Capítulo 19 — la guardia civil
la guardia civil
Sonó el móvil.
Era Romeo. Daniel cayó en la cuenta de que se le había pasado devolverle la llamada.
—¿Qué pasa, tío? ¿No habíamos quedado en hablar hoy? ¿Tomamos algo?
Daniel suspiró.
—Sí, tenía pendiente llamarte, pero es que llevo un día…
—¿Qué pasa?
—Mejor ni te cuento. Yo hoy no puedo quedar, tengo a Lucía. Si quieres venirte a cenar…
—¿A cenar? ¿Allí? ¿En tu casa? Menudo planazo.
—Es lo que hay. Si te apuntas… así te enseño la casa y después de cenar nos tomamos una copa o dos en el jardín.
—Venga. Pásame la dirección y voy para allá en media hora.
Daniel terminó la cena y puso la mesa. Romeo apareció con una botella de ron en la mano y una sonrisa culpable.
—No digas nada, que la he pillado del bar. ¿Qué tal, Lucía? ¿Qué tal te trata tu padre?
También se acercó a saludar a Dexter, pero este, perezoso, no se levantó. Solo sacudió la cola frenéticamente.
Romeo echó un vistazo alrededor y silbó.
—Vaya chabola, macho. Qué envidia. La casa es preciosa. No quiero ni preguntar cuánto te ha costado.
Se sentaron a cenar. Romeo se rio al ver lo que había en la mesa.
—Cena de niños, ¿no?
Pero devoró la crema y se comió seis filetes de pollo rebozado. Después del helado de fresa, el postre favorito de Lucía, Daniel fue a acostarla.
—Buf, qué día más largo. Necesito una copa —dijo al volver.
—Mira, en eso sí te puedo ayudar. Venga, las pongo yo. ¿Qué pasa? ¿Por qué resoplas? ¿Ya has encontrado a tu amada?
—Qué va. Ni rastro.
Le contó lo de su madre.
—Madre mía —dijo Romeo—. Y luego dicen que madre no hay más que una. Menos mal. Esto se merece otra copa.
Y echó la segunda.
Poco a poco, y copa tras copa, hablaron de su pasado, de mujeres, incluso de fútbol, aunque a Daniel no le interesaba nada.
En un momento dado, Daniel levantó la vista y dijo:
—Oye, Romeo, me ha dicho un pajarito que no tienes muy buena fama por aquí.
Romeo soltó una risa.
—¿Qué pajarito? Natalia, ¿no? Pues no sé por qué te lo dice.
Imagino que será por el tema mujeres. Sí, soy un poco crápula, lo reconozco.
Desde que estoy soltero me paso la vida —o más bien la noche— de flor en flor.
Las lugareñas de aquí ya no me pueden ni ver.
Ya solo tengo el mercado internacional. Lo jodido es el invierno, que se hace muy largo.
Y se echó a reír.
Como dice la canción de Sabina, « y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres» .
Daniel tenía un buen puntillo. Paró de beber, pero no de hablar. Le contó a Romeo más detalles de lo que había pasado en Madrid, de su madre, de su relación con Ana, incluyendo algunas intimidades que, probablemente no venían exactamente a cuento en aquella conversación.
Romeo tampoco se quedó corto. Habló de sus experiencias con distintas parejas, incluida «la difunta», palabra que al parecer gustaba mucho en esta isla para referirse a los ex. Daniel escuchaba entre perplejo y divertido.
Al cabo de un rato, Romeo apoyó el vaso en la mesa y preguntó:
—Bueno, ¿qué? ¿Entonces te rindes con el tema de la postal?
Daniel se quedó mirando el jardín.
—Pues no sé qué más hacer, la verdad.
—Pon un anuncio —dijo Romeo.
Daniel soltó una carcajada.
—¿Qué dices? Estás borracho perdido ya. Puedo poner: «Se busca mujer de unos treinta y pico, un poco hippie …». Tú estás chalado.
—No, hombre. Yo había pensado en poner la postal en grande y tu teléfono. Nadie lo entenderá. Solo una persona. Y si lo ve, te llamará.
Daniel se quedó pensando unos segundos.
—Pues no es mala idea. Venga, tómate la última copa —dijo—. Y mientras, diseñamos el anuncio. A ver, ¿qué elegimos? ¿Vallas, marquesinas, prensa, autobuses…?
Romeo negó con la cabeza.
—Anda, anda. Aquí no hay de eso. Están prohibidas las vallas y el periódico es el que viene de Ibiza. Marquesinas sí hay y los autobuses también llevan publicidad.
—Pues venga, marquesinas. Esta semana me entero a ver cuánto cuestan y esas cosas.
Desde luego, cuando en una operación entran factores como hombres y copas, el resultado es impredecible y completamente aleatorio.
Y allí siguieron, contándose penas y alegrías un par de horas más, hasta que al final decidieron irse a dormir. Romeo se quedó directamente en el sofá del porche.
Lucía se despertó sobre las nueve y se fue a la cama con su padre. Daniel intentó que durmiera un poco más, pero no hubo manera. Menos mal que no había seguido el ritmo de Romeo con la bebida. Al menos, solo tenía sueño.
Se levantaron y Daniel le dijo a Lucía que fuera a despertar a Romeo al jardín. Pero ya no estaba allí.
Madre mía este, a qué hora se habrá ido y en qué condiciones, pensó Daniel.
Estaba Alfonsina, la asistenta. Una señora mayor que limpiaba y planchaba de maravilla, pero que hablaba más bien poco.
Daniel intentaba a veces entablar conversación, pero ella solía responder con monosílabos.
La había contratado a través de una agencia y, en realidad, no sabía prácticamente nada de ella.
En cuanto desayunaron, se quitaron de en medio para dejar a Alfonsina limpiar y se fueron a la habitación de Lu.
Pasaron un rato jugando a las muñecas. La niña tenía sus pequeñas manías: le gustaba que se las pusieran todas de pie y luego lanzaba sus zapatos desde la cama hasta tirarlas una por una.
Después, Daniel se acordó de algo que había visto en el garaje: una piscina hinchable para niños. Lo único que le faltaba era un pequeño detalle, un inflador. Así que tuvo la feliz idea de hincharla a pulmón.
Y allí estuvo el hombre, soplando y soplando hasta casi desfallecer.
Desde luego, lo que no haga un padre por su hija… lo hará la madre. Pero en este caso esa frase no servía, así que le tocaba a él.
—Hola, ¿te ayudo? Estás blanco.
Era Natalia, que ya estaba tardando en aparecer.
—Sí, por favor. Sigue tú, que me da algo. ¿Qué tal? ¿Estás mejor?
—Sí. Hablé con mis padres y me pidieron perdón. Una vez más. Y me han dicho que pareces una persona legal y que puedo estar aquí todo el tiempo que necesites.
—Ah, ¿sí? Pues sopla.
Y se rieron los tres. También Lu, que hablar no hablaba, pero estaba atenta a todo.
—Hoy voy a comer con una amiga a su casa. Tiene una piscina, pero de las grandes. ¿Quieres que me lleve a Lucía en la bici? Tengo ganas de probar la silla y así también se baña con nosotras en la pisci.
—Vale, pero tened cuidado, por favor, que no sabe nadar. Yo iré a hacer un par de gestiones. Por cierto, ¿dónde vive tu amiga? No estará lejos, ¿no?
—A media hora en bici, más o menos.
—¿No tienes carné de conducir?
—Aprobé el teórico, pero mi padre no quiere pagarme las clases y yo estoy ahorrando para tú ya sabes qué.
Daniel sonrió.
—Bueno, te daré yo unas clases. Puede ser gracioso.
—Sabes que no es legal, ¿no?
—Sí, algo he leído. Pero no creo que nos vea nadie. Iremos por algún carril de estos desiertos. Lo importante es que cojas un poco el volante… luego ya, si eso, y si te portas bien, te pago unas clases en la autoescuela.
Empezaron a llenar la piscina y Lucía no tardó ni un segundo en meterse. El agua estaba helada, pero a ella le daba exactamente igual. Daniel fue a por un barreño de agua caliente para mezclarla y que la niña no se congelara. Cuando volvió, se las encontró a las dos sentadas dentro de la piscina.
—¿Qué hacéis, locas? ¿Por qué no habéis esperado a que caliente el agua? ¡Que os va a dar algo!
Daniel se tumbó un rato a descansar y se quedó viéndolas pelear y reír en aquella piscina diminuta, hasta que de pronto pasó algo.
—Nata.
—¿Qué?
—Nata…
Daniel se reía.
—¿Puedes decirle a tu teta que se meta dentro?
Natalia se miró y bajó la vista.
—Ah, perdón. No me había dado cuenta.
Pero Daniel pensó justo lo contrario: que sí se había dado cuenta y que estaba esperando a ver cómo reaccionaba él.
—Ja, ja, ja —se reía ella, al ver su expresión escéptica. Vaya careto se te ha quedado.
—Bueno, ahí os dejo. Me voy a dar una ducha rápida y me marcho. Nata, recuerda llevarte el chaleco y ten cuidado, por favor.
—Sí, no te preocupes. Vete tranquilo, que estás ya como mi padre.
Daniel se fue a la habitación y buscó el teléfono del exclusivista de las marquesinas. Lo llamó y quedó con él en un par de horas, en un bar de La Savina. El hombre no tenía oficina en Formentera y venía desde Ibiza.
Por el camino, Daniel recogió el cuadro del banco. Había quedado genial. Era un regalazo, o al menos a él se lo parecía. Se lo embalaron bien y fue directo a enviárselo a Ana. Ya estaba ansioso solo de pensar en la llamada que recibiría cuando ella lo abriera.
Cuando se reunió con el exclusivista, le explicó que quería contratar todas las marquesinas de Formentera durante una semana. El comercial le preguntó qué creatividad quería poner, así que Daniel sacó la postal y pidió un folio para hacer un boceto.
—Entonces, a ver si le he entendido —dijo, algo incrédulo—. Arriba ponemos el anverso de la postal, donde se ve la ilustración de la playa con el texto «Formentera». Abajo, el reverso con el mensaje y el teléfono.
—Exacto. Fácil, ¿no?
Hablaron de fechas y facturación, se despidieron y, a los dos minutos, el señor volvió a entrar y se sentó otra vez.
—Mire, no suelo opinar sobre los anuncios de mis clientes, pero ¿me puede explicar qué significa esto?
—Solo quiero que lo vea una persona. Lo demás no importa.
Daniel compró un teléfono de prepago, aunque dudaba que fuera a llamar mucha gente, y le envió el número al comercial.
Llamó a Romeo.
—Hola, Romeo, ¿cómo va esa resaca?
—Bien, controlada. Un Enantyum y como nuevo.
—Nada, solo te llamo para decirte que ya he hecho la gilipollez que se nos ocurrió ayer. Bueno, mejor dicho, la que se te ocurrió a ti.
—¿Estás de coña? ¿Lo de las marquesinas?
—Sí. En unos diez días las verás todas con la postal.
—Madre mía —dijo riéndose—. Tío, que estaba de broma.
—Conmigo no se bromea, chaval. Y, además, con esto queda cerrada la historia de la postal. Si no llama nadie, que no llamará, me olvido del tema para siempre.
—No sé yo si te olvidarás, pero bueno, tú mismo.
—¿Dónde estás? ¿Qué haces?
—Estoy en La Savina, que me voy ahora a bucear.