Capítulo 18 — la abogada y blai #3
—Estas horas no te las cobro. Me quedo aquí vagueando. Paso de volver a mi casa.
—¿Te vas a quedar aquí a vivir o qué?
—Lo de «tus deseos son órdenes para mí» ya no vale, ¿no? No te preocupes, me voy a cenar a casa. Aunque no lo creas, estoy acostumbrada a estas cosas. Se me pasará en un rato.
—Vale. Voy a poner la silla en la bici. Me la dejas, ¿no? Quiero dar un paseo con Lucía y Dexter.
—Sí, pero ten cuidado, a ver si me la vas a reventar, que es de chica. Ve pensando en comprarte una.
Daniel instaló la silla, ajustó el sillín y empezó a pedalear.
Al principio le costó un poco hacerse con la bicicleta y mantener el equilibrio, pero poco a poco fue cogiendo confianza.
Lucía se reía y a Dexter se le notaba encantado con el plan.
Nunca habían hecho algo así, pero Daniel lo anotó enseguida en su lista mental de « cosas importantes que hacer con la familia» .
Fueron por los carriles, disfrutando del paisaje, sin prisa ni destino, hasta que llegaron a un terreno señalado con un cartel: «Huerto Biológico».
Era curioso: una construcción hecha casi de bloques de cemento, pero con un porche de cañas y varios botijos colgando.
Daniel preguntó si podía beber agua y el dueño le dijo que por supuesto.
Lucía se puso a correr detrás de unas gallinas.
Dexter no, él las miraba desde lejos, prudente, como si sospechara que cualquier cosa con pico podría humillarlo.
Dentro vio bastante variedad de hortalizas, nada perfectas como las del supermercado, pero precisamente por eso más convincentes.
—¿Qué desea? —preguntó el dueño.
—Pues la verdad es que nada… bueno, sí, pero no hoy. He venido en bicicleta y con la niña.
—No se preocupe. Si me hace una buena compra, yo se lo llevo. No creo que viva muy lejos.
A Daniel le pareció perfecto. Compró fruta y verdura para toda la semana y quedaron en que se lo llevaría después de cerrar.
Tardaron más de la cuenta en volver porque Daniel y el sentido de la orientación no eran precisamente íntimos y todos los caminos le parecían iguales.
Natalia se despidió y ellos se quedaron en casa tranquilamente.
Daniel metió a Lucía en el baño y se quedó observándola.
Aunque tenía juguetes dentro de la bañera, siempre se aburría pronto y quería salir.
Así que apuntó otra cosa en su lista: « Bañarme con Lucía» .
Abrió el grifo y se metió en la bañera con ella.
La niña sonrió enseguida. Aquello de estar sola entre cuatro paredes de porcelana nunca le había gustado demasiado.
Y allí estuvieron un buen rato. Lucía se subía y se bajaba encima de su padre, le echaba agua, jugaba con los botes mientras él se relajaba.
No por mucho tiempo, porque Dexter entró corriendo y puso las patas sobre la bañera intentando meterse.
—No, Dex. No. A ti te tocará mañana.
Llegó la compra del huerto y Daniel decidió hacer una crema de verduras. A él no le apasionaba, pero Lucía sí se la comía muy bien. Sentó a la niña en su pequeña mesa con un cuchillo infantil para trocear una zanahoria y él se puso manos a la obra.
Dejó las verduras cociendo y miró el móvil. Tenía dos llamadas perdidas: una de Ana y otra de Romeo.
Llamó primero a Ana.
—Hemos salido con la bici y he visto ahora tu llamada.
—¡Oye! ¿Te has comprado una?
—No, he cogido la de Nata mientras se quedaba perreando en el sofá, como dice ella. Hemos comprado esta mañana varias cositas, incluida una silla para Lucía.
—Seguro que os lo habéis pasado genial. Qué envidia. ¿Y Natalia aún sigue ahí?
—No, ya se ha ido. Después de comprar hemos ido a su casa, que me quería presentar a sus padres —dijo Daniel con un punto de mala leche.
—¿Perdona?
Daniel se rio.
—Espera, empecemos por el principio.
Y entonces le contó lo del juzgado, la demanda de Gala, la visita a la abogada, la comida con los padres de Natalia, el paseo en bici, el baño con Lucía, la crema de verduras, todo.
—Joder —dijo Ana al otro lado—. Pues sí que te ha cundido el día. Te veo bastante animado después de lo que te ha hecho tu madre.
—La llamé, pero no me cogió el teléfono. Estaba hecho polvo, pero después de hablar con la abogada, mejor. Y después de hacer lo que pone en la lista de «Cosas importantes que hacer con la familia», ya muy animado.
Ana se echó a reír.
—¿Qué lista es esa?
—Ya te contaré, cotilla. Oye… que me encanta escuchar cómo te ríes.
A veces el golpe más duro no viene de los enemigos ni de los extraños, sino de la sangre.
Y por eso duele de una forma tan rara: porque uno no sabe si defenderse, si llorar o si sentirse traicionado del todo.
Pero aquel día, entre una demanda absurda, una abogada con labios rojos, un perro llamado Blai, unas lentejas imposibles, una niña en bicicleta y una crema de verduras hecha a medias, Daniel entendió algo importante: incluso en los días más torcidos, la vida seguía empeñada en mezclar el espanto con la ternura.
Y quizá crecer —o rehacerse— consistía precisamente en eso: en aprender a no perder del todo la luz mientras uno atraviesa lo peor.