Capítulo 18 — la abogada y blai #2
—Y poco más. Ellos pueden alegar que se ha traído a la niña aquí, que la desarraiga de la familia, de sus amigos, de la escuela… de un entorno donde ya tenía una vida y unos hábitos.
Daniel la interrumpió.
—La niña tiene dos años y medio. ¿Qué hábitos?
La abogada sonrió apenas.
—Pues más fácil me lo pone. Nada, su madre no tiene nada que hacer. Aunque sí es verdad que esto a usted le va a crear algún trastorno. Tendrá que ir a Madrid a la vista de guardia y custodia.
—Y entiendo que tengo que presentarme allí con un abogado, ¿no? ¿Cómo tiene la agenda?
—Evidentemente, nadie puede ir a un juicio sin abogado y procurador.
Déjeme ver… Sí, podría ir con usted. Le pasaré un mail con la minuta y, si me acepta el presupuesto, seré su abogada.
¿Quiere que compre yo los billetes de avión, barco, hotel…
? La vista es a las nueve, así que tendremos que estar allí el día antes.
Daniel asintió.
—Si eso, compre dos billetes de ida. Podemos ir juntos por si tenemos que preparar algo para el juicio. Yo me quedaré un día más allí con mi pareja. Yo le haré una transferencia en cuanto me envíe el presupuesto.
Volvió a casa más tranquilo, aunque seguía sin entender del todo lo que le había hecho su madre.
—¿Qué tal? —preguntó Nata.
—Bien. Me ha dicho la abogada que no me preocupe, que no tiene sentido esta demanda. Aunque tendré que ir a Madrid al juicio dentro de un par de semanas.
—¿Y qué vas a hacer con Lucía? ¿Te la vas a llevar o quieres que me quede con ella?
—Si no te importa, prefiero que se quede aquí. La idea es ir y volver en uno o dos días y, además, sinceramente prefiero que no vea a su abuela, a ver si va a montar un numerito.
—Yo me quedo sin problema. Aunque tendremos que ir de compras. Vamos ahora, si te parece bien y cuando acabemos, pasamos por casa y así te presento ya a mis padres. Joder, qué mal ha sonado eso. Pero si voy a tener que quedarme más noches será mejor que los conozcas.
—¿Qué tenemos que comprar?
—Lo que hablamos: la tele, el wifi y te quería pedir una silla para la bicicleta, para poder desplazarme con Lu.
—Pues anda que pides poco.
—A ver, la televisión y el wifi son para tu casa, que no tienes. Y entiendo que en algún momento los ibas a comprar. Y la silla es para Lucía, así que no te quejes.
Daniel sonrió por primera vez en horas.
—Vale, tienes razón. E iremos a tu casa, así tus padres me conocen y se quedan más tranquilos, espero. Y de paso me despejo y me quito a mi madre de la cabeza. Venga, prepara a Lucía y nos vamos.
Natalia lo miró de arriba abajo.
—¿Tú vas a ir así?
—¿Cómo?
—Con esa camiseta y las chanclas.
—¿Qué pasa? ¿No puedo?
—Si te digo lo que opina mi padre de la gente que va en chanclas por la vida… Anda, cámbiate.
Daniel resopló.
—Joder, pareces mi mujer.
Lo de internet lo resolvieron rápido. La tele costó un poco más porque Natalia quería la más cara, pero al final llegaron a un acuerdo y se la llevaron puesta.
—Bueno, ¿y la silla dónde la compramos? —preguntó Daniel.
—Ya está comprada —dijo Natalia—. Solo tenemos que recogerla en Correos. Me debes ochenta euros. Setenta de la silla y diez del casco. La compré por internet.
Daniel la miró incrédulo.
—¿Pero la has comprado antes de decírmelo?
—Sí. Te conozco y sabía que dirías que sí.
—Vaya tela. Venga, vamos.
Después de la mañana de compras llegaron a casa de Natalia. Ella ya había avisado y sus padres estaban esperándolos.
Primero salió su madre, que saludó a Daniel con dos besos y enseguida cogió a Lucía en brazos.
—Tú debes de ser Lucía. ¡Qué bonita eres!
Después apareció su padre, que le estrechó la mano no sin antes mirarlo de arriba abajo. Daniel se alegró mucho de haberse cambiado.
—Venga, entrad, la comida está casi preparada —dijo la madre.
—¡Pero mamá! —protestó Natalia—. No hemos hablado nada de comer aquí.
—Ya, pero habrá que comer, ¿no? Esta niña debe de pasar mucha hambre sin una mamá que le cocine. Y como le cocines tú, vamos listos.
Daniel no dijo nada. Se sentía fuera de lugar. Recordó cuando conoció a sus suegros y casi le pareció una experiencia más amable.
—Bueno, me voy a la ducha. Te dejo con ellos. Que te sea leve.
—Sí, hija, dúchate, que no te hemos visto el pelo desde el sábado por la mañana. Vaya hija tengo. Espero que no esté teniendo problemas usted con ella —le preguntó su madre a Daniel.
—¿Problemas? Qué va. Natalia es muy responsable, Lucía está encantada con ella.
La respuesta dejó descolocados a los padres. Después miraron a Daniel y por primera vez mostraron algo parecido a la satisfacción. Natalia apareció de repente en el salón, estaba escuchando desde el pasillo.
—¡Veis! Si es que no confiáis en mí.
—Nos ha contado la niña antes que su mujer murió hace poco, en un incendio, ¿no? —preguntó el padre.
Daniel abrió mucho los ojos e hizo un gesto de silencio, señalando a Lucía.
—Lo siento mucho, debe de ser muy duro perder así a tu mujer.
Nata volvió a asomar la cabeza, seguía espiando.
—Papá, ¿quieres callarte, por favor, que está la niña delante? Venga, a ver si dejáis de meter la pata y me puedo duchar ya.
—Uy. Perdón. Lo siento, no me había dado cuenta.
Mientras se oía el agua de la ducha, Daniel se quedó hablando con el padre. La madre se había llevado a Lucía a la cocina.
—Disculpe usted por mi metedura de pata —dijo el hombre.
—Nada, no se preocupe. Efectivamente, mi mujer murió en un incendio hace un mes. Y yo llevo aquí pocos días. Decidí venirme para empezar una nueva vida.
El padre lo miró fijamente.
—¿Y de qué vive?
Daniel se quedó bastante sorprendido por el descaro.
—Trabajaba en la Bolsa, pero de momento me he cogido un año sabático. Ya veremos.
El hombre asintió, como si estuviera evaluándolo.
—¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta?
—Sí —respondió Daniel, aunque pensó en decir: « ¿Más?».
—A usted no le gustará mi hija, ¿no? Es muy mayor para ella.
En ese momento Daniel entendió bastante mejor por qué Natalia tenía tantas ganas de largarse de allí.
—Pues no. Como usted dice, es muy joven para mí. Y, además, tengo pareja.
No iba a ser Daniel quien insinuara nada acerca de la orientación sexual de Natalia.
—¿Pero no murió su mujer hace un mes?
A Daniel lo salvó la campana. Apareció la madre con una olla y la dejó sobre la mesa.
—Espero que os gusten las lentejas. ¡Natalia! ¡A comer!
La madre sirvió los platos y volvió a llamar a su hija, que apareció en el salón solo con dos toallas: una en la cabeza y otra que quizá no tenía el tamaño exacto para cubrir todo lo que debía.
—¡Pero hija! ¿Cómo te presentas así?
—A ver, si dejáis de gritarme para que venga, pues me visto.
La tensión en aquella familia era casi física. Todos comían en silencio hasta que Daniel rompió el hielo.
—Quería comentarles que tengo un viaje a Madrid dentro de un par de semanas y me gustaría que Natalia se quedara con Lucía. Espero que no sea un problema.
El padre miró a la madre y luego dijo:
—No. Si usted dice que se fía de ella, usted verá.
Natalia se levantó de golpe, tiró la servilleta dentro de la olla, cogió a Lucía en brazos y dijo:
—¿Es que no podéis parar de humillarme? Venga, vámonos. Esto no hay quien lo aguante.
Tiró de Daniel y salió por la puerta llorando.
Por el camino él intentó consolarla, pero sin demasiado éxito. Al final paró el coche en el arcén y le dijo:
—Venga. Un abrazo.
Natalia lo apretó con fuerza. Lo necesitaba. Tenía pinta de que no la habían abrazado de verdad desde hacía mucho tiempo.
—Vaya día. Mi madre, tus padres… y menos mal que hemos salido corriendo porque odio las lentejas —dijo Daniel, intentando hacerla reír.
—Sí. Que les den a todos —respondió ella.
Al rato, cuando se calmó un poco, Daniel preguntó:
—Oye, he visto en el salón una foto de dos niñas en la playa. Una imagino que serás tú. ¿Y la otra? ¿Tienes una hermana?
—Sí. La tenía. Doce años mayor que yo. Pero mandó a la mierda a mis padres hace años y se fue a vivir a Ibiza.
Al principio hablábamos todas las semanas, pero la última vez discutimos y nunca más supe de ella.
Desde que se fue, mis padres ya no son los mismos y creo que su huida la están pagando conmigo.
Daniel asintió despacio.
—Bueno, tranquilízate. Dime, ¿qué puedo hacer para que se te pase este mal rato?
Natalia se secó la cara como pudo.
— Pizza . Quiero pizza . Tengo hambre.
Lo dijo entre sollozos y media sonrisa.
—Pues nada. Tus deseos son órdenes para mí. Al menos hasta después de comer. Al Macondo a por pizza .
Ya en casa, instalaron la televisión y Nata se tumbó en el sofá.