó algo de ropa.
El pobre Dexter, que era un trozo de pan, se quedaba quieto mientras le ponían una camiseta, una gorra, un pañuelo, hasta unas gafas.
Estaba tan gracioso que Daniel los sentó juntos e hizo unas fotos de esas que pasan veinte años y te siguen gustando igual que el primer día.
Tenía que compartirlas.
Se las envió a Ana, a Nata y a Romeo.
Las respuestas no tardaron:
ANA: «Muero de amor, son preciosas». NATA: «¡Lo que me he perdido!
Muchísimas gracias por el regalo. Muy contenta con mi primera clase, sin incidentes con la policía ni golpes.
Mañana la siguiente». ROMEO: «Madre mía cómo te aburres.
Vente este finde al bar, que vienen unos amigos de Ibiza, te los presento y así te aireas y sales un rato».
Daniel respondió:
A ANA: «Te echo de menos, bicho. Esta noche te cuento, que hoy el día tampoco ha tenido desperdicio». A NATA: «Me alegro mucho. También por mí, que no tendré que pasar otra vez el mal rato de hoy. Este finde salgo el sábado, te toca Lucía». A ROMEO: «Hecho. Ya me dices hora».
Esa noche Ana llamó a las nueve y media. Sin duda, lo que Daniel había escrito en el mensaje era un call to action de manual.
—¿Ya se ha dormido? —preguntó Ana.
—Dex sí. Lu está viendo dibujos con un ojo abierto y otro cerrado.
—¿Llamo después?
—No, tonta —dijo él, cariñosamente—. Me apetece verte. Espera, que te hago una videollamada.
—¡No, que estoy horrible! —protestó Ana.
Pero Daniel ya había colgado.
Sonó la videollamada.
—Hola —dijo él—. ¿Dónde estás? Solo veo el techo y la lámpara.
—Estoy aquí, pero ya te he dicho que no me llamaras así, que no estoy presentable.
—Asómate.
Y Ana puso un pie delante del teléfono, moviendo los dedos.
—Bonito pie, bonitos deditos, pero prefiero verte los ojos.
Y entonces apareció por fin su cara.
—¡Coño! ¡Fiona!
Ana puso voz triste.
—Ves, te he dicho que no era buen momento. Me he puesto una mascarilla. Bueno, dime qué te ha pasado hoy, que me tienes intrigada.
Daniel se rio.
—Buf, no sé. Es que me da la risa. ¿Y eso para qué vale?
—Te aburrirías. Venga, cuéntame.
—Pues nada, que le dije un día a Natalia que le daría alguna clase de conducir para que fuera practicando y nos hemos encontrado con tus amigos.
—¿Qué amigos?
—¿No te acuerdas un día que tiraste un anillo desde el coche?
Ana tardó un segundo y luego abrió los ojos.
—No jodas. ¿Y qué ha pasado?
—Pues que nos han empapelado. Nos va a caer una multa importante y lo mismo tenemos que hacer hasta trabajos comunitarios. Yo no sabía que estaba prohibido, y menos que fuera delito, como estábamos por el campo…
—Qué desastre. Ya te vale.
—Ya no tiene remedio. He apuntado a Nata a la autoescuela para que aprenda allí. Me ha dado mucha pena.
Ana levantó una ceja.
—Tú eres muy espléndido, ¿no?
Daniel se encogió de hombros.
—Me gusta invertir el dinero en la gente que quiero. Una sonrisa o verlos felices es el mejor beneficio. ¿Te acuerdas de nuestra primera botella de champán?
Ana sonrió.
—Sí, claro que me acuerdo. No se me olvidará. Sobre todo, porque fue el primer día que me dijiste…
—Te quiero. Sí —dijo Daniel riendo—. Oye, ¿cuánto te queda de mascarilla?
—Media hora.
—¿Me vas a dejar que te la ponga yo la próxima vez?
Ana soltó una risa.
—¿Te han dicho alguna vez que eres un poco rarito?
—Sí. Mi madre. Pero no le hagas caso. Ya sabes que está perdiendo la cabeza.
—¿Has conseguido hablar con ella?
—No. Todos los días la llamo, le mando mensajes, pero pasa de mí.
La verdad es que no le doy muchas vueltas.
Como no puedo entender qué está haciendo, tampoco quiero martirizarme.
No me va a estropear mi nueva vida. Estoy feliz y muy ilusionado.
Y no soy como tú —añadió riéndose—. Yo no sufro por tenerte lejos.
Cada día me levanto con una sonrisa porque me queda un día menos para verte.
Venga, te dejo ya, que voy a acostar a Lu.
—Qué bonito. No se te ocurra irte sin darme un beso de buenas noches.
—¿Un beso? Ya te lo he dado.
—¿Cuándo? No lo he notado. A ver si se lo has dado a otra.
Daniel sonrió.
—Te he besado justo hace un momento. Pero no he usado los labios, solo palabras. Los besos se olvidan. Las palabras no.
Ana se quedó callada un segundo.
—Pues que sepas que quiero más besos de esos. Bueno, y de los otros también. Te quiero. Dale un abrazo muy fuerte a Lu.
Y colgó.
Hay días que parecen escritos por alguien con demasiada imaginación: un anuncio absurdo en unas marquesinas, una caída en bici, una multa por enseñar a conducir, una autoescuela, un perro disfrazado, una mascarilla y una mujer a la que echas de menos al otro lado de una pantalla.
Pero quizá la vida, cuando por fin arranca de nuevo, se parece bastante a eso: a una mezcla extraña de caos, deseo, culpa, ternura y ganas feroces de seguir adelante.
Y Daniel, aquella noche, mientras apagaba la luz de la casa y escuchaba a Lucía respirar al otro lado del pasillo, comprendió que no estaba curado de nada.
Pero sí estaba, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente vivo.