Poseidonia Capítulo 19 — la guardia civil #3
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Capítulo 19 — la guardia civil #3

—Primero se ha quedado callada. Luego ha dicho: «En la cena. Aquella noche. Estaba allí, eso quiero decir».

Daniel apretó el móvil.

—En la cena y en mi casa. Si no fuera porque sabemos que estaba en su casa con los niños cuando ocurrió todo…

—Sí, la policía descartó que hubiera sido ella.

—Déjalo, Pedro. No me gusta cómo suena todo esto.

—A mí tampoco me gusta nada que tenga que ver con Eva.

—Venga, Pedro, olvidemos el tema. Y muchas gracias. Te estás comiendo un marrón que no te corresponde.

—No me des las gracias todavía. Tengo la sensación de que esta tía no ha terminado.

—Pues que termine, y lejos de mí y de mi hija —dijo.

Colgó.

Durante un rato se quedó inmóvil en la cocina. La casa seguía igual que siempre: los platos en el fregadero, la luz entrando por la ventana, Dexter gruñendo de mentira en el salón, Lucía riéndose.

Pero algo había cambiado. De repente, Eva estaba demasiado cerca, demasiado presente en una vida que no le correspondía.

Una mañana cualquiera, llegó Natalia.

—Hola, Dan.

Daniel levantó la vista.

—¿Ahora me llamas Dan?

—Sí, es más corto. Tú me llamas Nata y yo te llamo Dan.

Se quedó un segundo pensativa y añadió:

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste? Lo de que si me portaba bien me darías unas clases…

Daniel se acordó y lamentó enseguida su promesa.

—Sí, claro. Lo tenemos pendiente.

—¿Pendiente? ¿Empezamos hoy?

—No, hoy no puede ser. No vamos a llevarnos a Lucía. Espera a que esté aquí Ana y así se queda con ella.

—No hace falta. Ya he hablado con mi madre. Se queda con ella un rato.

Daniel cerró los ojos un momento.

—¿Te importaría no hacer planes sin consultarme?

—Venga, Dan. Si lo estás deseando. Se nota que te gusta el peligro.

—La madre que te parió —dijo él—. Anda, prepara a Lu y nos vamos.

Después de dejar a la niña con la madre de Natalia, se fueron al campo y aparcaron en un descampado. Daniel se bajó del coche, miró alrededor, comprobó que no había nadie y le lanzó las llaves a Nata. Ella soltó un grito de alegría y saltó al asiento del conductor.

—A ver, cómo va esto…

—¿Perdona? —dijo Daniel.

—Tranquilo, estoy de broma.

Y arrancó el motor.

—Ponte el cinturón. ¡Qué haces! ¡Pisa el embrague!

A Nata ya se le había calado el coche.

—Empecemos por el principio.

Daniel pasó más de una hora, con bastante paciencia, enseñándole lo básico: embrague, marchas, arrancar, frenar, echar marcha atrás…

—Bueno, ya, ¿no? ¿Damos un paseo? —le rogó Natalia con esa cara de gatito que ponía cuando quería conseguir algo.

—Venga, pero con mucho cuidado, por favor. Recuerda que Lu es huérfana de madre.

Salieron al carril y fueron conduciendo despacio. La verdad era que no se le daba mal, aunque de vez en cuando Daniel tenía que poner la mano sobre la suya y corregir la dirección del volante.

—Déjame, yo sola —protestaba ella.

Pero en alguna curva él tenía que intervenir para que no rozaran el coche con un muro de piedra.

—Oye, deja de tocarme la mano, que al final me vas a poner cachonda y nos vamos a estrellar.

—La madre que te parió —fue la respuesta de Daniel, que ya no sabía si reír o llorar.

Y pasó lo que tenía que pasar.

Los planetas se alinearon en su contra y dieron de frente con una patrulla de la Guardia Civil.

Eran los mismos de la otra vez.

Se bajaron del coche y fueron hacia ellos.

—Buenos días. Hoy no se le ha perdido ningún anillo, ¿no? —dijo el guardia.

No pintaba mal. Venían, al menos de entrada, de buen humor.

—Documentación, por favor.

Se acabó el mundo.

Daniel sacó la suya y confesó que ella no tenía carné, que le estaba enseñando.

La guardia los miró sin rastro de simpatía.

—Vaya. Tenemos un problema. Lo del otro día, vale. Pero esto es un delito.

—¿Un delito? ¿Por qué? Si por aquí no hay nadie, no hay ningún peligro… —dijo Daniel, haciéndose el tonto.

—Señor, yo no dicto las leyes, solo las aplico.

—Pero a ver, que esto se ha hecho siempre. ¿No pueden pasarlo por alto?

—No.

Lo dijo con una cara de muy mala leche, y le pidió el DNI a Natalia.

—Lo siento, está en casa —dijo ella, rematando la faena.

—Bueno, señorita, dígame sus datos y luego me lo trae al cuartel. Les informo de que han cometido, los dos, un delito contra la seguridad vial y serán amonestados por un juez.

—¿Qué me dice? ¿Los dos? —preguntó Nata—. Pero eso no es justo. Él no ha hecho nada. Yo soy mayor de edad y responsable de lo que hago.

—Eso ya se lo explica al juez. Yo les he dicho lo que hay. Él también es responsable por haberle dejado el coche. Venga, cambien de asiento y para casa. Ya recibirán sendas notificaciones.

De vuelta, Natalia iba muy enfadada. Pegó un manotazo al salpicadero y soltó un aullido que dio bastante miedo.

—Joder. ¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí? Puta suerte. Y encima te he metido a ti en un lío.

—Calma. Vamos a ver a la abogada del otro día, a ver qué nos puede pasar.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. ¿O quieres estar todo el día pensando en qué consecuencias va a tener esto?

Llegaron al despacho. Esta vez no estaba Blai.

—Hola, Daniel. ¿Qué haces por aquí?

María Teresa le hizo una radiografía completa a Natalia con la mirada.

—¿Problemas de mujeres, quizás?

—Sí —respondió él—, pero esta vez mi problema ha sido con una guardia civil.

—A ver, sentaos y, por favor, la próxima vez pide cita, que esto no es un bar. ¿Qué es eso tan importante que no puede esperar?

—Pues que estaba enseñando a conducir a Natalia…

—Para. Lo primero: ¿quién es ella?

—Es la que cuida de mi hija.

—Ah, bien. Ella cuida de tu hija y, a cambio, tú le enseñas a conducir. ¿Y quién está cuidando de la niña ahora?

La mujer consultó algo en el ordenador.

—Mi madre—informó Natalia.

—Bien. No sé ni para qué pregunto. ¿Y?

—Nos ha parado la guardia civil diciendo que es delito y que un juez nos amonestará. A los dos. Y, la verdad, no sé si es una simple multa o si nos van a fusilar.

* * *

—Efectivamente, es un delito. A ver… —María Teresa consultó algo en el ordenador. —Es un delito recogido en el artículo 384 del Código Penal. Os pondrán una multa de una cantidad fija diaria durante un año y quizá, dependiendo del juez, os pueden condenar a trabajos comunitarios un mes o dos.

Natalia abrió los ojos.

—¿Y esa multa de cuánto estamos hablando?

—No te lo puedo asegurar, pero yo creo que dos mil euros a cada uno no os los quita nadie.

—¡Qué cojones! —escupió Nata.

La abogada la miró horrorizada.

Después de la salida de Natalia, Daniel pensó que era un buen momento para largarse. Se levantó, bastante avergonzado.

—Bueno, nos vamos. Era solo eso. Ya hablaremos. Y perdona por interrumpirte y… por lo demás.

Volvieron al coche.

—Lo siento —dijo Nata—. Te diría de pagarte la multa, pero no tengo ahorros. Solo lo que he ganado el tiempo que he estado cuidando de Lu.

Daniel pegó un frenazo, metió marcha atrás y fue directo hasta la puerta de una autoescuela. Frenó otra vez en seco.

—¿Qué haces? —preguntó Natalia.

—Espera.

Entró en el local.

—Buenos días, señor. ¿Necesita unas clases? —preguntó la chica de la autoescuela, con un tono entre irónico y amable.

—Sí, ¿tienen bonos de clases prácticas?

—Sí, de cinco, diez, quince…

—Pues deme uno de veinte, a nombre de esta chica, Natalia Ruiz Font. ¿Cuándo puede empezar?

—Pues cuando quiera.

—¿Puede empezar ahora?

—¿Ahora? Es un poco precipitado, pero… espere.

Entró en un aula y al poco volvió.

—Sí. Hay un profesor disponible.

Daniel se giró hacia la puerta.

—Natalia, ven.

Ella entró todavía sin entender nada.

—Toma. Un bono de veinte clases. La primera te la van a dar ahora.

—¿Cómo? ¿Qué dices? Yo no puedo pagar esto.

Lo dijo emocionada, de verdad.

—Es un regalo. Aprovéchalas y sácate pronto el carné. Si te portas bien, lo mismo hasta te dejo el coche. Y no te preocupes por las multas. Ya las pagaré yo.

Natalia lo miró como si le hubiera salvado la vida en ese mismo momento.

—¿Por qué eres así?

—¿Cómo?

—Así de generoso.

Daniel se encogió de hombros.

—Porque eres muy importante para Lucía y también para mí. Al final, hasta te voy a coger cariño.

Y se rio.

Natalia no estaba acostumbrada a que la cuidaran así.

No había tenido una infancia fácil. En el colegio se metían con ella porque estaba rellenita.

Desde muy joven se acostumbró a vigilar mucho lo que comía y, en cuanto pegó el estirón, empezó a arreglarse más.

Además, era mala estudiante. No porque fuera perezosa, sino porque le costaba memorizar y se le daban fatal las matemáticas.

Sus padres nunca la ayudaron demasiado; tiraron la toalla muy pronto con ella.

Siempre le repetían que acabaría de camarera, que no podía aspirar a más.

Nunca había tenido muchos amigos, y la marcha de su hermana acabó de sumirla en una gran soledad, aún más dolorosa en alguien de su edad.

Luego ocurrió el intento de abuso, que además del trauma la convirtió en tema de conversación en la isla.

Por eso no entendía bien que alguien pudiera dar tanto a cambio de tan poco.

—Me voy a tu casa a por Lucía. Dile al profesor que te deje allí luego.

Daniel volvió a casa. Tocaba bañar a Dexter, que estaba sucísimo. Ya no era un perro de ciudad: era un perro de campo, de correr, de perseguir bichos, de revolcarse por donde no debía.

Como hacía muy buen tiempo, decidió bañarlo fuera con la manguera.

Aunque a Dexter le gustaba bastante el agua, lo de la manguera y el agua fresquita no le hacía mucha gracia, así que tuvieron que atarlo.

Se pusieron bañadores, Lu se hizo cargo de la manguera y Daniel del jabón.

Se rieron muchísimo, porque la niña mojaba más a su padre que al perro.

Cada vez que le apuntaba, Daniel daba un salto o pegaba un grito y ella se moría de risa.

Dexter al principio tiraba fuerte de la correa, pero poco a poco fue acostumbrándose y acabó disfrutándolo. El baño terminó siendo casi un spa .

Cuando terminaron, llevaron a Dex al porche y se sentaron en el suelo mientras Lucía les daba a los dos con el secador. Daniel pegaba grititos cada vez que ella le apuntaba a la cara y la niña no podía reírse más.

Luego, ya secos, Daniel dijo: