Poseidonia Capítulo 19 — la guardia civil #2
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Capítulo 19 — la guardia civil #2

—Qué envidia. La próxima vez me llamas, que me saqué el PADI y aún no lo he estrenado.

—Voy con un par de amigos. Pesca submarina. A ver cómo se da el día.

—Yo de arpón paso. Bastante tengo con no ahogarme. Pero llámame, que me apunto al buceo.

—Ok. Te avisaré.

Daniel volvió a probar con su madre, pero seguía sin cogerle el teléfono. Aprovechó entonces para marujear un poco: hizo un par de comidas en la Thermomix, organizó ropa de Lu, apuntó en una lista cosas por comprar y se preparó una ensalada.

Decidió comer pronto. No veía la hora de echarse una siesta.

Después de un rato sonó el teléfono. Era Natalia.

—Daniel, ven, por favor, que me he caído.

A él se le encogió algo por dentro.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás? ¿Estáis bien?

—Sí, no te preocupes, pero ven a buscarnos. Trae el botiquín del baño. Lucía no tiene nada, pero yo tengo un par de heridas. Estamos donde la casa azul, ya sabes dónde.

Daniel fue como un rayo. Encontró a Lucía de pie, llorosa, la bicicleta tirada en el suelo y a Nata sentada, con las manos ensangrentadas y heridas en la pierna y en el brazo.

—Tranquilo, tranquilo. Son solo raspones. Dame unas gasas.

—Venga, levántate —dijo él ayudándola—. Vamos al ambulatorio y que te curen.

—Que no, que paso de médicos, que estoy bien.

—No te estoy preguntando. Vamos.

Natalia lo miró con rabia cansada.

—Lo que te digo, otro como mi padre.

—Di lo que quieras, pero prefiero que te desinfecten bien las heridas. Está aquí al lado.

Les atendieron rápido y Daniel se ofreció a llevarla a casa.

—¿Puedo ir a la tuya? Al menos un rato —le pidió ella.

—¿Qué pasa? ¿Otra vez problemas?

—Lo de siempre, ya sabes. Si no te importa y no molesto, prefiero estar allí con vosotros. No me apetecen broncas ni gritos.

Y allí pasaron toda la tarde tranquilos en el jardín. Lu jugando con sus juguetes, bañándose y correteando con Dexter y Nata, tirada en una tumbona, tomando el sol y mirando el móvil.

Daniel se puso los auriculares y abrió Spotify. De pronto recordó una canción que le había enviado su amigo Jose, un compositor amateur que, un día, cansado de escuchar siempre la música de otros, decidió empezar a escribir la suya propia.

El tema se llamaba Omaha beach . Contaba la historia de amor entre dos hombres durante la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, no era una canción para corazones insensibles.

«Pueden matar, pueden morir, pero nunca pudieron amar ni reír».

Había algo en aquellas palabras que le removía por dentro.

Ya después de cenar, Daniel echó la bicicleta en el maletero y se fueron a llevar a Natalia.

—Aquí les traigo a su hija —dijo cuando abrió la puerta.

—Pero Natalia, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó su madre.

—Sí, tranquilos. Son solo unas raspaduras. Me he caído con la bici.

—Si es que vas como loca y encima sin casco siempre —le reprochó su padre.

Natalia se giró hacia Daniel con cara de hastío y se despidió levantando la mano.

Los siguientes días transcurrieron en calma. Daniel los dedicó casi exclusivamente a disfrutarlos con Lucía. Le daba la sensación de que no pasaba con ella todo el tiempo que le habría gustado.

Una mañana, mientras jugaban metidos en la pequeña piscina, intentó hablar con ella.

—Oye, ¿te acuerdas de cómo te llamas?

Lucía no respondió.

—¿Quieres un helado de esos que te gustan tanto?

La niña dijo que sí moviendo la cabeza.

—No, eso no vale. Me lo tienes que decir con la boca. Repite conmigo: «Sí».

Lu puso cara de pena, apartó la mirada y se puso a jugar con una regadera pequeña.

Daniel lo dejó. No quería forzarla. Esa expresión triste de su hija era una señal clarísima de que no debía seguir por ahí. Sintió una tristeza honda. Era evidente que había un problema, pero no parecía tener solución, al menos no así, de la manera torpe en la que él estaba intentando arreglarlo.

Fue a por un par de helados y volvió a sentarse con ella. Le dio uno.

Y con el primer lengüetazo volvió la Lu sonriente, la llena de vida, su pequeña diosa, como a veces la llamaba en silencio.

Las noches las pasaba con Ana. Tenían ya su hora fija: las diez. Daniel ya tenía acostada a Lu y Ana estaba en pijama, tumbada en la cama, como si terminara el día de verdad cuando empezaban a hablar.

Hablaban de todo menos de trabajo. Ana decía que era siempre lo mismo, que nunca tenía nada interesante que contar: papeleo, contabilidad, clientes, problemas. Estaba orgullosa de su empresa, sí, pero con el tiempo el día a día le aburría y le motivaba cada vez menos.

A ella le interesaba sobre todo lo que hacían ellos. Parecía una madre de viaje llamando para pasar revista. A Daniel eso le divertía y muchas veces, cuando ella preguntaba, él respondía:

—Sí, mamá.

Aquella noche, sin embargo, el guion cambió.

Daniel cogió el teléfono y oyó a Ana moqueando.

—¿Qué pasa? —preguntó, pero no obtuvo respuesta—. Dime qué pasa. No me asustes.

—Nada, perdona… que estoy mirando el cuadro. Lo he colgado enfrente de la cama. Y torcido.

Se sonó los mocos.

Daniel se echó a reír.

—Pero no seas tonta. ¿Te ha gustado?

—Sí, claro, cómo no me va a gustar. Es maravilloso.

Y seguía con sus mocos.

—Creo que no me podías haber regalado nada más bonito.

—¿Sabes que he estado esperando esta llamada desde que lo envié? Estaba deseando que lo vieras.

—Ya sabías el efecto que causaría.

Daniel se quedó un segundo callado.

—Oye, que no quiero verte así.

—¿Cómo quieres que no llore? Si lloro hasta con las comedias americanas más tontas.

—Pues deja ya de llorar, que me enfado. Que voy para allá y te pego un bocao en el culo.

—Eres un peligro. No sabes lo que daría por tenerte aquí en mi cama ahora mismo. Te quiero mucho.

—Me tendrás. Ya queda poco. Muy pronto estoy allí contigo.

Daniel sonrió con picardía.

—Oye… no te estarás tocando, ¿no?

—No, no seas guarro. Y además ya sabes que, si fuera así, no te lo diría.

—O sea que sí.

—Adiós —respondió Ana, y colgó.

Daniel se quedó planchado, aunque con una sonrisa tonta en la cara. Pero las llamadas no habían acabado…

Sonó de nuevo el teléfono. Al ver el nombre de Pedro en la pantalla, sonrió.

—¿Qué pasa, cabrón?

—Me acaba de llamar Eva.

A Daniel se le borró la sonrisa en un milisegundo.

—Está en Ibiza.

—¿Cómo que está en Ibiza?

—En el aeropuerto. Me ha llamado como una loca. Dice que necesita verte, que tiene que hablar contigo, que le dé tu dirección.

—Ni se te ocurra.

—No se la he dado.

—Ni de coña, Pedro.

—Que no, joder. Pero me está llamando cada cinco minutos. Me manda audios llorando, luego se enfada, luego me pide perdón, luego dice que coge un ferry y se planta allí, aunque tenga que preguntar casa por casa.

Daniel cerró los ojos.

—No es mi problema.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. No quiero verla. No quiero que se acerque a mi hija. No quiero que pise esta casa.

Pedro respiró hondo.

—Vale. Se lo digo así.

—No. No le digas nada de mí. Dile que vuelva a Madrid.

—Eso ya se lo he dicho.

—Pues repíteselo.

Hubo un silencio largo al otro lado. Después, Pedro habló más bajo.

—Dani, está muy mal.

Daniel apretó los dientes. Bajó la voz para no despertar a Lucía.

—No le des mi dirección. No le digas dónde vivo. No le digas si estoy solo, si estoy con Ana, si Lucía está conmigo. Nada.

—No voy a hacerlo.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Me ha mandado audios —dijo Pedro—. No quería reenviártelos, pero igual deberías escuchar uno. Para que veas cómo está. Me da pena, tío. Puede hacer cualquier tontería.

—No quiero oírla.

—Solo uno, Dani. Y luego hago lo que me digas.

Daniel aguzó el oído. Dexter y Lucía dormían. La casa seguía entera, iluminada, aparentemente a salvo.

—Mándamelo.

Daniel dudó antes de escucharlo. Luego se encerró en el baño, bajó el volumen y le dio al play .

La voz de Eva sonó rota, demasiado cerca del micrófono.

—Pedro, por favor, dile que no voy a hacer nada. Solo quiero verle. Cinco minutos. Me da igual si está con alguien, si me odia, si no quiere ni mirarme. Pero necesito que me escuche.

Se oía ruido de aeropuerto detrás. Una maleta rodando. Una voz anunciando un vuelo. Eva respiró mal, como si hubiera estado llorando.

—Yo sé que él piensa que soy una loca. Y a lo mejor lo soy. Pero no soy mala, Pedro.

Hubo un silencio.

Después, más bajo:

—Dile que no puedo dormir, por favor. Que me llame. Solo cinco minutos.

El audio terminó.

Daniel se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola.

Cuando volvió a llamar a Pedro, habló muy despacio.

—No le des nada.

—No iba a hacerlo. Te lo he prometido.

—Pues prométemelo otra vez.

Pedro suspiró.

—Te lo prometo.

Daniel apoyó la frente un segundo contra la puerta del baño.

—Que vuelva a Madrid. Y, si no vuelve, que llame a quien tenga que llamar. A su marido, a su abuela, a la policía o a un psicólogo. Pero a mí no.

—Vale.

—Y si coge un ferry , me llamas antes de que llegue.

—Claro.

Colgaron.

Daniel permaneció un rato con el móvil en la mano. Luego fue hasta la puerta de la casa y cerró por dentro con llave.

Antes de acostarse, comprobó dos veces que las puertas y ventanas estuvieran cerradas.

Al día siguiente, Pedro volvió a llamar.

—Me ha llamado otra vez —dijo.

Daniel cerró los ojos.

—¿Y?

—Buf, sigue en Ibiza. Dice que no piensa volver sin verte. Anoche fue a coger el ferry , pero ya había salido el último.

—Joder, qué me dices.

—Le he dicho que no quieres verla.

—Bien.

—Y entonces se ha puesto rara. Daniel se quedó callado.

—¿Rara, cómo?

Pedro tardó un momento en responder.

—Me ha dicho que solo necesita explicarte una cosa. Le he dicho que me la explicara a mí.

—¿Y?

—Ha dicho que no podía.

Daniel se pasó una mano por la cara.

—Está intentando manipularte.

—Puede ser.

—No, puede ser no. Lo está haciendo.

—Ya.

Pero la voz de Pedro no sonaba convencida. Sonaba inquieta.

—¿Qué más te ha dicho?

Pedro respiró hondo.

—Me ha dicho: «Tú no entiendes nada».

—Muy propio de Eva.

—Y luego ha dicho otra cosa.

Daniel esperó.

—Ha dicho: «Yo estaba allí, Pedro».

El silencio que siguió pareció meterse por todas las habitaciones de la casa.

—¿Dónde?

—Eso le he preguntado yo.

—¿Y qué ha dicho?